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Opinión

  • | 2010/08/02 00:00

    La historia de un perrito paisa

    Se vivió en Colombia un patriotismo nunca antes visto, se puso de moda el tricolor de la bandera y se confundió gobierno con patria, y Uribe con Dios.

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Sé que el presidente Uribe fue blanco de amores apasionados de la mayoría de los colombianos, sé que algunos pusieron su foto al ladito de una veladora. Sé que quien no fue uribista fue considerado un traidor a la patria, un comunista, casi un blasfemo. Sé que votaron por él motivados por la esperanza de un pueblo que espera la llegada del elegido, del hombre capaz de devolvernos una Colombia que nunca tuvimos.

Pequeñito de estatura recordó a los hombres grandes de la historia a los que Dios no les dio centímetros sino temple. Simón Bolívar, Atila, Napoleón Bonaparte, Franco, Alejandro Magno, todos minúsculos cuerpos con altísimas empresas. Su sombrero y andar daban la sensación del buen arriero, incansable y de paso seguro.

Al Ministro de Protección Social, Diego Palacio, le dijo que parecía estar hablándole a la pared. Sin embargo, no sorprendió a nadie porque Uribe se destacó por un estilo muy particular de regañar a sus propios funcionarios públicamente, generando un furor en la gente tan parecido al circo romano.

Mostró su enojo más de una vez, a La Mechuda le dijo “le voy a dar en la cara, marica”, al presidente de Venezuela le dijo “Sea varón” y al periodista Daniel Coronell le dijo miserable, pero sus seguidores medían en cada una de esas expresiones un carácter propio de aquel hombre que prometió mano firme y corazón grande.

Se vivió en Colombia un patriotismo nunca antes visto, se puso de moda el tricolor de la bandera y se confundió gobierno con patria, y Uribe con Dios. Estuvo 8 años en la presidencia y quería más, peleó con las altas cortes, con los gobiernos vecinos, con los periodistas, con las organizaciones de derechos humanos, pero quienes lo amaban seguían amándolo.

Hace poco me llegó una carta firmada por él, en la que me felicitaba por la nominación al premio Semana Petrobras del año pasado. Me pareció un gesto propio de su estrategia de protocolo, tal vez un esfuerzo por hacer notar un valor por la libertad de prensa, tan soñada por estos días.

La columna con la que participé en la convocatoria del premio se titula La espiral del silencio, y se inspira en la teoría de Elisabeth Noelle Nuemann que, asegura que los seres humanos medimos inconscientemente hacia dónde tiende la opinión de la mayoría, y nos abstenemos de expresar la propia cuando es distinta. Casi de manera innata intentamos evadir el rechazo que supone pensar de manera diferente.

No ser uribista en tiempos de uribismo puso en riesgo la vida de muchos. Se desdibujaron muchas fronteras de la libertad de expresión. Tras la salida de Uribe de la presidencia, una nostalgia habita en los corazones de muchos de sus seguidores. Algunos se consuelan con el presidente electo, otros parecen despedir al padre que se va de casa y se ilusionan con la posibilidad de que vuelva algún día.

Pero aquellos que guardaron silencio porque la fuerza de la espiral se tragó sus palabras, ahora celebran. Por mi parte atino a recordar aquella casita que visité el diciembre pasado en Santa Helena, corregimiento de Medellín. En medio de un maravilloso paisaje antioqueño, la dueña de casa, una mujer con la inocencia de la montaña, intentaba sacar a su mascota diciéndole “Eche, pues, pa` fuera Uribe, salga, pues” y un perrito flaco y desteñido salía por la puerta.
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