Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1995/11/20 00:00

LA HORA DE PERRY

Perry es un ministro imprescendible para gobernar de verdad, haciendo las cosas que el país necesita, sin importar si son populares o no.

LA HORA DE PERRY

GUILLERMO PERRY ES UNO DE LOS MInistros más serios que tiene este gobierno. Y uno de los más imprescindibles. Pero no imprescindibles al estilo Serpa, para hacerle el 'dirty work' a Samper, con marrullerismo político y frases kamikazes. No. Perry es un ministro imprescindible para gobernar. Para gobernar de verdad, haciendo las cosas que el país necesita, sin importar si son o no populares o si le harán o no daño a la imagen presidencial.
Por eso Perry se ha embarcado en un proyecto de reforma tributaria que es todo menos popular, pero que es fundamental para salvar la economía del país, gústenos o no.
Desde luego, medidas antievasión como las que contempla el proyecto, y ante todo, el aumento de dos puntos en el IVA, han despertado grandes reservas en el Congreso y entre los gremios. Con gran seriedad, dirigentes empresariales como Sabas Pretelt han argumentado que la reforma es regresiva, y la acusan de amenazar la estabilidad de la inversión, de golpear a las clases populares, de alentar en lugar de desestimular el gasto público, de fomentar el contrabando, de reducir la capacidad de compra de los colombianos, de golpear la actividad productiva, y demás. Todos estos son argumentos válidos, merecedores de una sana controversia, y algunos de ellos posiblemente ciertos.
Pero el único argumento que no se puede esgrimir contra la reforma tributaria de Perry es que hay que hundirla porque no es conveniente tramitarla en medio de la actual debilidad política del gobierno. Este argumento, que solo piensa en el bienestar de Samper, y no en el del país, le estaría dando la razón a los que creemos, precisamente, que la debilidad del presidente Samper le impide hacer el gobierno que está necesitando Colombia.
Este argumento, que va directamente contra la yugular del Presidente, es el del ministro Horacio Serpa y el de ciertos columnistas del gobierno. Al punto de que, a pesar de estar presentado el proyecto ante el Congreso, Serpa quiso sabotearlo para salvar al Presidente, no exponiéndolo al desgaste de gobernar como debe. Eso obligó a Perry a ser muy claro. Según me contó una buena fuente, Perry advirtió que retirar el proyecto del Congreso no solo implicaría un inaudito gesto de debilidad política, sino que a él no le dejaría más remedio que retirarse del Ministerio.
Y parece que ganó, porque ahí está el proyecto. Y eso hace ver a Perry como un político maduro, responsable, económicamente cuajado, más que como ese funcionario ladrilludo y trascendental al que nos tenía acostumbrados.
La verdad es que la transformación de Guillermo Perry ha sido sorprendente. Hace apenas un año el sector empresarial del país le tenía pánico a su ministerio. Recordaban a ese enfant terrible que manejó la administración de impuestos en épocas de López, que hizo de las suyas en la emergencia económica del año 74 -al punto de que Alvaro Gómez llegó a decir que Perry le había hecho más daño al sistema que el Partido Comunista-, que coqueteaba descaradamente con la izquierda y que siendo ministro de Minas dijo que el sector energético colombiano estaba sobredimensionado, dos años antes del fatídico apagón.
Pero Perry, que en el fondo es un político y que lo que le gusta es la política, fue madurando, y encontró en la economía una eficaz forma de ejercerla, y concretamente en el tema de los impuestos una manera civilizada de redistribuir el ingreso y úna forma pacífica de acortar la brecha entre ricos y pobres. Y en eso es en lo que anda.
Con tanta coherencia, que los empresarios le perdieron el miedo, y podría decirse, a sus 50 años recién cumplidos, que actualmente es un ministro respetado y admirado por su equilibrio.
Me atrevería incluso a pensar que a Perry muy posiblemente le debemos más de lo que estamos dispuestos a reconocerle. Por ejemplo, debe haber trancado varias veces a Samper para que éste no caiga en la tentación del populismo salvaje, asumiendo una posición de centro que es una garantía para el país.
Si hubiera que criticarle algo, sería que descubrió muy tarde la gravedad del déficit fiscal porque propició que en la campaña, el entonces candidato al que asesoraba cometiera el error de prometer que no subiría los impuestos. También podría criticársele, aunque quizás se le deba precisamente a la debilidad política del gobierno, no haber evitado que el proyecto antievasión tributaria original fuera ablandado por la presión de los gremios y del Congreso.
Pero con Perry tenemos una garantía adicional. Es, junto con Rodrigo Pardo, el canciller, y con el ministro de Justicia, Néstor Humberto Martínez, uno de los pocos hombres de la más profunda entraña samperista sobre los que no recae ni sombra de duda en el proceso de los oscuros financiamientos de la campaña que los llevó al poder.
Eso hace que Guillermo Perry inspire una gran confianza. No solo por ser un excelente economista, sino por ser un buen hombre.

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