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Opinión

  • | 1990/03/19 00:00

    LA JUBILACION DE CHEMA

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Venga que tiene , que tiene mucho sentido del humor, me embroma al decir que yo le estoy cogiendo confiancita a la pereza y que cada día le incumplo mas a mi columna semanal en esta revista.

La verdad es que muchas veces he sentido la tentación de jubilarme. Me dan ganas de mandarlo todo al chorizo y marcharme por ahi, sin rumbo fijo, con mi vida de cabestro, a desandar los caminos.

No quisiera volver a madrugar jamás. Me gustaría dedicar los días que me quedan --y ojalá sean muchos--a sembrar matas criar un par de canarios, visitar amigos ocupados y corretear cangrejos, bajo las lluvias de agosto, en las playas de San Bernardo del Viento.

La verdad es que no lo hago por varios motivos. Me asusta la idea de que la pereza sea, como es, uno de los siete pecados capitales. Pero es sabrosa. Macoca que maneja un bus en la plaza de Lorica, dice que si el trabajo es bueno para la salud, entonces, únicamente, deberían trabajar los enfermos.

Sin embargo, cuando pienso en la jubilacion, a lo que mas le tengo miedo es a la ociosidad. Conozco gente que sueña durante largos años con el momento del retiro, y con su merecido descanso, pero se aburren una semana despues. Se vuelven seres sombrios y tristes.

La historia de mi compadre Chema es un buen ejemplo. Es un espejo en el que uno debe mirarse. Mi compadre Chema desciende de emigrantes que vinieron de las Antillas. Vive en Riohacha. Y un día, cansado de la fatiga diaria, y teniendo una mujer que trabaja más que tres hombres, decidió que había llegado la hora.

--Hay que darle paso a las nuevas generaciones --dijo el, con cierto acento de picardia, y se retiró a la molicie.

Lo primero que hizo fue comprarse una mariapalito, que es una mecedora con balanzas de madera, y se sento en la puerta de su casa, a mecerse todo el día.
Los primeros meses fueron agradables. Divertidos, incluso. Organizaba tertulias con todo el que pasaba por ahi. Con la muchacha que vende camarones frescos, con los indios taciturnos que viajan a Manaure, con los amigos que iban a la consulta del médico .
Pero al cabo de un año la gente empezó a sacarle el cuerpo. Chema cree que todo el mundo esta desocupado, como el, dijo la señora Remedios Iguaran, y no volvió a pasar por esa calle. Otros, los que seguían haciendole la obra de caridad de servirles de contertulios a Chema, terminaban durmiendose entre la brisa fresca de los almendros al mediodia y el pobre Chema se quedaba hablando solo.

Un día, preocupado con la escasez de clientela en su terraza, Chema tomo la decisión que habría de convertirlo en un personaje legendario en Riohacha: como su casa esta en el camino del cementerio, cada vez que pasaba un entierro de pobre, de esos que van a pie y a buena velocidad Chema se le atravesaba al cortejo, con los brazos abiertos, y lo obligaba a detenerse.

- Alto ahí --decía. Para que van cargando, si yo puedo llevarlos en mi camioneta?
De esa manera, transportando ataudes en su carro, mi compadre Chema encontró la formula perfecta para matar dos pajaros de un solo tiro: hacia la obra de misericordia de enterrar a los muertos y, además, tenía alguna cosita en que distraerse.

Hasta el día en que, obviamente, la vida, que es demasiado cruel con los jubilados, le hizo a mi compadre Chema una broma pesada. Inauguraron la funeraria de Riohacha, con carrozas de motor y choferes. El pobre Chema, a partir de entonces, se quedó sin pasajeros para su camioneta. Varias noches lo vieron merodeando en velorios de barriada, buscando deudos y parientes que le hicieran el favor de dejarles llevar a los finados.
Tuvo que rogar y, segun dice la señora Iguarán, en algunas ocasiones tuvo que pagar de su propio bolsillo veladoras, cajones y plañideras para que las familias le permitieran ejercer su vocación de funerario.

Un día, sin embargo, mi compadre Chema guardo la mecedora en un zarzo de su casa, cerro la puerta, se quito las chancletas, se puso otra vez los zapatos blancos y se presentó al almacén de su mujer. Ella, con la boca abierta por el asombro, lo vió parado frente al mostrador.

--Se acabó la jubilación--dijo mi compadre Chema, dando una explicación. Me cansé de andar cargando muertos ajenos...

Por eso, cada vez que me entra la provocación de jubilarme, me acuerdo de aquella historia de Riohacha. Y pensar que yo ni siquiera tengo camioneta.-
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