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Opinión

  • | 2011/09/27 00:00

    La inconformidad con la vida no es un hecho, es sólo un punto de vista

    Al ser seres sociales, es inevitable dejarnos afectar por los cánones bajo los cuales se estructura y funciona cada sociedad. En Colombia, aunque las creencias han ido cambiando a lo largo de los años, se mantienen algunas muy fuertes respecto a lo que una persona ‘debe hacer con su vida’.

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A la luz de lo establecido en el ámbito educativo, todos debemos empezar por el colegio, aprender los conocimientos que se enseñan en las asignaturas básicas y aprender diferentes idiomas –porque sólo el inglés ya no es suficiente-. Una vez superada “la prueba de vida”, como me decía una consultante refiriéndose al ICFES que presentó hace poco, pasamos a la universidad. En teoría, vamos a poder escoger lo que queramos hacer, cuando en realidad estamos obligados a escoger “una carrera de verdad”, como calificaba un padre de familia carreras como administración, economía, derecho y medicina, mientras me explicaba por qué se niega a aceptar que su hija quiera estudiar artes escénicas: “Que estudie primero una carrera de verdad y después puede hacer lo que quiera. Yo no le voy a pagar eso que no le va a servir para nada en la vida”, me decía frente a su hija.

Después de la universidad hay que hacer un posgrado. Tenemos la ilusión de que ahí sí vamos a poder escoger el que más nos guste, pero pronto surgen nuevas exigencias: que sea en el exterior, en una universidad acreditada y reconocida mundialmente, ojalá en otro idioma, etc. Y finalmente llegamos al mundo laboral donde nuevamente pensamos que podremos escoger lo que más nos guste –pero en muchos casos, resulta ser una ilusión más-. Por ejemplo, algunos deben regresar del posgrado a trabajar en la compañía de la familia. “Nunca se me va a olvidar lo que me dijo mi papá cuando volví a buscar trabajo: usted tiene trabajo desde que nació, no sea desagradecido y empiece a ir a la empresa para aprender lo que va a hacer el resto de mi vida”, me contaba un consultante. A otros se les exige ‘socialmente’ tener un cargo directivo en una multinacional, con posibilidad de traslado al exterior, que tenga una excelente remuneración económica, y así sucesivamente. Si todo esto corresponde o no a lo que la persona quiere, es lo de menos.

En la universidad son muchas las personas que empiezan a sentir inconformidad con lo que están haciendo. “No sé si estoy estudiando lo que quiero o lo que me va a dar plata cuando me gradúe” me confesaba una consultante. Muchos jóvenes universitarios se sienten inconformes con lo que estudian, pero con frecuencia gana el miedo a no cumplir y a no ser lo que la sociedad les demanda. “Yo creo que fue viviendo afuera cuando me di cuenta que nada de lo que había hecho hasta el momento lo había escogido yo. Pero no fui capaz de hacer otra cosa, seguí en lo que estaba y ahora, a esta edad, sigo en lo mismo: ¡Inconforme! Pero ya llevo 24 años en esto, ¿ya para qué?”, decía un hombre de 46 años que, a pesar de no estar contento con su vida, había renunciado a la posibilidad de hacer algo distinto.

A todas estas exigencias se le suma otra en otro campo: la vida sentimental. Desde la adolescencia empieza la presión sobre los jóvenes para que tengan una pareja: “Suena estúpido, pero no tener novio me genera mucha ansiedad. Si me preguntas, a mí realmente no me importa; pero cuando me llaman mis amigas el sábado a preguntarme qué hice el viernes y les cuento que me dormí temprano viendo televisión, el silencio que sigue después empieza a generar en mí una ansiedad que no se me quita”, me decía una joven que está empezando su vida laboral. A pesar de que está haciendo lo que le gusta, no lo ha podido disfrutar porque “el cuadro no está completo”: no tiene novio.

En todo esto hay una gran paradoja: la presión social que se ejerce sobre las personas para que se acojan a lo establecido es tan fuerte, que el miedo a contravenirla impide que su propia inconformidad las mueva a hacer las cosas de otra manera. Por eso con frecuencia gana la opción de lamentarse y buscar culpables –incluyéndose a sí mismos- para justificar el hecho de no hacer nada diferente, diferencia que no tiene que traducirse en un cambio drástico: por el contrario, se trata - en palabras de J.H. Weakland (Nardone, G. “La mirada del corazón”, 2009)-, de hacer una pequeña cosa que conduzca a otra, que a su vez conduzca a otra y así, se habrán hecho grandes cosas habiendo hecho únicamente las más pequeñas.

Se puede tener ‘éxito’ en ocultar la propia inconformidad durante un tiempo, ¿cuánto tiempo? Depende de cada persona. Algunas lo pueden hacer 46 años, otras a los 16 años se empiezan a cuestionar y deciden actuar diferente: comienzan por retomar pequeñas cosas que han dejado de lado por el afán de cumplir con lo que supuestamente constituye “la clave del éxito”. Se trata de recuperar el contacto con nosotros mismos empezando por lo que a cada uno lo hace sentir bien: leer un libro, sembrar plantas, encontrar momentos para practicar algún deporte, dedicar 10 minutos diarios al silencio, etc. Estas pequeñas cosas, en apariencia superficiales, poco a poco van generando en cada persona la sensación de estar recuperando el contacto consigo misma y el control de su vida. Así cada una empieza a construir un sentido de vida diferente en el que el mundo a su alrededor está bien porque ella está bien, y no al revés.

“Nunca pensé que con tan poquito pudiera lograr tantos cambios”, me decía una mujer que a sus 58 años se arriesgó a trabajar en ella misma, a transformar su inconformidad y por lo mismo, a dejar de quejarse. Como resultado, ha mejorado la relación con su pareja, con sus hijos, y también sus relaciones laborales. Aunque no está ejerciendo la profesión que le hubiera gustado ejercer, dejó de conformarse con recibir un salario y trabajar lo estrictamente necesario, para convertirse en una persona proactiva y darle un valor agregado a lo que hace, siendo ella la principal beneficiada. Por conocer a personas como ella, me atrevo a decir que la inconformidad con la vida no es un hecho, es sólo una actitud, un punto de vista que uno mismo puede transformar.

*Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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