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Opinión

  • | 2010/07/30 00:00

    La historia, esa mentira

    Sigo sin entender qué estamos celebrando: ¿Dos siglos de vergonzosa incapacidad para salir del subdesarrollo y construir un Estado que no dé grima?

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La entrevista que le hizo SEMANA a Chomsky con motivo de su visita a Colombia para un homenaje que le hicieron los indígenas del Cauca resulta propicia para interrogarse sobre la forma como Latinoamérica construye su “historia”. No me cabe duda de que Noam Abraham Chomsky aún es el pensador vivo más importante del planeta, no porque lo haya dicho The New York Times en 1979 (que bien podría hacer hoy lo mismo con, digamos, Paulo Coelho) sino porque los libros, ensayos y artículos que ha escrito a lo largo de su vida son un oasis de lucidez inigualable en la academia internacional.

Lucidez, primero para la lingüística como ciencia, campo en el cual su aporte fue revolucionario para entender las lenguas como fenómeno natural antes que social, inherente al individuo (gramática generativa). Segundo, para el análisis geopolítico, donde su crítica implacable ha resultado capital para la comprensión del discurso sobre el que se edifica Occidente y el papel internacional de la potencia hegemónica mundial, de la cual es nacional.

En efecto, Chomsky se puede considerar el intelectual más influyente del siglo XX, pero no porque sea brillante (nadie que lo haya leído podría poner con seriedad este hecho en tela de juicio, aunque no esté de acuerdo con él), pues hombres brillantes hay por montones en el mundo. Lo realmente extraordinario de Chomsky es su valentía y su honestidad intelectual de hierro en el terreno del activismo político.

A pesar de ser estadounidense, los estudios que ha realizado sobre la política exterior de su país son de una independencia insobornable, que le ha valido la etiqueta de izquierdista, comunista, enemigo del Estado e incluso anarquista, por parte de sus detractores. Y él mismo se define como anarquista siempre que por anarquismo se entienda el desafío a cualquier forma injustificada de dominación y la actitud de exigencia constante a los titulares del poder político de que legitimen el privilegio de su ejercicio, rindiendo cuenta permanente a los gobernados de la transparencia en su actuación. ¿Acaso se puede no estar de acuerdo con este postulado? Responsabilidad democrática, le dicen en términos modernos.

Gracias a esta actitud “anarquista” es que Chomsky puede decir lo que ningún otro pensador, convirtiendo su obra casi que en un pasaje clandestino de la historia reciente de Estados Unidos (y por ende del mundo); uno que nadie distinto de él en la academia estadounidense se atrevió a contar con tanto valor.

Por esta razón (así muchas veces a sus lectores no nos guste, justamente porque estamos inscritos desde cuando nacimos en el discurso que durante años de dominación nos ha instilado el Establishment, inmersos en su “consentimiento manufacturado”, para ponerlo en términos chomskyanos) se da el lujo de decir en voz alta que Irán está en su derecho de enriquecer uranio para fabricar la bomba atómica, al igual que Israel, Estados Unidos y varios otros países; que la franja de Gaza es “la prisión al aire libre más grande del mundo”; que la guerra preventiva contra Irak es semejante a la que hicieron los nazis; que obligar a Colombia a fumigar los cultivos de cocaína equivaldría a forzar a Estados Unidos a fumigar los de tabaco en Carolina del Norte, con la salvedad de que el cigarrillo mata más personas por año; que la “ayuda militar” de Estados Unidos estadísticamente sólo aumenta la violencia para su “beneficiario”; que este mismo país robó parte de Colombia (Panamá) y es el mayor terrorista de la historia…

La historia. ¿Qué es la historia? Un discurso, en el mejor de los casos. Una fábula, si miramos los textos con que nos la enseñan en los colegios. Hay un libro memorable de James Loewen al respecto: Lies My Teacher Told Me (Las mentiras que mi profesor me dijo). Así es como nos cuentan la historia, en forma falsaria: en blanco y negro, ni siquiera en claroscuro, sino excluyendo de tajo todos los colores intermedios de la paleta. Disfrazada con fórmulas planas donde sólo hay buenos y malos, mediante juicios carentes de matices y sentido crítico, sin problematizar los acontecimientos más importantes, que siempre son los más complejos.

La revolución francesa, por ejemplo, según la mayoría de libros de historia, marcó el paso hacia la modernidad política, la derrota de la monarquía y el triunfo de la república (antecedente inmediato de la democracia). Sin embargo, tanto los móviles como las causas reales de esta crucial transformación distaron de ser la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y mejor ni hablar de los gestores del cambio. Baste con revisar la Terreur de Robespierre.

Siguiendo con Francia, algunos historiadores sostienen con argumentos sólidos que durante la Segunda Guerra Mundial el régimen colaboracionista de Vichy, encabezado por el mariscal Pétain, salvó millones de vidas francesas. A pesar de lo cual éste pasó a “la historia” como vergüenza y villano, mientras su enemigo público (y antiguo protegido), el general Charles de Gaulle, lo hizo como el héroe nacional más importante del siglo. No digo que haya que darle medallas póstumas a Pétain, sólo que salvó muchas vidas.

Pero no vayamos tan lejos. El “descubrimiento” y la “conquista” de América son dos lindos eufemismos para designar lo que en realidad fue, el primero, la consecuencia fortuita de la impericia para la navegación de los españoles; y la segunda, el genocidio de los amerindios, seguido del saqueo y la explotación de lo que quedó de los pueblos nativos de un continente entero, conocida como “colonia”.

Fiesta del bicentenario de independencia de la Corona española. Bolívar, Santander y demás próceres en cuyas vidas personales es mejor no esculcar para evitar palidecer, pero que nos liberaron del yugo español. Para someternos al del subdesarrollo. Sigo sin entender qué estamos celebrando: ¿Dos siglos de vergonzosa incapacidad para construir un Estado que no dé grima: uno que se gobierne por sí mismo en lugar de hacerlo por los intereses que terceros Estados le imponen, donde la política sea la administración del interés general por los más preparados y no un vulgar negocio reservado a los más inescrupulosos?

La historia la escriben los vencedores, a quienes por lo general no les gusta que se sepa cómo ganaron. Es además el mayor premio o castigo para los poderosos: la forma como se les recuerda. Esto explica la angustia del Presidente saliente por que se cuide su legado, es decir, su imagen para la posteridad. En especial ahora que está en el centro de una investigación judicial escandalosa.

Luce nervioso, aunque ya no sólo por cómo juzgaran su gobierno los libros de historia, sino eventualmente los jueces de la República. De ahí que reaccione a las carreras, en medio de la cuenta regresiva, reinventando escándalos diplomáticos viejos para elevar cortinas de humo sobre lo esencial: que la olla podrida de corrupción que deja tras de sí se la destaparon en la cara justo antes de que pudiera escapar de la cocina. Y en su despedida errática sólo atina a pedir perdón, apelando a la conmiseración (e ingenuidad) de los colombianos porque, según dice, toda la corrupción y el mal que hizo su gobierno fue “por servir a Colombia”.

Seguramente, muchos historiadores lo absolverán, y contarán conmovedoras ficciones con pomposos nombres propios: seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social. En lo que a mí respecta, el próximo 7 de agosto se acaba el peor (y el más largo) gobierno si no de la historia de Colombia, sí de la que me correspondió vivir de cerca.
 
*Candidato a Doctor (PhD) en Ciencia Política por la Universidad París II Panthéon-Assas
http://iuspoliticum.blogspot.com/
Twitter: florezjose
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