Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/09/11 00:00

La horrible naturaleza

No se nos olvide que los seres humanos somos apenas unos mamíferos violentos con una brizna de razón y solidaridad. Tras la máscara civilizada hay un lobo furioso que solo piensa en salvarse a sí mismo

La horrible naturaleza

Como señala Timothy Garton Ash, "la costra de la civilización es delgada como una galleta", y se puede romper en un instante. Austeros profesores de Oxford y de Harvard, puestos en una situación desfavorable, olvidan sus modales exquisitos y regresan a su condición de primates que luchan a muerte por un territorio o se muerden por un banano. El Katrina, un huracán de cuarta categoría

que pasó por el lugar equivocado, devolvió en pocas horas a la refinada Nueva Orleans a la condición de naturaleza: sálvese quien pueda y cuide cada uno su pellejo.

Los blancos con carro cogieron sus joyas, empacaron el computador portátil y los cubiertos de plata, y se largaron a sus casas de campo o al cuarto de huéspedes de sus amigos y parientes ricos en otros estados. Vivieron la tormenta por televisión. En cambio los viejos se ahogaron en los asilos; los perros y los gatos, olvidados a última hora por sus dueños, quedaron a la deriva; y los negros e hispanos sin plata permanecieron ahí, sobreaguando o saqueando, encaramados en los techos, tratando de sobrevivir como fuera en el infierno, amenazados por las armas de fuego de los socorristas que llegaban a salvarlos. No tenían en qué irse ni adónde ir.

El gobierno federal ha despachado 25.000 bolsas de cadáver para empacar a los muertos, que hasta ahora nadie ha podido contar. ¿Centenares, miles? En todo caso parece que serán más de los que mató Osama en Nueva York hace cuatro años. Y si los terroristas consiguieron que el país se uniera a favor de Bush, el Katrina está logrando que ese mismo país se revuelva en su contra: la gran pobreza oculta de Estados Unidos quedó al descubierto. También el racismo soterrado, la salud y la seguridad para los dos tercios de la población, o para los cuatro quintos, no sé. En todo caso hay un quinto de miserables que ahora deambulan en la indigencia.

No es la naturaleza, dicen, sino la imprevisión. Nueva Orleans estaba construida donde no se debe; drenaron los pantanos que contenían las aguas; no cuidaron los diques; los socorristas estaban en Irak. Todo esto es verdad, o al menos una parte de la verdad. Pero también Los Ángeles, una metrópoli 15 veces más grande que Nueva Orleans está construida donde no se debe. Desde hace un siglo se espera un terremoto (The Big One) que la reduzca a ruinas o la sumerja en el océano. ¿Qué pasará cuando tengan que correr en estampida no miles, sino millones de sobrevivientes, sin carreteras para sus carros? Ojalá no nos toque verlo.

Ver casi de rodillas, impotente ante el desastre, al país más rico de la Tierra, no es un espejo optimista para pensar en el futuro del planeta. Los polos se derriten, crece el agujero de ozono, 2.500 millones de seres humanos en el sur del mundo viven en la miseria, los 500 más ricos, solos, ganan lo mismo que los 500 millones menos ricos. ¿Sí será sapiens (sabia) esa especie homo a la que pertenecemos?

Algunos analistas consideran como muy probable que en los próximos decenios algún grupo demente pueda lanzar un ataque terrorista con una bomba nuclear sucia en alguna ciudad del Primer Mundo. Esta no produciría una explosión devastadora inmediata, sino que regaría material radiactivo por kilómetros y kilómetros a la redonda. Digamos un Chernobyl en el centro de Nueva York o de Londres, para los que no quedaría otra solución que sepultarlos bajo montañas de arena. ¿Cómo se portaría el 'hombre civilizado' en esa eventualidad? Si las Torres Gemelas nos dejaron de herencia guerras preventivas y paranoia global, ¿en qué monstruos no serán capaces de convertirse los europeos o los norteamericanos si son atacados así por más o menos anónimos 'terroristas islámicos'?

No se nos olvide que todos los seres humanos somos apenas unos mamíferos violentos con una brizna de razón, de compasión y de solidaridad. Por debajo de la cáscara civilizada de cualquier persona, de usted y de mí, hay un lobo furioso que sólo piensa en salvarse a sí mismo y a sus hijos. Es mejor saberlo, y reconocer cómo somos, para tratar de preservar al máximo las precarias condiciones que nos hacen portarnos como personas y no como bestias.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.