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Opinión

  • | 2006/08/05 00:00

    La herencia

    En los últimos años Fidel se había acercado a Colombia, facilitaba la búsqueda de la paz con los elenos y servía de moderador de Chávez

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Es mala noticia que el barbudo deje el poder. Advierto que Castro no es de mis afectos y que preferiría que terminara sus días como Pinochet, despreciado y perseguido. A mí todos los tiranos, del pelambre ideológico que sean, me producen erisipela, y el cubano no es la excepción. De hecho, la roncha se inflama al recordar su apoyo a los subversivos y los muchos muertos que le debemos. Así que no acompañaré a los mamertos en su tristeza, aunque les parezca de maravilla que les haya hecho pistola a los gringos por medio siglo.

Pero, decía, la noticia no es buena para nosotros. En los últimos años, Castro se había acercado a Colombia y jugaba un doble papel que extrañaremos. Facilitaba la búsqueda de la paz con los elenos, muy cercanos a La Habana, y servía de moderador de la pendenciera conducta del teniente coronel de al lado. Sin Castro y con Cuba sumergida en el manejo de la transición, Chávez incrementará su liderazgo radical en la izquierda y, con la billetera a reventar de petrodólares y su política de expansión armamentista, representará un riesgo cada día mayor para nosotros.

Lidiar al chafarote es quizá el mayor reto de la política exterior en el cuatrienio que comienza. Chávez nos midió el aceite con el caso Granda y sabe hasta dónde vamos. De manera que hay que buscar el equilibrio y, al mismo tiempo que se mantiene el preciado mercado de Venezuela, conseguir que su territorio no sea el refugio y el centro logístico de la guerrilla en que se ha convertido, aunque los dos gobiernos no hablen del tema, como si callar significara que nada está pasando. Para eso es indispensable tener una embajada fuerte y muy activa, que no se ve por ningún lado. Más allá de sus cualidades, el embajador Vargas está en exceso cansado para semejante tarea.

El segundo desafío es preservar los términos de la relación con Estados Unidos. El affaire Samper, la subsecuente renuncia de Pastrana a la embajada -donde venía haciendo muy bien el trabajo de llenar los enormes zapatos de Luis Alberto Moreno-, las desafortunadas declaraciones del Ministro del Interior sobre la no extradición de los paramilitares, y el borrador de decreto reglamentario de la Ley de Justicia y Paz, enturbiaron el ambiente más allá de lo que se reconoce en público. En Washington muchos se preguntan por qué se quiso hacer embajador a quien, a sus ojos, estuvo vinculado a los carteles, y tampoco ven bien que les birlen la extradición de los capitos del narcotráfico camuflados en las AUC. En el Departamento de Estado entendieron que el compromiso para la paz se limitaba a no extraditar a los grandes jefes y ahora creen que los 'conejiaron' al extender la salvación a los mandos subalternos.

La suma de una cosa y otra está embolatando el TLC que, no sobra recordar, depende menos de Bush que del Congreso norteamericano, donde tiene que ser aprobado. A estas alturas, es claro que el tratado quedará para el año que viene, cuando los demócratas, en general reticentes al libre comercio, tendrán mucho más poder después de las elecciones parlamentarias de noviembre. Para rematar, la plata del Plan Colombia, aunque segura para 2007, está en duda en los años siguientes. El presupuesto de los militares gringos está exhausto y hay serios problemas de reposición de equipos y entrenamiento de las tropas. Las prioridades son Irak, Afganistán y el Oriente Medio, y no nosotros. Así que con cada voto en el Congreso gringo valiendo un potosí, tanto para el TLC como para el Plan, ¿habrá valido la pena haber perdido algunos por cuenta de Samper y de Sabas?

Parte del problema está, precisamente, en que la política exterior se escribe sólo en clave de lo doméstico y en que el Presidente ha usado el servicio diplomático como desaguadero de las presiones internas. Carolina Barco no supo decir no y las vio pasar, una tras otra, como si no fuera con ella. La Conchiller, quien aunque joven tiene todas las virtudes de sus antecesoras y además cuenta con formación académica en el tema, habrá de tratar con semejante herencia.

Puntilla: La Corte Interamericana de Derechos Humanos nos volvió a condenar. Hay mucho de culpa, pero mucho también de no saber defendernos. Otra tarea inaplazable.
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