Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1990/01/01 00:00

LA LAMBADA

LA LAMBADA

Como en los corridos mexicanos, esta es una historia de la vida real, muy mentada y comentada en la actualidad, sobre todo en los últimos días, por quienes han tenido la ocasión de enterarse, aunque sea en forma fragmentaria, de algunos de sus detalles.

Vamos al grano, sin más misterios. La lambada esta de moda.
Es un baile que ha provocado revuelo internacional y hasta peloteras. Su origen se lo pelean músicos españoles, artistas brasileños, indigenas bolivianos y hasta algunos colombianos que creen descubrir en sus ancestros unas gotas de cumbia.

Sucedió, pues, que llegaron a Bogotá las candidatas del reciente reinado nacional de Cartagena con el noble y admirable propósito de participar en el Banquete del Millon, la piadosa obra del padre Garcia-Herreros. Se hospedaron en un hotel del norte de la ciudad, al cuidado de una implacable chaperona que hace, con las reinas, el papel de los perros pastores alemanes. Ella es el mastin de la belleza ajena.

Enterado a traves de su periodico de tan grata visita, el gerente de la sección de avisos del diario "La Hora" tuvo la feliz idea de organizar una sesión secreta con sus amigos más cercanos para bailar la lambada con las reinas.
Seria una sesión infima, emocionante, a puerta cerrada y llena de grandes posibilidades.

El primer invitado fue mi amigo Julio Crucifijo. Para pagar ese honor, el, que es tan discreto, se comprometió a llamar a los demas elegidos, los favoritos de los dioses, los envidiables mortales.
"Pero tienes que avisarles con mucha prudencia", le insistió el gerente de los avisos. "Cuidado te descubren las esposas".

Crucifijo cumplió su misión con la eficiencia y la rapidez de un mercenario. Se comunicó de inmediato con el director de noticias de una cadena radial--que es arabe, pero no soy yo, lo advierto, para evitar suspicacias- y hablando con el temblor que tienen en la voz los conspiradores, con un lenguaje cifrado, como los telegramas o los indios de las películas, le dijo:--Bailar lambada reinas.
Secreto. No poder hablar mucho.
Asunto delicado. Paso recogerte ti media hora. Preparate pronto.

De la misma manera, y aunque algunos de ellos creyeron que Crucifijo por fin habia terminado de enloquecerse por completo, fue citando a los demas. A uno de ellos, el reputado periodista que escribe la columna "Anti-fuga", lo descubrio su mujer a través de una derivación telefónica. Ella, que tiene la perspicacia de todas las señoras costeñas, comprendió de inmediato el mensaje, del cual su marido no había entendido ni una sola palabra, y le grito desde el dormitorio:--Si te vas a bailar lambada con las reinas, aqui no vuelvas más--y le cerró la puerta en la cara.

El doctor Posadas, consagrado publicista y renombrado comentarista radial, celebre por ser tan bogotano y meticuloso, paso cinco veces frente al restaurante de la cita, antes de decidirse a bajar, haciendo la tarea de una patrulla de reconocimiento, a ver si habia moras en las costa. A propósito de costa: Florencia, la mujer de Julio Crucifijo, que es cartagenera y briosa, olio que algo extraño estaba pasando y puso en alerta roja a las demas señoras. Organizaron brigadas de seguimiento.

A las 7 de la noche, con el corazón hinchado de emoción, llegó el primer invitado, un afamado editorialista de prensa, vestido con un atuendo elegante que no parecia apropiado para bailar lambada, sino, mas bien, para concurrir como delegado a un evento internalcional. Para ir, pongamos por caso, a la reunión de la Organización Mundial del Café.

El dueño del sitio del aquelarre, advertido de antemano por el gerente de avisos de "La Hora", cerró sus puertas a la clientela.
Nadie hubiera descubierto allí a los bailadores ni a las reinas. Era mas facil encontrar una aguja en un pajar. O en varios pajares, que es todavía peor.

Ya que estaban todos, excepto el doctor Trigueñito. "Me moría de las ganas--confesaría el, despues de la catastrofe-pero resolvi negarme porque la más bajita de esas muchachas me saca por lo menos dos cuartas".

Se armó, inesperadamente, una acalorada discusión. El autor de la columna "Anti-fuga", que por primera vez en su vida se había puesto un terno completo y un pañuelo de seda en el bolsillo, como una flor, amenazaba con marcharse en el acto porque el quería bailar--cuando llegara el momento--con la señorita Cundinamarca, y al Marques de Pombal, redactor político de reconocido talento, aspiraba a lo mismo.

El asunto se resolvió salomónicamente: el doctor Posadas mandó al Marqués, con la buseta que tenia especialmente preparada, a recoger a las reinas en su hotel.
Entre tanto, la media luz del salón era excitante.

--Me pido a la señorita Valle- dijo el campero Willys, en el preciso momento en que ponía a enfriar la champaña.

Julio Crucifijo, para matar la angustia de la espera, se limpió tres veces la puntera de los zapatos frotandolos contra la pernera del pantalon.

Una hora después regresó el Marqués con su buseta. "Manda a decir la chaperona--gritó, para que lo oyeran todos--que ustedes que se han imaginado, que esas niñas son muy respetables, que no sean viejos verdes, que el que menos tiene de ustedes tiene tres hijos, que ellas vinieron a Bogotá fue a hacer una obra de caridad y no a bailar lambada".

--Hermano--me dijo ayer, llorando, Julio Crucifijo-lo que más me duele no es la frustración de la lambada, sino la mamaderita de gallo que me ha montado mi mujer.-

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