19 septiembre 2013

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La sagrada homosexualidad de las sotanas

Por Joaquín Robles ZabalaVer más artículos de este autor

OPINIÓNLa Iglesia Católica ha sido siempre homofóbica de la puerta hacia afuera, pero sumamente tolerante del marco hacia dentro.

La sagrada homosexualidad de las sotanas.

Foto: SEMANA

Oscar Wilde, el novelista y dramaturgo irlandés, vivió en carne propia el estigma de ser gay. El 7 de mayo de 1895 un juez lo condenó a dos años de cárcel y trabajo forzado al encontrarlo culpable de sodomía. El autor de ‘El retrato de Dorian Gray’ y ‘La importancia de llamarse Ernesto’ fue rec
luido, en primero instancia, en las cárceles de Pentonville y Wandsworth, y seis meses después se ordenó su traslado a Reading, donde escribiría su famoso libro ‘La balada de la cárcel de Reading’.

Pero el caso de Wilde es solo un ejemplo de muchos. El novelista y poeta D.H. Lawrence fue expulsado del Círculo de Escritores Ingleses y condenado a muerte por una horda de fans católicos que lo consideraba un pervertido por haber publicado los libros ‘El amante de Lady Chatterley’, una novela polémica cuyo tema es el sexo y la infidelidad, y ‘Mujeres enamoradas’, donde narra una pálida relación homosexual entre dos amigos. 

Aunque David Herbert Lawrence nunca declaró su homosexualidad, la persecución que ejercieron sobre él las autoridades eclesiásticas fue intensa, tanto que se vio en la necesidad de abandonar Inglaterra y buscar refugio en Italia. Pero hasta allá, cuentan sus biógrafos, llegó la mano larga del puritanismo inglés y, una noche, una turba enfurecida intentó quemar su casa, por lo que tuvo que marcharse a Vence, Francia, donde murió en marzo de 1930 de una tuberculosis. 

“Aquí no se trata de cuánto hemos avanzado tecnológicamente, lo cual puede usted observar cada vez que mira a su alrededor”, le escribió en una carta a un viejo amigo. “Aquí lo que cuenta es que a pesar de ese desarrollo, el grueso de la población inglesa sigue pensando como nuestros antepasados medievales”. 

La Iglesia Católica ha sido siempre homofóbica de la puerta  hacia afuera, pero sumamente tolerante del marco hacia dentro. Los monstruos son siempre producto de las fallas del establecimiento, no de la voluntad divina. Por eso, resulta chistoso oír al cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, exministro de Salud del Vaticano, decirle a la prensa italiana que “los homosexuales y transexuales no entrarán jamás en el reino de los cielos”. Y no entrarán porque "uno no nace homosexual sino que se convierte. Por razones diferentes, de educación o porque la propia identidad no se desarrolló durante la adolescencia. Puede que no sean culpables, pero actuar contra la naturaleza y la dignidad del cuerpo seguramente no les garantiza entrar al reino de los cielos".

Lo que produce escozor no son las palabras del cura, sino su ceguera. Pues olvida que esa institución de la que hace parte tiene en sus filas a tantos homosexuales como granos de arena reposan en el mar. Olvida los múltiples casos de pederastia que han sacudido en los últimos años a la Iglesia, cuyas demandas le han costado al Vaticano un poco más de mil millones de dólares. Olvida el escándalo del sacerdote Gerardo Silvestre Hernández, un compatriota suyo que abusó sexualmente de  45 niños indígenas y cuyas denuncias fueron hechas por los padres de los menores ante el arzobispo José Luis Chávez Botello, quien sin dar explicación alguna hizo oído sordo de las denuncias y permitió que el depredador con sotana siguiera ejerciendo.

El caso de Marcial Maciel Degollado, un ‘iluminado’ que nació en Cotija de la Paz, Michoacán, México, en marzo de 1920, y que se hizo sacerdote 18 años más tarde, es, en términos retóricos, la gota de agua que derramó el vaso, y que para el vociferante cardenal Javier Lozano Barragán quizá sea solo una gota de agua turbia en medio de un río de corrientes cristalina. Pero olvida el cardenalicio que el sentido común nos dice que no hay que lanzarle piedrecitas a la ventana del vecino si no deseas que te devuelvan cañonazos.

Las primeras denuncias de abusos sexuales de Marcial Maciel, nos dice la periodista Carmen Aristigui en su libro ‘Marcial Maciel: Historia de un criminal’, se remontan a la década del cincuenta. A pesar de las numerosas pruebas que se habían acumulado en los despachos del Vaticano en contra del sacerdote, las autoridades eclesiásticas cerraron los archivos y botaron la llave. Esto, seguramente, lo interpretó el cura criminal como un aval de sus superiores para seguir abusando de los miembros de su club de fans la Legión de Cristo, una congregación de estudios que tenía como propósito crear seguidores del Hijo de Dios en todo el planeta.

Sin embargo, a mediados de los setenta las denuncias sobre los casos de abusos sexuales del legionario eran tantas que el Vaticano no sabía con certeza qué hacer. Y no sabía porque el cura les aportaba a las arcas de la Iglesia varios millones de dólares anuales con sus numerosas congregaciones, que, desde años atrás, habían recibido la bendición papal.

Para el investigar y académico mexicano Fernando González, quien en 2006 la editorial Tusquets publicó su libro “Marcial Maciel. Los legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos”, Joseph Aloisius Ratzinger, quien para la época de las denuncias era la mano derecha del Juan Pablo II y el encargado de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tomó la decisión de ocultar por enésima vez los documentos donde se consignaban los más de 600 abusos sexuales del cura en los últimos años. Las razones de Ratzinger, según publicó la prensa años después, era evitar la posible enemistad entre el cura criminal y el Papa. No obstante, para el investigador mexicano las razones eran de imagen y dinero, pues el Vaticano no podía renunciar a recibir semejante entradas económicas y mostrar a uno de sus miembros como un monstruo.

Marcial Maciel, nos cuenta el profesor Fernando González, murió el 30 de enero del 2008 en Houston, Texas, sin que hubiera respondido ante la justicia por uno solo de sus crímenes. Iba a cumplir 89 años. Y dejó tras de sí una larga estela de odios y frustraciones. Óscar Wilde, sin embargo, no había cumplido los 46 años cuando la muerte tocó a su puerta. Estaba en París, desterrado de su patria, sin una libra de esterlina en el bolsillo. Su delito: haber tenido sexo con otro tipo, adulto como él. Su biografía dice que dejó para la humanidad una profunda obra literaria. Me gustaría saber qué dirán los libros de historia del cura Marcel Maciel. Pero sobre todo, me gustaría leer cómo justificarán los delitos de Joseph Aloisius Ratzinger, el camisa parda que llegó a ser Papa.

*Docente universitario.
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