Opinión

  • | 2004/08/15 00:00

    La historia clonada

    Hoy no tenemos ya hogueras, aunque siguen las simbólicas, como llamar asesino a quienes estudian los embriones o producen clones

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Hace apenas 15 días falleció Francis Crick, uno de los padres de la genética molecular, quien junto con James Watson consiguió explicar el funcionamiento de los diminutos ladrillos de información de los que estamos hechos todos los seres vivos. Naturalmente los medios de comunicación hacen mucha más bulla cuando se muere un cantante o una princesa, aun-

que la importancia de científicos como Crick, en nuestras vidas, es de una dimensión incomparablemente mayor que la de todos esos astros mediáticos de pacotilla. Pero en fin, tal vez sería peor que también los científicos se convirtieran en personajes de farándula.

Crick no tuvo los problemas de Galileo, de Vesalio o de Darwin para exponer sus descubrimientos -y de hecho le fue concedido el premio Nobel de Medicina-, aunque no faltaron críticos que lo acusaran de "haber violado el secreto de la vida". Pero si Crick pudo investigar la estructura del DNA sin mucha oposición, sus colegas que hoy investigan sobre las células madre embrionales son calificados de homicidas por el Vaticano (dejar morir un embrión, para el Papa, es equivalente a un infanticidio). Tampoco Bush permite que se usen fondos estatales para investigar con embriones humanos.

Como siempre ha sucedido con los hallazgos que están en la frontera del conocimiento, las células madre embrionales, la fecundación asistida y la clonación están rodeadas hoy de un ambiente de prejuicios, temores y misterios. Las discusiones se enredan en todas las telarañas de la historia, y los fanáticos anuncian el nacimiento de bebés Frankenstein, de monstruosos Golem, etc. En realidad lo que acaba de permitir el gobierno inglés es la clonación de humanos con fines terapéuticos. Los límites y los objetivos son claros y no tienen nada de inmoral. Más inmoral sería prohibir estas investigaciones. Voy a explicar por qué.

Las células madre del blastocisto (embrión de entre siete y 14 días, del tamaño de la cabeza de un alfiler) tienen la cualidad de ser capaces de convertirse en cualquiera de los 300 tipos distintos de células que componen el cuerpo humano. Por eso se llaman también pluripotenciales. Si logran cultivarse estas células, y transmitirles la información para que empiecen a desarrollar, por ejemplo, las células típicas del tejido del páncreas, las células cosechadas podrían implantarse en la glándula enferma de un diabético, de manera que esta vuelva a producir normalmente insulina. Pero para que no ocurra rechazo durante la implantación (el mayor problema de los trasplantes) conviene que las células madre sean tomadas de un clon del mismo paciente. De ahí que sea necesario eliminar el material genético de un óvulo fresco e introducirle material genético de alguna célula del paciente, con la misma técnica con que se obtuvo el clon de la oveja Dolly.

No estamos hablando todavía de clonación de personas, sino de embriones. Para sacar seres humanos completos, personas hechas y derechas, el método tradicional del sexo sigue siendo más entretenido y confiable. Pero algunos se obstinan en considerar el embrión (que contiene la información de un ser humano en potencia) con los mismos derechos de una persona. En la semilla de una secuoya está sin duda la información genética de la secuoya en potencia que llegará a ser adulta después de 2.000 años. Pero a nadie se le ocurre que es lo mismo talar una secuoya milenaria que pulverizar una de sus miles y miles de semillas.

En Inglaterra la clonación con fines reproductivos sigue estando prohibida. Esta es una medida prudente mientras se investiga más a fondo con animales clonados. A veces estos han nacido con malformaciones, y la misma Dolly se murió a los 6 años, de vejez prematura, como si las células de su madre-clon conservaran una memoria de la verdadera edad que tenían. Mientras se aclaran los delicados mecanismos de la genética molecular, es bueno ser prudentes. Pero prohibir la investigación en embriones con emotivos y confusos argumentos religiosos es como caer en los mismos viejos errores de la historia de la medicina. Católicos y puritanos también se opusieron a Servet, quien fue quemado en la hoguera por sus opiniones teológicas y sus estudios sobre la circulación pulmonar.

Hoy no tenemos ya hogueras reales, aunque siguen existiendo las simbólicas, como llamar asesinos a quienes estudian los embriones o producen clones. En realidad la misma naturaleza (divina, si quieren) produce clones todos los días. Los gemelos idénticos no son otra cosa que copias de un mismo material genético. Y como dice el filósofo inglés Richard Dawkins, "los fundamentos de los cielos no tiemblan cada vez que nacen unos mellizos". Cuando en Inglaterra, en Corea o en Japón se consigan -de aquí a 10 ó 20 años- los primeros resultados médicos de la clonación terapéutica, los países que prohibieron estas investigaciones se arrepentirán, y correrán a imitarlos. Y puede que hasta el Papa de entonces, si está enfermo de Parkinson y lo curan con las células madre de un clon suyo, publique una encíclica pidiendo perdón por los prejuicios de antaño.
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