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Opinión

  • | 2009/05/27 00:00

    La hora de los oportunistas

    El país presencia como nunca, o tal vez como siempre, el impúdico desfile de oportunistas de toda pelambre.

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En la primavera de 1940 el régimen Nazi decidió “amontonar” a 160.000 judíos polacos y a algunos gitanos en la ciudad de Lodz. Concentrados en un área menor a cinco kilómetros cuadrados, humillados, apiñados y arrojados a la calles, se vieron sometidos a la incertidumbre de no tener qué comer. Era una forma de hacerlos morir mientras decidían como matarlos. Alrededor del guetto, comerciantes polacos y alemanes, vendían alimentos de contrabando a precios exorbitantes, lo que les permitió acumular, en pocos meses, enormes fortunas. Las víctimas agotaron su dinero, luego se despojaron de las joyas y otros bienes. Finalmente, el hambre.

Eugen Zielke fue uno de esos tenderos que se enriqueció. Muchos años después, en una entrevista ante las cámaras de la BBC, y sin ningún reato de conciencia, afirmaba: “si podía conseguir por 100 marcos algo que valía 5000 sería estúpido no comprarlo. No hay que ser un hombre de negocios. Así es la vida”. Zielke es, en su desparpajo y su cinismo, un vulgar oportunista.

A pesar de que pululan en todo tiempo y lugar, las guerras son, como uno de los momentos más turbios de la política, un terreno especialmente fértil para que los oportunistas prosperen con arrogancia o delicada sutileza. Siempre al acecho, en su egoísmo y afán desmedido por satisfacerse, el oportunista hace carrera y es un profesional de la lisonja, la excusa, la lealtad ficticia y la melosería.

Ya Maquiavelo en su obra “El Príncipe” había advertido que “los hombres son ingratos, volubles, disimulados, huidores de peligros y ansiosos de ganancias”, en especial en el mundo del poder político en donde las vanidades y la codicia se encuentran. Así, quien detenta el poder, debe ser maestro para disimular y fingir y de gran habilidad “para saber dirigir a los hombres”. Las alianzas en el ejercicio del poder son, con frecuencia, el juego de oportunistas que saben que se engañan mutuamente, porque necesitan el uno del otro para su propio interés.

El país presencia como nunca, o tal vez como siempre, el impúdico desfile de oportunistas de toda pelambre. El Congreso se inundó de los políticos de la guerra quienes eliminaron toda competencia en sus regiones a través de la violencia o de la intimidante cooptación. Encarcelados algunos de ellos, en su reemplazo han llegado pequeños oportunistas, más ávidos y dispuestos a no desaprovechar el momento para conseguir los medios, prebendas y “contactos” necesarios para perpetuarse en su condición de “manzanillos perfumados”.

Habrá algunos, con su gloria temporal y tal vez fallida, como Heyne Mogollón, el absolvedor samperista; otros, utilizados y olvidados, como Yidis o Teodolindo, ya pretérita desgracia. Le seguirán, seguramente, algunos miembros de algunos de esos pseudo-partidos, esas espurias coaliciones de empresarios del cohecho y del fraude, dispuestos a consolidar un feudo.

Pero hay otros oportunistas, silenciosos y discretos. Narcos acogidos como delincuentes políticos, cuyas acciones beneficiaban a hombres de negocios. Inversionistas de palma africana que se hicieron y que continúan apropiándose de tierras de negros, de territorios indígenas o de supuestos baldíos, mientras el gobierno promueve y expide normas para asegurar el usufructo por años, invocando ese eufemismo desarrollista que es el biocombustible. Compañías mineras y extractivas que callaron el asesinato de sus empleados sindicalizados hasta cuando se vieron ante cortes internacionales; Esas mismas empresas, o parecidas, que ahora invaden, talan y contaminan, casi siempre con licencia, parques nacionales y zonas de reserva, escudadas en las banderas del “bienestar general” y “la responsabilidad empresarial”.

Podría continuar con los gobiernos locales y sus concesiones de obras públicas y de chance, privatizaciones o declaratorias de zonas francas, que benefician “a la familia”, los amigos o los copartidarios, en una frenética carrera por vaciar las arcas públicas y llenar las propias en “el cuarto de hora”.

Para cerrar este paroxismo oportunista, desfilan los amigos erigidos en algunos de los máximos rectores del poder judicial o cualquiera otra suprema autoridad en este país. Una corte, atacada sin piedad durante años, es ahora concebida, ¡oh curiosidad¡, como “un organismo de una alta calidad moral”. Se pavonean los recién llegados, oportunistas de carrera, cuyo mérito definitivo fue, frente a candidatos impecables, su complacencia pasada, actual o futura con el gobierno. Se paga bien la soterrada lealtad con quien elige, escoge o nombra.

Por último, y sin ser exhaustivo, la reforma política eleva a máxima norma el oportunismo y concede como un don legal a los congresistas, la posibilidad de “voltearse por una sola vez”, abriendo las puertas para todo un aquelarre individualista, seguramente, en “favor de mi región”.

Dice un proverbio chino que “cuando prosperan la inteligencia y la astucia aparecen los grandes hipócritas”. Al menos Eugene Zielke, ese insensible y rolllizo tendero alemán, aceptaba que él se había enriquecido con la miseria de los otros.


 
* Gustavo Adolfo Salazar es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

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