Viernes, 20 de enero de 2017

| 2007/04/21 00:00

La ignorancia es atrevida

Eduardo Plata sentencia que el comportamiento soberbio de los seres humanos en temas ambientales demuestra que lejos de ser el animal más sabio, podríamos ser, fácilmente, el más ignorante.

La ignorancia es atrevida

No tenía Al Gore que producir un documental para convencer al mundo de que el planeta está en malas condiciones. Todos los sabemos. Lo sé yo y lo sabe usted. El bombardeo de información científica relacionada con el medio ambiente, y con el peligro inminente que ha surgido gracias a su desmejoramiento, es abrumador. El planeta cada día se calienta más y más rápido. La atmósfera es cada vez más incapaz de autorregularse. La capa de ozono se deshace.

Y aun sí no hubiese testimonio científico alguno, las evidencias cotidianas son suficientes. Ríos que se secan, nevados que se derriten, huracanes cada año más feroces, temperaturas que se ubican más hacia los extremos, especies que se extinguen ante la destrucción de su hábitat, en fin. Cualquiera debería ser capaz de concluir que algo raro esta pasando y que ese algo no es nada bueno; toda vez que aquello que implique la extinción desmedida de especies, incluida la humana, está lejos de ser positivo.

Esta dura realidad ambiental ha creado una gran discusión alrededor de la culpabilidad del hombre en los cambios que ha sufrido el planeta. En realidad, está claro que el ser humano, si bien no puede ser señalado con toda seguridad como culpable absoluto, ha contribuido sobremanera a, por lo menos, acelerar y agudizar dichas variaciones. Gracias a la soberbia, la avaricia y, sobre todo, a una inmensa ignorancia, la raza humana ha colaborado en la destrucción del lugar en el que habita.

Si usted alguna vez se ha preguntado, cuándo empezó la debacle del medio ambiente, la respuesta a su pregunta es: el mismo día que se difundió la idea de que los hombres hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Dicha frase posee la intención real de elevar al ser humano a la categoría de deidad; por encima del resto de seres de la creación. Ahí empezó el desastre del planeta. Allí se le dio al hombre una licencia para despreciar y amenazar todo cuanto existe a su alrededor. Porque es inherente a la forma de ser humana el abusar de los inferiores.

Se debe notar que en culturas igualmente ancestrales, pero distantes de la occidental, como la de las tribus nativas de América, existe un gran respeto por el planeta, su fauna y su flora y se hace mucho énfasis en mantener un equilibrio respetuoso entre el ser humano y aquello que lo rodea. Su filosofía, su estilo de vida y su actitud ante la naturaleza son mucho más humildes que aquellas que profesamos los que hemos sido creados a imagen y semejanza.

Esa potestad absoluta sobre el planeta la ha empleado el hombre para hacer aquello que más lo mueve: producir y acumular dinero. No hay nada que ocurra aquí que no se origine en el enriquecimiento personal de alguien. El medio ambiente no es la excepción. Detrás de la tala de bosques, de la explotación de hidrocarburos, de las emisiones de gases tóxicos y de la explotación desmesurada de recursos, hay personas haciéndose inmensamente ricas. De ahí que el mayor obstáculo que encuentra toda legislación ambiental sea el costo añadido a la producción de bienes y servicios ante la eventualidad de que se exigiese una mayor protección del ecosistema en los métodos de producción; y una reparación posterior que buscase la sostenibilidad de la explotación de los recursos naturales. Nadie quiere asumir ese costo, ni las grandes empresas, ni los consumidores. Siempre, por egoístas y miopes, dejamos el problema a la generación siguiente. Hasta el día que ya no haya generación siguiente y a alguien le toque pagar el plato roto.

He ahí una combinación mortal: por un lado, el deseo desaforado de acumular las riquezas y el poder que estas compran; y por otro lado, la ausencia absoluta de barreras, tanto legales como morales, que pudiesen impedir la explotación desaforada del medio ambiente en el proceso. Es así como hemos llegado al día de hoy, y ahora nos encontramos con un planeta enfermo. Porque hemos actuado indebidamente y sin saber lo que hemos pretendido saber. Porque la realidad es que sabemos muy poco, y de lo poco que sabemos, hay mucho que sabemos mal.

Es largo el inventario de descubrimientos o inventos de la sociedad moderna que han colaborado a descomponer la salud del planeta. El ser humano actúa como un niño fuera de control que juega con artefactos peligrosos, cuando en realidad no puede dominarles. Lo hace por ignorante y porque la ignorancia es atrevida. Más aun cuando, además de ignorante, se es soberbio.

Sorprende ver cómo el resto de especies, consideradas inferiores, logra mantener con su medio ambiente un equilibrio que el hombre parece incapaz de alcanzar. Sin duda, detener el aumento desmedido de la población mundial, y así contener el consumo masivo de recursos, será imprescindible para poder alcanzar un desarrollo sostenible y armonioso entre la gente y la naturaleza.

Grandes retos enfrentará la humanidad en este siglo XXI, pero ninguno de la dimensión del dilema que representa el medio ambiente. Quizás el desenlace de todo esto se encuentre en la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Es el ser humano capaz de sacrificar sus pasiones en pro de su propia subsistencia?

Ñapa: Le haría muy bien al país que en los debates de la para-política, los representantes del gobierno se esforzaran en controvertir los mensajes y no en desprestigiar a los mensajeros.

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