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Opinión

  • | 2007/07/21 00:00

    La ira al volante

    Gabriela Perdomo reflexiona sobre el enorme impacto que tienen en Bogotá las inhumanas condiciones labores de los 100.000 conductores de buses.

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¿Ha pensado alguna vez qué tipo de trabajo es manejar un bus de servicio público en Bogotá? A manera de dato curioso, muchas veces se oye a los bogotanos admirar a los conductores de bus ejecutivo, busetas y colectivos por su destreza y capacidades malabarísticas. ¡Cobran y cuentan plata al mismo tiempo que meten segunda, dan cambio mientras esquivan a un peatón, seguramente a un ciclista, y de paso miran si se van pasando el semáforo en rojo mientras se cantan un vallenato! Sí, es increíble. Pero más allá de lo anecdótico, a pocos se les ocurre pensar que esas habilidades admirables son más bien una señal de lo inhumana que es nuestra ciudad.

Hoy en día se calcula que hay más de 100.000 conductores de este tipo de vehículos, que transportan a casi el 75 por ciento de la población bogotana. Ellos son en su mayoría hombres jóvenes entre los 20 y los 40 años, provenientes de familias de estratos bajos y con un nivel de educación básico. Este ejército de hombres, que más bien parece un ejército de fantasmas, es uno de los grupos más maltratados de nuestra ciudad.

¿Se ha preguntado cuándo van al baño los conductores de bus? ¿A dónde van si en Bogotá prácticamente no existe el concepto de baño público? ¿Sabe cuántas horas de descanso tienen al día? ¿Si tienen problemas en sus hombros o su espalda porque deben manejar, muchos de ellos, buses con diseños absurdos y mecanismos destartalados que obligan a estirar el brazo derecho casi hasta el omoplato para meter un cambio? ¿Alguna vez se ha preguntado si los conductores sufren de problemas mentales relacionados con su trabajo?

Un estudio de la Universidad Nacional reveló hace unos años que la gran mayoría de conductores en Bogotá sufre de problemas de ansiedad y depresión, problemas digestivos, problemas visuales, complicaciones en las vías respiratorias, problemas osteomusculares y enfermedades de la piel. Las principales causas de los dolores físicos son la vibración constante de los vehículos, las acciones de repetición de brazos y piernas, la exposición a químicos y gases del bus y los demás carros en la vía, la exposición al polvo y los cambios bruscos de temperatura. Las consecuencias mentales se derivan en cambio de la alta exposición al ruido, el manejo constante de pasajeros, sentimientos de inseguridad y, sobre todo, la ansiedad que produce el tener que realizar varias tareas al mismo tiempo. El mismo estudio encontró que un conductor realiza hasta 200 tareas simultáneas, lo que puede causar estrés y agotamiento crónicos. – El malabarismo que admiran tantos.

A las exigencias del oficio se le suman además otros elementos que muy seguramente afectan la vida de quienes están al volante de ejecutivos, colectivos y busetas en la ciudad. De acuerdo con la Secretaría de Tránsito y Transporte de Bogotá, sólo el 15 por ciento de los conductores de la ciudad son propietarios del vehículo que manejan. El dato es importante pues implica que casi todos los conductores trabajan para una empresa privada, y su salario depende en la mayoría de lo casos del número de pasajeros que recogen – de ahí otra leyenda urbana, la guerra del centavo, que no es otra cosa que un eufemismo para describir un sistema corrupto, peligroso y absurdo.

La situación de los conductores de buses en la ciudad es lamentable. Ellos no sólo son las víctimas de una mafia poderosa que maneja la movilidad pública en Bogotá, que los explota y trata peor que a las mismas latas que ponen a manejar, sino que son un elemento invisible en los debates sobre el transporte público en la ciudad.

Los dirigentes de la ciudad y los votantes están en mora de incluir en el debate a los miles de conductores que sobrellevan jornadas maratónicas mientras batallan en la tal guerra del centavo. Ahora que comienza la carrera por la alcaldía de Bogotá, qué bueno sería oír a los candidatos mencionar a quienes se sientan detrás del volante y discutir con seriedad cuánto ayudaría a la ciudad – en movilidad y en civilidad – tener conductores de bus trabajando en condiciones dignas y seguras.

*Periodista e investigadora asociada para el centro de estudios de opinión pública Angus Reid Global Monitor (www.angus-reid.com)
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