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Opinión

  • | 1998/09/28 00:00

    LA HERIDA SIGUE ABIERTA

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Una de las teor_as que se o_a con mayor frecuencia por los días de la elección presidencial era que apenas fuera elegido el nuevo presidente terminaría el largo período de polarización que había vivido el país durante el gobierno de Ernesto Samper. Pues no: desde entonces lo que ha ocurrido es que por distintas razones esos enfrentamientosson cada vez más agudos, y lo que las señales indican es que se van a seguir acentuando.
Los oráculos fallidos pensaban que al subir Andrés Pastrana al poder los elementos de fricción terminarían, por estar ligados en forma directa a Ernesto Samper, a los episodios que rodearon la financiación de su campaña electoral y a los callos que pisó en ejercicio de las maniobras mediante las cuales buscaba no dejarse tumbar por sus enemigos. Se pensaba que así como el solo relevo en la Presidencia iba a suavizar las relaciones de Colombia con los gringos y con varios países europeos, de la misma manera el tono de la polémica doméstica iba a bajar lentamente su calor, hasta llegar a un clima de concordia interna.
En un mes escaso de gobierno ha sucedido todo lo contrario: la caldera hierve más que nunca. Todo lo que ocurre demuestra que las heridas que dejó en el país el proceso 8.000 no han cicatrizado, y las manifestaciones de este rencor se siguen viendo en los campos público y privado.
Las fuerzas que acompañaron a Ernesto Samper en el gobierno y que están ahora en la oposición no quieren darle un segundo de respiro al nuevo gobernante, y piensan sacarse hasta el último clavo con los que a su juicio llevaron a cabo su crucifixión. El gobierno, por su parte, está dejando en claro que sus críticas al samperismo no eran simples estrategias para llegar al poder, y que tiene con ese sector diferencias tan profundas que no pretende siquiera maquillarlas con discursos protocolarios.
El tono en el que se ha llevado a cabo la discusión entre los dos sectores sobre la situación económica del país es una muestra de eso. Del Ministro de Hacienda para abajo han sido muchos los funcionarios que no han ahorrado adjetivos para descalificar el manejo económico de la administración Samper, y los antiguos colaboradores de éste ya están blandiendo el garrote para cuestionar la política de espejo retrovisor de Pastrana y para condenar lo que llaman una descabezada general de liberales de la administración pública.
Ni los miembros de la Comisión Nacional de Televisión que actuaban como delegados del Presidente presentaron sus renuncias cuando la Presidencia cambió de dueño, ni al gobierno le tembló la mano para sacarlos de un manotazo, aun a riesgo de tener complicaciones legales que se evitaría mediante mecanismos de mayor sutileza política. La única explicación que tienen esas dos actitudes es la bronca casi pasional entre ambos sectores.
Mucho de eso hubo y habrá en el comportamiento del nuevo Congreso. El debate a la junta de directores del Banco de la República fue una hábil maniobra del liberalismo oficialista para descalificar su tendencia neoliberal, más cercana al pensamiento del nuevo Presidente. La elección de Contralor también fue una seria medida de aceite a la solidez de la Alianza por el Cambio en el Parlamento, y por los mismos rencores un buen sector de liberales se muere de ganas de tumbar pronto un ministro mediante la moción de censura.
Si la Corte llama a juicio a los parlamentarios que absolvieron a Samper, para unos se está haciendo justicia y para los otros se está fraguando una arbitrariedad. Si esos parlamentarios amenazan con pedir asilo político, los unos dicen que, pobrecitos, no tienen otra salida, mientras los otros, alarmados, advierten que los malos se están volando. Los dos bandos se odian.
En el campo particular pasa lo mismo. Todas esas amistades que se rompieron durante el proceso 8.000, y que muchos aseguraban ver reunidas desde el 7 de agosto, se siguen distanciando cada vez más. Que si Samper almorzó con fulano: traidor. Que si mengano fue a la posesión de Pastrana: vendido... Y eso que la cosa apenas comienza. Todo apunta hacia una confrontación tan fuerte, que si no fuera por lo peligrosa estaría como para alquilar balcón.
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