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Opinión

  • | 2005/01/09 00:00

    La lección del tsunami

    El desastre natural que azotó Sri Lanka sirvió para que sinaleses y tamiles, enfrentados en una cruenta guerra civil, dejaran a un lado sus diferencias. Ana Caterina Heyck explica los antecedentes y establece comparaciones con Colombia

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La mayoría de los colombianos oyeron por primera vez mencionar a Sri Lanka con el maremoto del sur de Asia. Similar a lo que aconteció con el desastre de Armero, la noticia de un reinado de belleza eclipsó cualquier intento de profundización sobre lo allí sucedido. Los detalles de las reinas del café, la feria de Cali o de Manizales son más importantes para los medios de comunicación que el conflicto armado en dicho país. Por lo general, vivimos tan absortos con nuestras propias noticias de masacres y de protagonistas de novela, que no nos interesamos por el resto del planeta. Pero más que intentar llamar la atención sobre la superficialidad de los noticieros y la falta de información acerca de la existencia de otros países, de otras culturas y de otros conflictos, resulta interesante reflexionar sobre la lección, que puede dejar en Colombia, la inmensa ola marina o tsunami que en un solo país, Sri Lanka, acabó con la vida de casi 50.000 personas, dejando desolación y tristeza, al tiempo que esperanza por el fin de la guerra. Al igual que nuestro país, Sri Lanka es un lugar exótico, con hermosísimas playas y diversos paisajes. El turismo fue, tiempo atrás, una de sus fortalezas, pero la inseguridad, generada por su conflicto armado, minó la afluencia de turistas y de ingresos. Tras dos décadas de guerra de guerrillas o de liberación nacional, pues todavía no se han puesto de acuerdo en catalogar el conflicto, el país se sumió en un mar de sangre, atraso, pobreza y dolor. Ubicada al sur de la India, Sri Lanka es una isla con forma de lágrima que hasta 1948 fue colonia británica. Se llamaba antes Ceilán y era el mayor productor mundial de té. Como Colombia, también produce café y se hizo famosa por la exquisitez de estos productos. Curiosamente, después de lograr de manera pacífica su independencia, comenzaron a brotar y crecer las raíces del conflicto interno. Bajo el imperio no hubo mayores problemas de convivencia entre los dos principales grupos étnicos: los sinaleses (de religión budista) y los tamiles (hinduistas). Pero una vez libres, los primeros, que son la mayoría, decidieron establecer una política discriminatoria, como estrategia de consolidación de su independencia. Legalmente impusieron su lengua, prohibieron el acceso de la minoría tamil a la educación, a los puestos gubernamentales y a su representación en el parlamento y demás instituciones del nuevo Estado. La razón era que los tamiles, provenientes de la vecina India e importados por Gran Bretaña para las plantaciones de té en el norte, habían tenido ya suficientes prebendas durante la colonia. La política de discriminación llegó hasta tal extremo, que en las regiones de presencia de la minoría tamil empezaron a formarse grupos de oposición al gobierno, los cuales lucharon en pro de un estado federal o por la total independencia del norte. Así surgieron en los 80 el grupo armado ilegal de los Tigres Tamiles de Liberación y la guerra interna entre esta organización y el gobierno representativo de la mayoría sinalés. Ambos recurrieron a prácticas violatorias del derecho internacional humanitario: ataques en contra de la población civil, especialmente cometidos por los rebeldes separatistas; ejecuciones sumarias y desapariciones forzadas por las fuerzas militares. En 1997, debido a los ataques suicidas con bombas en locaciones civiles como el famoso templo budista de la ciudad de Kandy, declarada por la Unesco patrimonio de la humanidad, el World Ttrade Center, el banco central y el intento de asesinato de la presidenta Kumaratunga, los Estados Unidos incluyeron a los Tigres Tamiles en su lista de organizaciones terroristas. Decenas de miles de personas murieron y cientos de miles fueron desplazadas por causa del conflicto, hasta que poco a poco se dio una mayor participación de los tamiles en las instituciones oficiales y educativas. Para la Navidad del año 2000, la organización rebelde declaró unilateralmente un cese del fuego, que violó en julio del año siguiente con un cruento ataque al aeropuerto internacional. Sin embargo, la llegada al Parlamento del partido de oposición, Frente de Unión Nacional, sobre una plataforma electoral de paz y negociación, hizo que el gobierno declarara un cese del fuego recíproco para fines de 2001. Las dos partes suscribieron un memorando de entendimiento en febrero del siguiente año e iniciaron un proceso de diálogo con la mediación de Noruega, que desafortunadamente quedó suspendido en 2003. El 26 de diciembre de 2004 el país fue sorprendido con un tsunami que arrasó la población costera y que, además de modificar la geografía mundial, alteró los vientos de guerra en la isla. El gobierno tuvo que destinar a sus militares en labores de rescate en las regiones afectadas y los tamiles hicieron lo propio en sus zonas de influencia. El dinero reservado para la compra de armas y municiones se está invirtiendo en medicinas, alimentos y hospitales. En lugar de mostrar su superioridad militar, gobierno y guerrilla se han disputado la atención de los damnificados por la tragedia. Tamiles y sinaleses trabajan ahora juntos por la reconstrucción de la isla, en lugar de seguir en guerra. No sé si desear para mi país un tsunami. Si añorar que una ola inmensa llene de agua marina las cárceles para que salgan los guerrilleros, al tiempo que abra las jaulas de los secuestrados. Que un maremoto redestine los dineros del Plan Colombia, del Plan Patriota y del narcotráfico para los desplazados y los hospitales en quiebra, para que a cambio de adquirir más aviones de combate o ametralladoras, se compren tractores y arados para cultivar los campos. Un terremoto que volteé a Colombia para que Marulanda, el Mono Jojoy y nuestros generales, en lugar de desperdiciar su inteligencia, diseñen una estrategia de reconstrucción. Tamiles y sinaleses trabajan hoy pescando las minas antipersonales que, en su absurda guerra, sembraron por toda la isla. Las bravas aguas del tsunami las arrancaron de la tierra. Ojalá no exploten ahora que, después del desastre, hay vientos de paz.
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