Opinión

  • | 2006/11/11 00:00

    La inconveniente ejecución de Hussein

    Si Estados Unidos tiene convertido a Irak en un infierno, esperen a que Hussein sea ejecutado. Se convertirá en una leyenda

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Si las cosas fueran tan sencillas, los norteamericanos tendrían que haber premiado a Bush la semana pasada en las urnas, por haber liberado a la humanidad del asesino de Saddam Hussein, en lugar de pasarle una cuenta de cobro que llevó a que por primera vez en muchos años los demócratas les quitaran a los republicanos el manejo del Congreso. Pero no son así de sencillas.

A Hussein va a terminar aplicándosele la justicia del vencedor sobre el vencido, que es la justicia que producen las guerras cuando finalmente terminan definiéndose a favor de uno de los dos bandos.

Algo semejante a lo que ocurrió hace 60 años que se conmemoran este noviembre en el juicio de Nuremberg, cuando 24 personajes trascendentales del régimen de Adolfo Hitler fueron conducidos al tribunal que se conoció con el nombre de esta ciudad, y que se convirtió en el escándalo mediático de la época.

Nuremberg fue la manera que inventaron los aliados para darle un contenido judicial a un juicio político que les aplicaron los vencedores a los vencidos. Si las cosas hubieran sido al contrario, en lugar de que Goering, Hess, Ribbentrop, etc. hubieran sido los del patíbulo, los enjuiciados habrían sido Churchill, Roosevelt y Stalin.

El más famoso de los enjuiciados en Nuremberg, Herman Goering, incluso habría podido salvar su pellejo si los aliados le hubieran cogido la caña de negociar la paz. Pero muerto Hitler, a los aliados les convenía más montar este juicio adornándolo de toda la espectacularidad del caso, para reafirmar su condición de ganadores de la guerra.

Algo parecido a lo que ahora sucede con Hussein. Si Goering, hace 60 años, habría podido firmar la paz de Alemania con los aliados, Hussein podría haberse conservado intacto en el poder y ser uno de los principales aliados de Estados Unidos en sus difíciles relaciones con el mundo islámico.

De hecho, así lo fue durante muchos años. Cuando Hussein era amigo de Estados Unidos no era menos asesino de lo que es ahora que lo van a ahorcar. Nunca logró nada en su vida que no hubiera implicado genocidios, ejecuciones, torturas o traiciones, porque esas eran sencillamente las reglas del juego de su hábitat cultural. Para llegar al poder tuvo que estar a la sombra del ahorcamiento del rey Faisal II y después del fusilamiento de quien le había dado el golpe al rey, hasta que por fin, de muerto en muerto, logró acceder al poder, desde el que se dedicó a purgar el clan Tikrit, con el que gobernaba, de personajes históricos a los que consideraba una amenaza. De igual forma procedió contra miles de chiítas y kurdos. Tampoco tuvo ningún problema en lanzar gases tóxicos contra los iraníes para frenar la revolución islámica, coincidiendo en ese interés con los gringos.

Pero finalmente cometió el peor de sus errores políticos: invadir a Kuwait en 1990, por la ambición de apoderarse de sus reservas petroleras. Hasta ahí llegó la alianza de Hussein con Estados Unidos, y pasó a convertirse en la amenaza que precipitó la invasión a Irak, con la disculpa de que fabricaba armamento químico. Pero la alianza con Estados Unidos podría haberse reanudado superada la Guerra del Golfo, como Hussein efectivamente alcanzó a ofrecerlo. Otros intereses más poderosos se atravesaron.

Y por lo que ha sucedido después, incluso hemos venido a confirmar, aunque no nos guste, que Saddam Hussein, ese bárbaro, genocida, asesino, tirano, era el único que podía mantener unido a su país, por lo menos hasta que otro iraquí más hábil o sanguinario que él lo hubiese derrocado.

Por eso, si lo que Estados Unidos pretendía con la invasión de Irak era acabar con una de las mayores fábricas del terrorismo mundial, pensando que después de invadirlo podía transformarlo convocando a unas sencillas elecciones, logró todo lo contrario: convertir a Irak en un infierno, en un país no viable, en un país sin futuro cercano, en un país preso de su guerra fratricida alimentada precisamente del terrorismo en sus dimensiones más irreales, de lo que son testigos los casi 3.000 muertos norteamericanos que ya completa esa odisea militar.

Y si en eso tienen convertido los Estados Unidos a Irak, esperen no más a que Hussein sea ejecutado.

Se convertirá en una leyenda. En el símbolo para que a perpetuidad sigan matando norteamericanos y muy probablemente también europeos en nombre de la Jihad y para que continúe ampliándose sin horizonte cierto la brecha cultural entre Occidente y el mundo islámico.

Somos muy pretenciosos los occidentales. Creemos que los valores democráticos son ampliables al resto de la humanidad, cuando la realidad es que existen países en este planeta en los que la única manera de sostener la unidad nacional es a sangre y fuego.

Pero a Hussein no lo van a ejecutar por eso. Sino por que un día los Estados Unidos amanecieron graduándolo de enemigo, y le ganaron la guerra.

ENTRETANTO… Si por desmovilizarse, los paramilitares van a recibir una pena menor que los congresistas que los apoyaban, ¿no será aconsejable que los políticos también se desmovilicen?
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