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Opinión

  • | 2012/08/04 00:00

    La hora de la definición

    El Presidente debe decidir si invierte sus energías en cuidarle los huevitos a Uribe o si dedica lo que le resta de estos cuatro años a sacar adelante la ley de restitución de tierras.

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Chivolo es un caserío miserable y pobre. Los campesinos que lo habitan, sobrevivientes de la violencia que dejaron los años en que Jorge 40 era el rey de estas tierra fértiles, recuerdan todavía cómo en aquella casa -todos la muestran- él, un día de julio del 1997, salió al balcón a decirles a los campesinos que tenían dos semanas para irse de sus tierras. ¿A quienes? no las tenían tituladas les prometió que se las compraba. Nunca les dio la plata, se las robó y los convirtió en campesinos desplazados, de esos que José Obdulio Gaviria dice que son "migrantes".  A los que se negaron a irse, los asesinó a sangre fría, como a él le gustaba.

Años más tarde, en el gobierno del presidente Uribe,  se supo que José Miguel Narváez, quien se desempeñaba como subdirector del Das de Noguera -el 'buen muchacho' de Uribe- le había entregado un carro blindado de uso oficial a ese asesino en serie para que se movilizara por el departamento.  Para eso también sirvió la seguridad democrática: para darles protección a matones como Jorge 40.     

En ese mismo pueblo, se hizo también el Pacto de Chivolo, en 2000, en el que Jorge 40 se reunió con la clase política del Magdalena para ganar alcaldías y poner sus fichas en los concejos y en la Asamblea de ese departamento, trabajo que se consiguió en medio de asesinatos y masacres.  

A pesar de que más de 80 políticos están en la cárcel por cuenta de haber hecho este acuerdo de Chivolo, Jorge 40 sigue siendo el único de los jefes paramilitares extraditados a Estados Unidos que no ha querido hablar,  por lo que sus víctimas no han podido ser reparadas ni siquiera con la verdad. Muchos de los campesinos que él expolió y que sobrevivieron a su carnicería volvieron en 2007 a Chivolo  a tomar posesión de sus tierras.    

El viernes pasado estuve nuevamente en Chivolo y presencié la ceremonia en que el presidente Santos entregó las primeras demandas para que los jueces agrarios empiecen a fallar los procesos que tienen que ver con las tierras a los campesinos desposeídos.

La sensación que me dejó esta ceremonia fue muy distinta a la que me dejó la de Necoclí, realizada a comienzos de este año, cuando el presidente Santos dio la largada de la Ley de restitución en medio de las amenazas de los Urabeños.

A diferencia de la marcha de Necoclí, donde el ambiente era pesado y se sentía el miedo, en Chivolo no había esa tensión pero la región sigue dominada por los Urabeños, quienes terminaron heredando el imperio del mal de  Jorge 40. Ellos siguen siendo los principales usurpadores de las mejores tierras de estas fértiles sabanas del Magdalena y vamos a ver qué va a pasar cuando los jueces agrarios fallen y le toquen sus intereses.   

Sin embargo a quien sí sentí muy distinto fue al presidente Santos. Aunque dijo que la Ley de Tierras era imparable y fustigó el paramilitarismo, no pude dejar de pensar que este era el mismo presidente que una semana antes había estado rindiéndole cuentas al uribismo en Betulia, Antioquia, sobre el estado de sus tres huevitos. ¿Cuál de esos Santos le estará hablando a los campesinos de Chivolo, me pregunté?    

Al presidente le ha llegado la hora de decidir si rompe definitivamente  las amarras con el uribismo o si se lanza a su reconquista. Si quiere invertir sus energías en cuidarle los huevitos a Uribe, para que el expresidente se calme y deje de acribillarlo diariamente con sus trinos, o si por el contrario quiere invertir lo que le resta de estos cuatro años en sacar adelante la Ley de Restitución de Tierras, a la que el expresidente y los gremios que lo apoyan se oponen ciegamente. Si quiere seguir haciendo la guerra como se lo impone el dogma de la seguridad democrática o si quiere ser el presidente de la paz y de la reconciliación.

Si Santos quiere representar a la Colombia moderna y progresista no puede pretender representar a la Colombia premoderna de Uribe. No hay política sin enemigos. Y a Santos le llegó la hora de tener los suyos. De lo contrario, esos pobres campesinos de Chivolo van a tener que seguir sometidos al imperio de los ilegales, viendo cómo estos se vuelven cada vez más ricos y ellos cada vez más pobres.
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