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Opinión

  • | 2005/03/13 00:00

    La infidelidad paga

    Claudia López analiza las volteretas de Juan Manuel Santos, Noemí Sanín, Germán Vargas y Enrique Peñalosa y concluye que en política a los infieles les va bien.

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La infidelidad política paga. Esa parece ser la conclusión de la costumbre muy de moda de cambiar de bando. Y los políticos cambian de bando porque siguen los vaivenes de la opinión, o sea de los votos, porque si no se acomodan no sobreviven y sobre todo porque la infidelidad política paga.

Juan Manuel Santos pasó de ser opuesto a la reelección y adalid del Partido Liberal a jefe de debate de la reelección del presidente Uribe. Pero con esa jugada 'maestra' pasó de ser un ilustre sin votos que no contaba en el juego electoral a ser cuasiheredero de las huestes uribistas.

Si la Corte se lo permite (si se cae la reelección) es firme candidato a heredero del trono uribista, y si no, a Ministro que es a lo que los ilustres sin votos al menos aspiran. Noemi Sanín pasó de acusar a Uribe de paramilitar a ser su embajadora y abanderada de su reelección. Pero claro, también pasó de derrotada en las últimas elecciones a resucitada política y hasta suena como futura fórmula vicepresidencial del presidente-candidato.

Germán Vargas, antes confeso serpista y liberal oficialista cambió de opinión dos meses antes de las elecciones y ha fungido (¿fingido?) como uribista de primera línea. Pero el cambiazo le sirvió y mucho, por cuenta de eso cuadruplicó su votación al Senado. Y Peñalosa, que había caído en picada en las encuestas presidenciales volvió a subir (no mucho y quién sabe hasta cuando) por acordarse que siempre ha sido liberal.

Así que la conclusión que sacan estos y muchos otros políticos es que acomodarse paga. En últimas, pese a las críticas de unos columnistas despistados, los electores los recompensan con votos y reconocimiento, y los jefes políticos con mejores cargos.

Dicen los políticos que cambian de parecer por razones altruistas y casi humanitarias, nunca reconocen cálculos políticos y menos electorales y muchísimo menos personales. Santos prácticamente dijo que estaba haciendo un sacrificio personal por el bien de la patria. Noemí que las circunstancias del país habían cambiado, Vargas que sólo pensaba en lo mejor para el país, y Peñalosa que el liberalismo representa mejor la bandera de la igualdad para los colombianos. Y los ciudadanos y votantes que dicen odiar los cálculos políticos, y más electorales y peor aún los personales, o los comprenden o los perdonan o los recompensan. Una muestra de auténtico pragmatismo y 'coherencia' muy colombiano.

Ese gustico, como diría nuestro Presidente, puede tener muchas explicaciones. La costumbre del cambiazo es un lastre inevitable de la falta de organización política, y de la inexistencia de un sistema de partidos y bancadas serio y funcional.

En el país de las operaciones avispa, los candidatos de a 50.000 firmas sin ninguna organización, el caudillismo y el clientelismo (que hace tan fácil seducir los cambiazos), los políticos han terminado por desarrollar el olfato para saber cuándo y dónde acomodarse y a cobrar por ello, y los ciudadanos el olfato para rastrear a quienes les gusta donde quiera que se encuentren. Porque la verdad, los colombianos votamos por puro gusto, porque se ve como bonito, es como inteligente y parece honesto; en fin, porque tenemos 'química' con el candidato de nuestra preferencia. Tenemos la sorprendente habilidad de abrir un tarjetón con 500 nombres, fotos y colores y distinguir en segundos al que más nos gusta. Dudo mucho que un europeo educadísimo tuviera semejante habilidad.

En un mundo sin reglas claras ni estables, acomodarse es una condición indispensable para sobrevivir. Y es también reflejo de una terrible situacion de sumisión antidemocrática. Nos acomodamos con el jefe para que no nos despida, con la suegra para caerle bien y con los electores para que nos elijan. Acomodarse es también síntoma de inestabilidad. Y como 'justificación' a los recientes cambiazos habrá que reconocer que no estamos en el momento de mayor estabilidad.

Según las disposiciones de los padres de la patria en las próximas elecciones nacionales tendremos menos partidos en contienda (los legisladores se aseguraron que quedaran al menos los de ellos), estrenaremos listas únicas por partido, listas con voto cerrado, listas con voto preferente, umbral, cifra repartidora, bancadas, régimen de la oposición, ah, y claro, reelección presidencial. ¿En medio de semejante avalancha de 'pequeñas' modificaciones no se justifica el acomodamiento? ¿Hasta sí, no?
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