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Opinión

  • | 1998/08/03 00:00

    LA HORA DE SANTOS

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Bien podría ser Esta. Derrotado Horacio Serpa, quien lo emuló en la precandidatura, el penúltimo designado presidencial, Juan Manuel Santos, entraría a desempeñarse y a comandar un sector liberal, ya con alguna madurez y experiencia. Yo pediría que 'no me lo molesten más', como en la canción vallenata, con lo de ser hijo de su papá y propia entraña de la Casa Editorial _porque es otro delfín_ y que lo dejen ser, a ver qué pasa.
Tiene, de los tiempos de su designatura, alguna fuerza parlamentaria, inclusive dentro de la vieja política. Puede desubicar a Serpa, no con la oratoria, sino a la manera santista, con movimientos finos y desestabilizantes. Suena, a la hora de estas líneas, para ministro de Defensa o del Interior.
Un Santos es más nombrable que elegible. Y si bien el doctor Eduardo Santos fue elegido (porque se murió Olaya) era época en que los candidatos presidenciales eran entregados al público elector por acuerdo de los jefes epónimos, y de ese hecho nacía su respaldo. De esta forma tenían acceso a la presidencia personas ilustres que el gran público desconocía. Era, y eso tenía de malo, pura dedocracia. Si aquella hubiera sido época de encuestas, se puede pensar que quien fuera el presidente Santos no habria pasado de niveles de zócalo en la aceptación popular, compitiendo con los márgenes de error.
Es la mayor dificultad que yo le veo a este nuevo Santos, de trabajo parlamentario, de relaciones interpersonales y de negada plaza pública. Porque hasta la camiseta roja se la puede colocar, sobre el antibalas, pero el gagueo que le aceptan los economistas y financieros, no agarra entre las masas.
No puede equivocarse Horacio Serpa. A las seis de la tarde del domingo 21 de junio muchos debieron retirar de sus carros y vidrieras la mal diseñada propaganda, que lo llevó, con sus desesperados hooligans, a la derrota en las presidenciales. Seguir comandando la opinión significa mucho coraje, pero nada qué ver. El derrotado tiene un estigma en la frente: todo queda para hacer de nuevo y los votantes fieles se reducen, por decir algo, a la mitad. Y no hay que ilusionarse con haber obtenido la más alta votación liberal de la historia. Siempre la última es la más alta. La población crece.
Ahí entra, entonces, a trabajar la política un sector liberal santista, de moderación y colaboración observadora. Sospecho que va a ser llamado de Concertación. Hagamos memoria: Olaya fue la Concentración Nacional; Ospina Pérez la Unión Nacional; Lleras Camargo el Frente Nacional y Lleras Restrepo, la Transformación Nacional. Tenía que venir un ordinario a denominarse 'El Revolcón'. Lo raro del caso de hoy es que aquí el santismo es la disidencia, cuando por años ha sido la línea oficial, la que no ofrece riesgo.
Es probable que en las propuestas constitucionales que se ven venir para la nueva Constituyente, vaya a incluirse de nuevo la reelección de mandatarios nacionales. Ahí entraría a jugar César Gaviria, para el 2002. Samper no se habrá rehabilitado aún y en el nuevo juicio no creo. Serpa, Gaviria y Santos son cartas para el primer candidato liberal del siglo XXI. No sé si López estará en capacidad de hacer el guiño que acostumbra o si dejará guiñada a Noemí de por vida.
La división liberal es un hecho. Los disidentes, que se unieron a la Alianza, son demasiado eminentes dentro del liberalismo, incluido este Santos de hoy (que permaneció neutral, pero no indiferente), como para pensar que se trata de un caso menor de romanismo o lentejismo. Serpa, que no dejará la política, encarnará la causa popular y Santos la aristocracia política. Con extravagancias, como la de ser esta última línea, la revolucionaria y rebelde a la jerarquía legítima y contar la línea del pueblo con el apoyo de columnistas del Jockey.
Así veo, sin consultar las cartas astrales, lo que puede llegar a ser en estos próximos años. En un período presidencial surgen personajes nuevos y se queman otros, pero los nuevos en Colombia ya está visto que deben insistir muchas veces, ser llamados apátridas y sapos primero; quedar en el último lugar de las encuestas para ir ascendiendo lentamente, si no se es completamente reacio a ellas. Lo otro es ser ráfaga luminosa en un instante de confusión, como cuando a alguien se le designa, entre losas sepulcrales, para recoger las banderas de un sacrificado. Y esto no se da todos los días, ni siquiera en Colombia.
No lloremos, pues, por Juan Manuel Santos. No más 'burujú, burujú'. Ya llegó la hora, como cantábamos el día de nuestra Primera Comunión ('fiesta olorosa a helecho y malvasía, fiesta a la que me llevó la madre mía...'). Era, por lo general, un día en que nos echábamos los primeros tiros largos. Juan Manuel, déjate el mostacho.
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