Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/12/08 00:00

La hora del acuerdo

Magda Lorena Cárdenas analiza la importancia de la zona del encuentro anunciada por el presidente Uribe y sus implicaciones en la posibilidad de alcanzar una salida negociada

La hora del acuerdo

Un dolor de país que desgarra y cuestiona es todo lo que queda después de ver las pruebas de supervivencia de los secuestrados, y sería imposible dejar de pronunciarse. Sea esta la oportunidad para hacer un llamado al gobierno, a la comunidad internacional y, sobre todo, a la opinión pública colombiana para reflexionar frente a un tema que por ser parte del día a día de la realidad colombiana no puede ni debe dejar de conmover.

El acuerdo humanitario se ha negado a salir de la agenda política a petición de las familias de las víctimas, así como de la comunidad internacional. Son muchas las preguntas y un poco menos las alternativas de respuesta frente al secuestro; sin embargo, los últimos hechos pusieron de manifiesto que entre ellas la de claudicar en la idea de una salida negociada resulta ser la menos conveniente.

Como un desenlace fácilmente predecible se puede definir la ruptura de la mediación con las FARC, dada la ansiedad de protagonismo que caracteriza al presidente Chávez y la ambivalencia del presidente Uribe. No obstante, es preciso entender que este fracaso obedeció a errores diplomáticos, mas no a la pertinencia y la funcionalidad que en este contexto tiene el acuerdo humanitario.

El riesgo que trae consigo el ejercicio de una diplomacia presidencial emotiva estuvo latente desde el inicio mismo de la mediación y hoy tiene en los secuestrados a sus mayores víctimas. No fue el acuerdo humanitario per se lo que fracasó, sino la mala interpretación de quienes quisieron conducirlo. Cuando la tarea consiste en buscar solución a un flagelo como el secuestro, es un imperativo entender que no son los mediadores los protagonistas de una negociación ni tampoco los victimarios, sino las víctimas.

Devolver a las Farc un reconocimiento internacional fue sin duda el gran error del mandatario venezolano. Se equivocó Chávez al querer asignar a las Farc el rol de interlocutor político de igual peso que el gobierno. Después de ver las pruebas de supervivencia habría que preguntarle: Presidente, ¿acaso un actor político es capaz de tal grado de violación a los derechos humanos?.

Se equivocó también Uribe al no establecer unas reglas de juego claras desde el comienzo de la negociación y al no emplear su autoridad y su poder de convocatoria hacia la conducción de este proceso. Aun así, es preciso reconocer que no son los secuestrados quienes deban pagar los múltiples errores cometidos en la negociación.

Pese a estas equivocaciones, el gobierno colombiano ha reconocido que la idea de un acuerdo humanitario no se puede desechar. Más que ingenua resultaba la petición de Uribe de no tratar este tema “simplemente en el aspecto doloroso de los secuestrados”. Cuando de priorizar valores se trata, no hay ninguno que supere al de la libertad, más aun en el actual contexto colombiano.
El hecho incuestionable de que la diplomacia paralela de las Farc resulta inadmisible y se deba desmontar no implica que se deba cerrar la puerta a una negociación, siempre que esta sea objeto de una clara definición de actores y condiciones. La decisión del presidente Uribe de aceptar una zona de encuentro así lo demuestra y plantea nuevos retos para el tema del acuerdo humanitario.

Descartar una salida negociada sería desconocer el compromiso nacional e internacional que constituye la lucha contra el secuestro. Dar una nueva oportunidad al acuerdo humanitario no es signo de debilidad ni tampoco implica indulgencia, evidencia un gesto de voluntad política. Ante este nuevo contexto es preciso tener presente que para replantear el acuerdo humanitario es necesario también el pragmatismo que por el bien de nuestros secuestrados jamás debe ser confundido con intransigencia.

La zona de encuentro propuesta por el gobierno no puede ser objeto de un tratamiento emotivo. Es preciso que el pragmatismo se vea reflejado en un respeto a los canales institucionales y de la diplomacia, en la presencia de mediadores internacionales comprometidos con la negociación y con su propio protagonismo y en un gobierno consecuente y no movido a voluntad de la contingente realidad política nacional.

*Politóloga e Internacionalista, Universidad del Rosario.

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