Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2016/08/06 00:00

La historia verdadera

Ya lo decían hace 30 años los enemigos de la paz fallida de Belisario Betancur: ¿cuál paz si aquí no hay guerra? y así lograron que la hubiera durante 30 años más.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Publica la revista ‘Arcadia’ una entrevista de María Emma Wills con David Rieff, el autor del polémico ensayo Contra la memoria. Un libro muy útil, o quizás muy inútil, para los colombianos que estamos hoy enzarzados en la guerra sobre el final de la guerra, arrojándonos a la cabeza acusaciones encontradas sobre quién la empezó. Dice Rieff: “No hay tal cosa como un recordar colectivo. La memoria colectiva es una fantasía. Y no se puede cometer el error de confundirla con la memoria literal o con la historia. La historia es crítica, y la memoria colectiva es ideológica”.

Pero la historia también lo es, claro. Por eso en todas partes existe una ‘historia oficial’, y a veces también una ‘contrahistoria’. Que la historia la escriben los vencedores es un lugar común, aunque a veces se desentierra alguna ‘visión de los vencidos’ que devuelve cierto equilibrio: no porque sea más verdadera, sino porque es distinta. Hace unos años, cuando el proyecto de unificación europea iba viento en popa, antes del catastrófico brexit, se planteó un interrogante sobre el futuro de la enseñanza de la historia de Europa sin lentes nacionalistas: ¿fue la batalla de Waterloo una victoria, o una derrota?

Dice Rieff, comentando la famosa frase de Santayana (“Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”): “No veo la evidencia. No creo que pensar en Auschwitz nos salvó de Ruanda, y tampoco creo que pensar sobre Ruanda nos ayudó a prevenir Siria”. Entre otras razones porque –añado yo– los que piensan en las atrocidades de Auschwitz no son los mismos que cometieron las atrocidades de Ruanda, ni los que se horrorizaron con lo de Ruanda son los mismos que decidieron los bombardeos de Siria. Ese “nosotros” que usa Rieff es engañoso. Salvo que esté hablando en nombre de una imaginaria conciencia colectiva de la humanidad, o de ese ente de ficción que llaman “la comunidad internacional”, o del mismísimo Dios omnipotente. O del gobierno de los Estados Unidos (los intelectuales norteamericanos, aún los más críticos, tienden a decir we, nosotros, cuando hablan del gobierno de su país).

Rara vez son los historiadores quienes hacen las guerras, aunque sí sean ellos a menudo quienes las fomentan. La ferocidad de las guerras de la ex-Yugoslavia de fines del siglo pasado, por ejemplo, se debió en parte a que durante siglos se había mantenido vivo el recuerdo de la batalla del Campo de los Mirlos, en Kosovo, por la cual Serbia cayó bajo el dominio turco en 1389: seiscientos años antes. Seiscientos años de hurgar en las heridas para mantenerlas sangrantes. Concluye Rieff: “Quien diga que la memoria colectiva siempre es buena no dice la verdad”. Y recuerda la perversa utilización que hicieron de ella en el siglo XX la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin. Porque la memoria colectiva, que puede ser invención pura y simple, puede además manipularse políticamente. En esa misma revista Arcadia Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, escribe: “Los mismos hechos de guerra pueden ser un argumento para la continuación de la guerra o un argumento para construir una salida negociada”.

Por eso resume David Rieff su tesis: “El punto de mi libro es que a veces es mejor olvidar”.

A veces. “A veces sí y a veces no”, como canta filosóficamente Julio Iglesias. A veces es bueno olvidar y perdonar, y a veces es bueno recordar y castigar. En esa discusión estamos hoy con respecto a una posible salida para nuestra larga guerra, que ha durado 50 o 70 años: depende de quién hace la cuenta. Pero en todo caso el olvido que recomienda (a veces) Rieff no debe convertirse en un pacto de silencio como el que hubo aquí hace 50 años entre los responsables de la guerra de los 20 años anteriores. Porque ese pacto por las alturas, no solo sin castigo sino sin siquiera juicio, y sobre todo sin reconocimiento de lo que había ocurrido –peor: de que hubiera ocurrido algo– provocó la prolongación subterránea de la guerra durante medio siglo más. Y es lo que permite que hoy pueda tener credibilidad la delirante tesis de que aquí no ha habido nunca conflicto armado. Ya lo decían hace 30 años los enemigos de la paz fallida de Belisario Betancur: ¿cuál paz si aquí no hay guerra? Y así lograron que la hubiera durante 30 años más.

A veces es bueno olvidar. Para no envenenarse. Pero no hay que llevar ese olvido al extremo de enterrar la memoria, como se entierra a los muertos. 

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