23 abril 2010

Enviar a un amigo

Email destino:

Nombre remitente:

Email remitente:

La habitación más cara de Bogotá

Por Libardo José Ariza*

OPINIÓNLa habitación más cara de Bogotá es una celda ubicada en la que fue catalogada hace no tantos años como la cárcel más peligrosa del mundo, como un verdadero infierno.

La habitación más cara de Bogotá. Libardo José Ariza

Libardo José Ariza

Imagínese por un momento que se ve obligado a buscar un lugar donde dormir, dejar sus cosas y pasar la noche; que está viviendo algo tan común para los forasteros como averiguar cuánto cuesta dormir bajo techo en un lugar desconocido. Imagínese que el lugar al que llega se encuentra atiborrado de personas que buscan lo mismo, un espacio para protegerse de la fría noche bogotana. Usted pensaba que por lo menos tendría la comida y la cama garantizadas, lo que en teoría debería suceder, pero no es así. Empieza a preocuparse y pregunta por los precios. Sus pesquisas iniciales le han permitido averiguar que una habitación compartida con otras cuatro personas le puede costar entre doscientos mil y trescientos mil pesos mensuales, sin colchón y sin cobijas, las cuales puede adquirir por la módica suma de cien mil pesos.

Como usted piensa que es probable que se quede unos cuantos años en ese lugar, comienza a preguntarse si no saldrá más barato invertir a largo plazo. La mano invisible del mercado inmobiliario local ha establecido que el derecho a una habitación sencilla oscila entre tres millones y cinco millones de pesos. En su situación, cualquiera de las dos opciones es costosa. Imagínese ahora que la dirección del inmueble donde usted encuentra estos precios es la siguiente: Carrera 56 Nº 18ª-47, en Puente Aranda. Si no da con la dirección, aquí va una pista: la puede ubicar fácilmente buscando un enorme letrero que dice Establecimiento Carcelario La Modelo, Construimos Cultura de Libertad.

La habitación más cara de Bogotá es, pues, una celda. Y no la celda de una prisión de lujo como La Catedral, con sus mesas de billar, amplia vista sobre el valle de Aburrá y cómodas instalaciones para las visitas ilustres; tampoco es una casa fiscal, ni está en un festivo paraíso tropical como La Ceja; es una celda ubicada en el costado sur de la que fue catalogada hace no tantos años como la cárcel más peligrosa del mundo, como un verdadero infierno.

Puede que parezca una exageración tener que pagar tanto dinero por un lugar así, donde el agua atraviesa los techos y la intimidad es un recuerdo, cuyo interior no conoce la luz del sol y, por si fuera poco, con unos vecinos potencialmente problemáticos. No obstante, con un poco de imaginación y emprendimiento, la situación tiene sus ventajas. Por ejemplo, es posible subarrendar la celda a tantas personas como quepan y con lo que reciba puede no sólo que la pague, sino que incluso gane algo de plata. El cacique siempre estará ahí para asegurar el pago de deudas. Para que sus huéspedes estén más cómodos, los puede convencer de aportar algo para remodelarla, en el caso hipotético de que les resulte insoportable el hedor.

La posibilidad de remodelación, e incluso ampliación, es otra ventaja. De hecho, como lo demostró el congresista Juan Carlos Martínez, es posible convertir una celda en un loft. Sólo hace falta tumbar un muro de separación entre dos celdas, pintar las paredes de blanco y azul y agregar unas cuantas lámparas de madera. Con esta sencillísima obra, usted puede pasar de doce a cerca de treinta metros cuadrados, lo cual es un buen remedio contra los problemas de iluminación y humedad de las prisiones colombianas.

Imagínese ahora que usted tiene entre 18 y 29 años, que no tiene un centavo y que resultó en ese lugar precisamente por eso, por indigente, porque la justicia es para los de ruana y usted ni ruana tiene para ahorrarse los cien mil pesos de la cobija. En su situación no existe la posibilidad de arrendar, mucho menos comprar, y ni pensar en remodelar. Si usted está en esa situación, se encuentra dentro del 96,44% de la población reclusa que no terminó el bachillerato y está preso por un delito contra el patrimonio económico; en pocas palabras, usted es el cliente preferido del sistema penitenciario colombiano y ni así le hacen una rebaja en el precio de la celda.

Supongamos que no puede pagar y que se verá obligado a pelear, cuchillo en mano, por un puesto para dormir en las rotondas, en los pasillos o en el peldaño de una escalera. Si acaso se le ocurre pensar que hace parte de una minoría de género, probablemente terminará haciendo las labores domésticas de los demás presos. Si es un guardia, tendrá a su cargo ciento cincuenta personas presas. Pero no hace falta que use su imaginación porque seguramente ya sabe o ha oído lo que pasa dentro de las prisiones colombianas.

Probablemente le dijeron que el hacinamiento ronda el 40%; a lo mejor alguien le comentó que no existen programas de estudio ni trabajo y que lo único que puede aprender son malas costumbres; puede que haya leído en un periódico que es perfectamente posible que sea secuestrado y encadenado a un inodoro hasta que sus visitas dominicales traigan el dinero del rescate. Todo esto sucede, y más. Confiemos en que nunca tengamos que verificar si todas esas historias son ciertas, si la realidad supera la peor de nuestras ficciones carcelarias.
 

Profesor Facultad de Derecho Universidad de Los Andes y miembro del Grupo de Derecho de Interés Público de la misma universidad.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Horóscopo
Semana en Facebook
Publicidad