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Opinión

  • | 2012/06/05 00:00

    La integración europea en veremos

    Más allá de un problema de financiación, que en el fondo no lo es, el problema de la eurozona es un problema de confianza y un problema político.

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Aún deben estar vivos en la memoria de muchos los fuegos artificiales que celebraron la entrada en circulación del euro aquel 1 de enero de 2002. Era nada más y nada menos que la expansión de la estabilidad monetaria y de la inflación en los países de la Unión Europea, lo que permitiría beneficios de bajos tipos de interés que favorecieran la inversión, el empleo y el crecimiento económico. Y de hecho así sucedió.

Pero aunque las razones del boom económico estuvieron favorecidas en varios países por la sinergia que producía los aumentos de la productividad, en otros lo que en realidad sucedió fue la exposición a la mayor burbuja de crédito internacional desde la Gran Depresión, lo que condujo al sobreendeudamiento, tanto público como privado.

Mientras aplaudían las bondades de la integración, países como Grecia, Portugal, Irlanda, España o Italia vivían más allá de sus posibilidades. A la postre, un pecado venial porque si de pecados se trata el capital fue desestimar las objeciones técnicas y embarcarse en una moneda única sin integración política. Así, el proyecto de la eurozona arrancó sin una arquitectura institucional clara; pareciera haber sido diseñado solo para épocas de vacas gordas y no para capear tormentas.

Después de más de dos años de crisis griega y ahora que el rescate español se asoma casi inevitable, son evidentes no solo las transgresiones y las improvisaciones de los líderes europeos, la falta de una visión de futuro, sino lo que puede ser la cuenta regresiva hacia la desintegración de la moneda única, al menos tal como se le conoce.

En medio de la presión de los mercados la semana pasada, el presidente de gobierno español, Mariano Rajoy, propuso la creación de una “autoridad fiscal europea para reforzar el euro, que armonice las políticas fiscales de los estados miembros y permita un control centralizado de las finanzas", una proposición también sugerida por otros dirigentes, como si la misma fuera posible sin integración política.

Basta recordar el principio de la democracia moderna de no tributación sin representación para entender que no hay atajos en este caso y que la integración política es un asunto de cesión de soberanía real, lo que en el caso europeo muy probablemente sea una mera ilusión.

Y es que habría que preguntarse, ¿acaso están los países de la eurozona dispuestos a elegir un presidente que ejerza una autoridad superior a la de sus tradicionales jefes de gobierno? ¿Harían los candidatos españoles campaña en alemán, holandés y francés para obtener los votos de estos ciudadanos? o ¿Se sentirían en realidad los alemanes identificados con un candidato griego?

No obstante, y aunque no tengamos respuestas, el aluvión de propuestas sin mayor elaboración y globos lanzados ya es incontable. El presidente del Consejo de la Unión Europea, Herman Van Rompuy, propuso recientemente dotar al proyecto europeo con un ministro de finanzas continental y un tesoro común. Ante la crisis bancaria en España, también se ha propugnado en los últimos días por una unión bancaria con garantía de depósitos común, aunque nada se menciona de quién sería el prestamista de última instancia, un asunto que es político y en realidad el problema de fondo.

En razón de la misma crisis y dado el tamaño del sistema financiero del país ibérico, se lanzó la propuesta de un rescate directo de las entidades bancarias por parte del Fondo de Rescate Europeo sin mediación estatal y ello con el objeto de disuadir los temores ante un incremento exponencial del déficit fiscal. De nuevo, el prestamista de última instancia tiene que aparecer, es decir el gobierno respectivo, o es que quizá se pretende crear una barra libre de préstamos en donde llegue uno y otro banco a decir ‘yo necesito tanto’.

La misma lógica del prestamista de última instancia encierra la propuesta de emitir los eurobonos, apoyados por España, Italia y ahora por Francia, y a lo que con no pocas razones se resisten Alemania y los que lo secundan como Austria, Holanda, Finlandia y Eslovaquia. Los votantes de estos países y sus dirigentes se preguntan cómo van respaldar una deuda de países en los que, por solo citar un ejemplo, se han pensionado a los 65 años cuando en los países al norte los ciudadanos lo hacen a los 67 años.

A estas alturas, el argumento de que la Unión Europea es irreversible porque simplemente los costes de deshacerla serían inasumibles no es suficiente. Más allá de un problema de financiación, que en el fondo no lo es, el problema de la eurozona es un problema de confianza y un problema político.

La misma crisis de confianza es la que subyace detrás del no tan preciso dilema entre austeridad y las medidas de estímulo al crecimiento. Si en Estados Unidos a Barack Obama le ha tocado invertir un inmenso capital político para mantener una línea de aterrizaje suave en las medidas de austeridad, en la Unión Europea, con 17 cambiantes gobiernos, es casi imposible trasladar la confianza necesaria en cualquiera de los dos escenarios, más todavía cuando se acudió al rescate de Grecia sin cifras en la mano o cuando no se sabe la profundidad del hoyo en el sistema financiero español.

Así, las limitaciones de profundizar la integración política europea, aunado a los palos de ciego de sus dirigentes en los últimos dos años, tienen la bola de nieve de la crisis económica europea a punto de estallar con las imprevisibles consecuencias para la economía mundial.

En ese caso, no solo el euro puede terminar desintegrándose, sino que el desencanto del europeísmo puede retrotraer la integración europea a lo que predicaba hace 20 años, una comunidad económica, en la que, entre otros, los nacionalismos en algunos países de la zona pueden volver a ver recuperado su cuarto de hora.

*Experto en sector público y consultor internacional en Washington D.C.

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