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Opinión

  • | 2005/08/26 00:00

    La inmensa minoría

    "Si lo que busca Álvaro es ganar popularidad de las grandes franjas creyentes para garantizar su reelección, está, como dicen, 'miando por fuera del tiesto", afirma María Antonia García, en relación con el pronunciamiento del Presidente respecto del aborto.

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Álvaro dice que muy maluco el aborto, que más bien no. Lo dice él, en representación de cuatro decenas de millones de personas. No hay nada de malo en que no le guste el aborto, ni que estuviéramos en un Estado totalitario que impone lo que la gente tiene que pensar. Como no es así, yo digo hoy que no me gusta que el aborto sea un delito en Colombia. El editorial de El Tiempo es revelador (no siempre se tiene la claridad necesaria y deseada frente a ciertos temas): el 0.5 por ciento de la población mundial vive en países donde el aborto es un delito. Y nosotros estamos en el paquete "elite". Muy bueno, dirán algunos, dada nuestra inclinación por todo lo exclusivo, por lo "vip". Entonces excelente que estemos dentro del 0.5 por ciento.

Claro, los del vulgo, los que dicen que muy maluco tener un hijo por cauchorroto, tienen que "bajarse del bus" cuando se presenta la ocasión en la que hay que abortar. Vale 600 mil pesos en la Cabrera, 300 mil en Teusaquillo. Qué rico poderse uno gastar eso en libros, en peluches, en tres meses de Pilates, pero hay que pagar porque no es legal y como no es legal, hay que pagarles a los médicos que amablemente se prestan a esta práctica no legal.

Porque no es que las colombianas no aborten, sí abortan, siempre y cuando tengan la suma requerida. Y se toman también la pastilla del día después.

Pero claro, nos toca hacerlo como si fuéramos criminales, como si eso se equiparara a robar o a acuchillar a alguien. "No le diga a nadie que fue un aborto inducido sino espontáneo", "no llame acá porque los teléfonos están chuzados por la policía". es toda una aventura digna de la Cosa Nostra. Y lo único que hacen las mujeres que abortan es decidir que todavía no, que la Iglesia no tiene por qué metérsele en las cobijas y decidir cuándo es que deben parir, cuándo deben ser madres y con quién. La Iglesia, y ahora (aunque siempre ha sido así), el Presidente.

Para las mujeres que tienen 600 mil pesos, que pueden conseguirlos sin problema en una semana, no hay mayores complicaciones. El problema aparece cuando una mujer queda embarazada y pertenece al grueso de la población que apenas si puede vivir con lo que gana. Ahí le toca apelar al plan B, al de los centros de abortos que se camuflan como almacenes de variedades, "misceláneas". Porque uno nunca sabe, qué tal un allanamiento.

La situación de los centros ilegales de aborto se describe a la perfección en una crónica de Soho de hace un par de meses. Y las imágenes son todo menos tranquilizadoras.

Se habla de matronas, de prescripción de pastillas sin la presencia o aprobación de un médico, de ganchos de ropa, de mujeres que mueren desangradas. Todo porque a los hombres se les ocurrió que cuando toca, toca, y si quedó embarazada le tocó asumir ese destino con resignación, ya no más universidad, mamita, ni doctorados porque mi Dios determinó que es hora de formar una familia. Y cásense así no quieran, así una ya no esté tan enamorada y le dé jartera casarse con ése.

¿Cuál es el temor a legalizar el aborto? ¿Que se asuma como método anticonceptivo indiscriminado?, ¿que el Dios cristiano nos mande un rayo que achicharre a toda la población colombiana? En cualquiera de los dos casos, es decisión de la mujer que aborta. Ella verá si asume su sexualidad con responsabilidad o si quiere abortar cada tres meses hasta quedar estéril, con el espectro de matices que recogen estos dos extremos. Porque el caucho roto, no es sinónimo de irresponsabilidad, sino de mala suerte; lo mismo pasa con las promesas que se rompen en "el acto": -mi amor, te juro que no me vine adentro-. Como también está la pareja que decide jugar al biorritmo hasta que coincide un espermatozoide con un óvulo y lo fecunda.

Con respecto a la achicharrada divina, pues yo, por lo menos, tengo intacta mi cabellera al abordar estos temas. Será porque en eso no creo, y si no se cree, es como si no existiera.

El otro tema en torno al aborto, es la estigmatización que sufre la mujer que osa cometer semejante crimen. El repudio social no se hace esperar, como ocurrió en Pamplona, en el caso de las estudiantes que humillaron y expulsaron por abortar. Seguro que su motivo era que "primero hay que terminar los estudios", pero ni modos porque las echaron.

Sorprende confirmar la fuerte influencia del legado católico en la mente de los colombianos. Ante la voz de "aborto" o "divorcio" o "izquierda", arremeten como si se les hubiera mentado la madre. Se persignan asustados y ruegan porque ninguno de los suyos caiga en tentación. Cuestionar siquiera el aborto es una ofensa para la mujer, se están subestimando sus criterios morales y se las (nos) trata como señoritas de costurero, cándidas, tontas.

Justamente Álvaro, con esa esposa crítica y altiva, debería sentar un precedente de respeto a las mujeres. Si lo que busca es ganar popularidad de las grandes franjas creyentes para garantizar su reelección, está, como dicen "miando por fuera del tiesto".

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