Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 1997/12/22 00:00

    LA INCOGNITA

COMPARTIR

¿Cómo llamarla? ¿Irritación, amargura, incomodidad? Me refiero a la reacción de la familia Cano frente a las inquietudes que colegas, competidores y aun colaboradores suyos de toda la vida han expresado por la venta de El Espectador -o de un paquete mayoritario de acciones de este diario- al grupo Santo Domingo o grupo Bavaria.
Entiendo lo que les sucede a los Cano. Durante muchos años, ya con el agua al cuello e intentando salvar el periódico en medio de grandes dificultades financieras, se sintieron solos. Solos primero, cuando les fue boicoteada la publicidad; solos luego, cuando los capos de la droga asesinaron a Guillermo Cano y pulverizaron parte de las instalaciones de El Espectador con un atentado dinamitero. Solos siempre. Ahora a todos ellos, los Cano, les irrita que quienes entonces nada hicieron, o se beneficiaron supuestamente con esta situación, hoy cubran de ditirambos a su familia pero se rasguen las vestiduras, como dice Alfonso Cano Isaza, ante el riesgo de ver hipotecada a un poderoso consorcio financiero e industrial la independencia del diario.
Es una reacción epidérmica y aun explicable, pero probablemente no del todo justa. La alarma ante la venta realizada proviene no sólo de los competidores de El Espectador, sino de sus propios amigos: de los más fieles y devotos. Y yo la entiendo. Porque hay un punto, uno solo pero esencial, que podría hacer de El Espectador un diario distinto: es el relacionado con el pluralismo de opiniones. Lo hubo siempre en aquel diario, aun antes de que El Tiempo lo tuviera también y se convirtiera en una modalidad nueva, tal vez en una conquista del periodismo colombiano. No hay, en efecto, nada más detestable que el unanimismo editorial, pues convierte a un diario o a una revista en vocero de un pensamiento único y a los periodistas en los incondicionales mercenarios de un interés particular, sea de grupo, de partido o, lo que es aún más grave, del poder tout court.
¿Ocurrirá esto con El Espectador y sus nuevos dueños? Ojalá no. Primero, porque los propios Cano se manifiestan garantes de cierta continuidad en la línea espiritual del periódico. Segundo, porque a priori el mero hecho de que un grupo financiero e industrial muy poderoso adquiera un medio de comunicación no significa fatalmente su absorción por parte de tenebrosos intereses privados. En todas partes existen grupos que compran periódicos, revistas o canales de televisión sin que ello signifique, per se, una amenaza mortal a la libertad de expresión y una manipulación de las opiniones. Lo único impugnable, lo que rompe las reglas del juego, es el monopolio y la ausencia de toda competitividad.
Empero, si se ha evocado el riesgo de que El Espectador cambie de rumbo es por un asomo de prepotencia en el perfil de sus nuevos dueños. Muchos temen que Julio Mario Santo Domingo y su fiel Augusto López le impongan a El Espectador las servidumbres que en un momento dado le impusieron a Cromos y a Caracol. El poder excesivo genera arrogancia y la arrogancia puede suscitar formas de obsecuente unanimismo. Sería lastimoso que ocurriera en Colombia, país de una larga y admirable tradición de periodistas libres, lo que ha ocurrido en México y en algunos países del Caribe, en los cuales poderosos magnates industriales acabaron manejando la prensa o la televisión al vaivén de sus humores, dejando florecer en torno suyo sólo el servilismo y la incondicionalidad.
Semejante situación la he vivido y padecido en otras partes: en Venezuela, por ejemplo, donde de pronto el propietario de un grupo de prensa llegaba al extremo de prohibirnos a directores y redactores de sus diarios y revistas que se mencionara el nombre de un conocido dirigente político o de un ex presidente por algún motivo personal y baladí. A esas formas de despotismo tropical nunca habíamos llegado en Colombia por una razón muy clara: porque los medios eran propiedad de periodistas; es decir, de gentes que tenían por su oficio un gran respeto. Sabían que podían servirse del talento y la capacidad profesional de un García Márquez o a un Eduardo Zalamea Borda, pero no consideraron nunca que al contratar sus servicios estaban comprando también su docilidad y su conciencia. Y esa ha sido, por cierto, una tradición muy noble de El Espectador. Sería muy triste que se perdiera, y no deben ofenderse los Cano de que gentes del oficio, aun ajenas a su casa, lo digamos con una nota de inquietud en alguna parte del corazón.
Esperemos que sean inquietudes infundadas. No deberían los nuevos dueños del diario desdibujar su perfil, convirtiéndolo en correa de transmisión de sus caprichos o intereses políticos, no siempre muy santos. Porque el sustento de un periódico son sus lectores y si ellos no encuentran en él la altiva independencia que siempre tuvo, lo abandonan. Y no será regalándoles CD de salsa como podrán sujetarlos. Pues no estamos en una república bananera; no todavía, aunque tengamos un presidente elegido con ayuda de millones de pesos mal habidos, aunque se den a sus amigos emisoras, noticieros, electrificadoras y contratos, aunque se compre a congresistas y testigos comprometedores desaparezcan de este mundo en forma inquietante. Hay un país limpio que todavía no comulga con estas prácticas nefandas. El que representan los Cano, por ejemplo
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.