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Opinión

  • | 2012/10/06 00:00

    La importancia de los partidos

    Se trataba de un debate de teatro en el que contaban más las presentaciones personales que los programas o las ideas. Y a Obama no se le ocurrió ninguna.

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Ya sabemos que el mundo en general no participa en las elecciones del presidente de los Estados Unidos. (Aunque así debiera ser: porque el mundo depende de él más que los Estados Unidos mismos, a los cuales -al menos desde los tiempos de Lincoln- el presidente se abstiene de bombardear). Y sabemos también que la opinión de un columnista de prensa de un país periférico no tiene el menor peso sobre esas elecciones (aunque tampoco lo tienen las de los mejores columnistas de la gran prensa norteamericana, como Paul Krugman o Maureen Dowd o Noam Chomsky, o el recientemente fallecido Gore Vidal). Y sin embargo me parece que los opinadores profesionales de pequeños países remotos como el nuestro debemos opinar sobre ese tsunami que cada cuatro años sacude el planeta: las elecciones presidenciales norteamericanas. No las afectamos, pero nos afectan. Y existe el derecho al pataleo incluso para los ahorcados.

Ví en la televisión (CNN, dos horas enteras sin anuncios publicitarios: hasta en el país más publicitario del mundo, los Estados Unidos, se abstienen a veces: "¡Qué cobardes!", deben de pensar Caracol y RCN "dos horas en triple A, y ni un anuncio"), ví, digo, el primer debate Obama-Romney. ¿Lo ganó MittRomney, el candidato republicano? Sí, porque resultó mejor de lo esperado. Pero, sobre todo, lo perdió Barack Obama, el candidato demócrata, porque salió muy inferior a lo esperado. Y no me refiero solamente a la forma -el antes elocuente Obama pareció apagado y desganado-, sino al fondo: al presidente Obama se le olvidó la existencia del pasado. Ambos hablaron como si no existiera otro pasado que los cuatro años de la presidencia de Obama. Romney para atacarlos, Obama para defenderlos. Como si no hubieran existido antes los catastróficos ocho años de las dos presidencias republicanas de George W. Bush. Este, que recibió de su antecesor demócrata Bill Clinton un país económicamente pujante y políticamente estable, solo escandalizado por un lío de faldas, le entregó a su sucesor demócrata Obama uno muy distinto, sumido en la peor crisis económica en un siglo, hundido en dos guerras perdidas y desgarrado políticamente por cuenta del desprestigio de los neocons y la insurgencia ultraderechista del Tea Party. En su debate con Romney, a Obama se le olvidó por qué había ganado la presidencia hace cuatro años.

Cuatro años de decepciones, es cierto. Casi en ningún terreno ha estado Obama a la altura de las expectativas que despertó su retórica poderosa de entonces: por timorato, por acomodaticio, por débil, por dejarse imponer las prioridades por los republicanos del Congreso abandonando las suyas propias: las del partido demócrata. Por eso las cosas siguen bastante parecidas a como las dejó Bush. En lo que toca a las guerras, a la retirada solo a medias de Irak (se van las tropas del Pentágono, se quedan los mercenarios privados del Departamento de Estado) se suman el empantanamiento en Afganistán y la intervención en Libia, y tal vez también en Siria y después en Irán. Pero basta con ver cómo el halcón israelí Bibi Netanyahu toma partido por Romney para saber que este es más peligroso que Obama para la paz del mundo. Y para la recuperación de la economía, lo mismo. Obama habrá hecho poco, y no lo suficiente: por timorato, por haberse dejado imponer prioridades republicanas, ajenas: austeridad en vez de gasto público (salvo en la guerra). Pero Romney es convencidamente republicano. Tiene detrás al partido republicano, con todo su peso ideológico de desconfianza en el Estado y confianza en la plutocracia.

En el primer debate entre los dos candidatos -sobre temas internos, salud y empleo, y por momentos en filigranas bastante herméticas para quien no fuera un experto- a Obama pareció olvidársele que también él tiene un partido detrás, y una historia de política demócrata que se remonta al New Deal de Franklin Roosevelt. Por eso en el debate fueron tan notorios el cansancio de Obama y su desdibujamiento, y por el otro lado la seguridad algo impostada de Romney: se trataba de un debate de teatro en el que contaban más las presentaciones personales que los programas o las ideas. Y a Obama no se le ocurrió ninguna.

En este primer debate, según consenso general, resucitó Mitt Romney. A Barack Obama le quedan otros dos para resucitar.
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