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Opinión

  • | 2012/03/16 00:00

    La insoportable levedad del Indignado

    Si buscáramos una luz al final del túnel –a modo de resquicio para el optimismo-, encontraríamos que quizá el capitalismo como fenómeno global está incubando la semilla de su propia destrucción.

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Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del descontento. Este se palpa por igual en los jóvenes que destrozan estaciones de Transmilenio o en el movimiento estudiantil colombiano, como en los alzamientos populares que en Egipto tumbaron a Hosni Mubarak, en Libia dieron al traste con el régimen de Gadafi y en Siria tienen tambaleando a Bashar Al Assad. Y por supuesto en el movimiento de ‘Indignados’ que comenzó en la Puerta del Sol de Madrid, se extendió a Wall Street en Nueva York y en octubre de 2010 convocó a manifestaciones en 95 capitales del mundo, incluida Bogotá, a la que asistieron 70 personas.

Si de indignados ha de hablarse, tal vez el precursor sería el monje alemán Martín Lutero, quien protestó por la venta de indulgencias papales y abogó para que la Iglesia regresara a las enseñanzas originales de las Antiguas Iglesias Orientales, pero fue excomulgado y lideró el más grande cisma en el catolicismo. Cincuenta años después habría de emularlo el dominico Giordano Bruno, cuyas teorías cosmológicas predicaban que el Sol era simplemente una estrella y que el universo contenía otros mundos habitados por seres inteligentes, y por pensar así fue condenado a morir en la hoguera. Indignados también se manifestaron los seguidores de Martin Luther King, con marchas y protestas callejeras que dieron origen a un movimiento cuyo resultado más notorio fue la abolición de la discriminación racial en Estados Unidos.

Brilla con luz propia el Mayo del 68, poderoso movimiento de protesta iniciado por jóvenes contrarios a la sociedad de consumo, que en cosa de dos meses (mayo y junio) puso en jaque al gobierno de Charles de Gaulle y al que se unieron grupos de obreros industriales, y finalmente los sindicatos y el Partido Comunista Francés. Fue la más numerosa revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa Occidental, secundada por más de 9 millones de trabajadores, pero fueron aplastados por el éxito porque en ningún momento se plantearon la toma del poder (ni siquiera el Partido Comunista consideró esa salida), y el grueso de las protestas finalizó cuando De Gaulle convocó a elecciones anticipadas, que tuvieron lugar el 23 y 30 de junio de ese año.

Es conveniente traer a colación a Mayo del 68 porque es muestra fehaciente de cómo se pasó de “seamos realistas, pidamos lo imposible”, a tener que admitir que se quedaron sin el pan (o la baguete) y sin el queso. Y sirve para constatar que el actual movimiento de los Indignados parece condenado a correr la misma suerte, por no decir una peor, pues a diferencia de las protestas galas –cuando contaron con el apoyo de numerosos sindicatos y de un parte de su clase política- los Indignados se distinguen por lo indistinguible: una masa amorfa de personas que se ponen de acuerdo para reunirse cada cierto tiempo en un sitio determinado a protestar, pero de ahí no pasan.

Tendríamos que hablar entonces de un movimiento ‘pequeñoburgués’, de raigambre más emocional que racional, cuyo talón de Aquiles radica en que denigran por igual de los banqueros como de los políticos, pero desconocen que en la práctica necesitarían de los políticos y de sus partidos para canalizar su indignación, si quieren que en realidad sus protestas conduzcan a cambios efectivos en lo económico y en lo social. Les gusta tan poquito la política, que no comprenden que es precisamente convirtiendo el suyo en un movimiento político como podrán hacer realidad sus anhelos de cambio. En otras palabras, mientras no asuman y se presenten como alternativa de poder, estarán condenados al fracaso.

Sus ataques a las entidades bancarias y al capital financiero en general son fiel reflejo de esa ‘levedad’ que los anima, pues son capaces de unirse en cualquier plaza para señalar la dolencia ante las cámaras, pero no tienen el remedio a la mano. Aciertan eso así en identificar al verdadero enemigo, porque hoy cualquier cambio –por no decir revolución- que se pretenda tendría que comenzar por acabar con las ventajosas leyes del aprovechamiento y la usura que el capital financiero dicta e impone sobre el funcionamiento de la economía global, y para que eso ocurra estamos a una distancia tan considerable, que muy seguramente nuestros ojos no la habrán de ver.

De otro lado, si de algo adolece el movimiento de Indignados que encendió la mecha en Madrid, es de ausencia o escasez de líderes. Podría tratarse de una clase de rebeldía que por ahora escapa a nuestro conocimiento, pero cuesta trabajo creer que tengan algún futuro si no hay quién o quiénes encarnen o representen sus expectativas de transformación. Esto sería consecuencia del individualismo que impone la Internet, donde todos se están viendo en simultánea, pero cada uno de ellos está inmensamente solo.

Tienen razón por tanto los pesimistas que avizoran un planeta enteramente capitalista –y en esa medida consumista- cada vez más contaminado, convertido en un inmenso supermercado donde unos pocos dueños tienen al resto de la población mundial en condición de empleados o de clientes, unos y otros en función de trabajar sin descanso para poder comprar cosas que en la mayoría de los casos no necesitan.

Si buscáramos una luz al final del túnel –a modo de resquicio para el optimismo-, encontraríamos que quizá el capitalismo como fenómeno global está incubando la semilla de su propia destrucción. Esos movimientos de Indignados que como fiebres localizadas en diversas partes del organismo comienzan a brotar por aquí, por allá y por acullá, podrían transformarse mediante la cohesión de sus postulados en la expresión de una rebeldía que contagie a las naciones y que permita dilucidar, así sea en un largo o larguísimo plazo, un mundo mejor.

“¿Qué hacer?”, se preguntó Vladimir Ilich Lenin en algún momento álgido de su revolución bolchevique, y la respuesta que encontró fue decisiva para el triunfo, pero hoy podría espantar a más de un Indignado que aspire a cambiar el mundo desde la comodidad de su IPod: “organizarse y luchar”.

En la globalizada coyuntura actual el socialismo está mandado a recoger (porque las leyes del mercado son los nuevos amos), pero sí es viable tratar de crear conciencia para rescatar el espíritu de movimientos tan inspiradores como el hipismo de los años 60 y 70, o el mismo Mayo francés, que invitaban a la hermandad mundial, a respetar la naturaleza y a detener el cáncer del consumismo, que ávido y voraz carcome el planeta de manera irreversible.

Son reivindicaciones que hoy parecen cosa del pasado, pese a que nunca antes como ahora se habían hecho tan necesarias.

*www.jorgegomezpinilla.blogspot.com

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