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Opinión

  • | 2014/08/20 00:00

    La hora de las iglesias

    Estamos en otro tiempo. Ningún cura está pensando en matar por ideología. Los guerrilleros colombianos también lo saben.

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El padre Matías tenía más trazas de corredor de fondo que de pastor de almas. Recogido de carnes. Mera fibra. Había nacido en Suiza pero su parroquia, literalmente una choza, estaba entonces en un remoto caserío del departamento de Nariño. Recorría a pie decenas de kilómetros para bautizar a un bebé. Seguía las enfangadas trochas de los arrieros para llegar a un paraje selvático en donde un grupo de afrodescendientes lo esperaba para que oficiara una misa y les llevara un poco de alimento espiritual. 

Hasta el más redomado ateo no tenía más remedio que admirar las demostraciones de fe que trasmitía el padre Matías. Un hombre que vivía y pregonaba su religiosidad conforme a la singular indigencia de los profetas bíblicos. Para fortuna de la humanidad aún quedan en la tierra personas como el padre Matías que, libres de todo calculo material, se entregan a sus semejantes. 

La semana pasada murió Miguel Pajares el sacerdote español quien contrajo el mal de ébola mientras trataba de aliviar la suerte de millares de contagiados por el virus en un hospital de Monrovia, África Occidental. 
Hubo tiempos en los que algunos curas no dudaban en quitarse la sotana y coger un rifle para cambiar a tiros las injusticias que pueblan la tierra. Gabino, el líder máximo del Ejército de Liberación Nacional, debe guardar en su memoria todo lo que fue el martirologio de sacerdotes como Camilo Torres, Manuel Pérez y otros tantos que murieron en su ley y su fe.  

Pero estamos en otro tiempo. Ningún cura está pensando en matar por ideología. Los guerrilleros colombianos también lo saben y por esta razón están buscando salidas. Una salida que va necesitar de muchos curas católicos, pastores de las iglesias protestantes y líderes de otras creencias religiosas que son minoritarias en Colombia y que merecen trato igual y respetuoso. 

¿Dónde demonios andaban las iglesias durante todos estos años de muerte? En todo, menos en salvar la carne de la gente colombiana. Algunos de los representantes del catolicismo se volvieron actores de televisión. Otros jerarcas andaban regañando a los curas díscolos que escribían o sermoneaban sobre los problemas reales de la gente. Unos iban del timbo al tambo, de reunión en reunión, de banquete en banquete, mientras el Papa Francisco le lavaba los pies a doce reclusos de una cárcel de Roma y criticaba al “capitalismo salvaje” y clamaba por una “iglesia pobre para los pobres”.

Las iglesias evangélicas tampoco se quedaron atrás. Curtidos políticos se volvieron pastores para seguir haciendo política desde los templos. Algunas iglesias lograron perfeccionar las obsoletas, pero eficaces, maquinarias electorales que se inventaron los políticos colombianos. Los pastores vieron que la acción para conseguir curules en el Congreso era más importante que la práctica de los evangelios y la lucha contra el demonio.

Todos tenemos velas en este entierro. Las Iglesias, todas las iglesias, andaban mirando para otra parte. A espaldas de sus propias doctrinas. No estaría mal que, como buenos cristianos, reconocieran su parte. Pero ha llegado la hora en la que, de veras, vuelvan los ojos hacia una sociedad que necesita reformarse social y económicamente, pero sobretodo, reformarse espiritualmente. Culturalmente. 

La violencia está enquistada en la conciencia de todos los colombianos. El espíritu de vindicta es una especie de sanguijuela, dormida o despierta, prendida al cerebro de cada colombiano o colombiana. Creer que todo ese ponzoña puede desaparecer de la sociedad con la pura transformación económica es una idea reduccionista que desdeña la manera como se ha forjado a través de varias generaciones la conciencia del país. 

El acompañamiento que la Iglesia Católica hace por estos días de todas las víctimas del conflicto en las negociaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla es de gran ayuda. Pero no es suficiente. Es poco en realidad. Las escuelas y los maestros pueden preparar a una nueva generación de colombianos para que se hagan dueños de valores no violentos. Las partes podridas y envenenadas de la sociedad colombiana, sólo se pueden tratar desde lo alto. Desde la colina. Desde las iglesias. 
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