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Opinión

  • | 2012/05/31 00:00

    La lección de San Isidro: cuando la vida cuesta menos de 140 caracteres

    Todo lo sucedido esta semana en el caserío de San Isidro parece ser la continuación de un drama harto conocido. Hay viejos y nuevos personajes pero el libreto no ha cambiado y cada uno hace su papel como mejor puede.

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Observando por Telesur a Colacho leyendo desde el caserío de San Isidro el comunicado del Secretariado de las FARC durante el acto de liberación del periodista Roméo Langlois no puedo eludir el recuerdo de lo sucedido 16 años atrás en Remolinos del Caguán a fin de recrear una situación que parece irrebatible en el curso de la guerra que se libra en Colombia: la vuelta en círculo porque la hipocresía no nos permite encontrar el camino.

Resumo lo sucedido el 2 de julio de 1996. Un comando de fuerzas especiales del ejercito efectúa un asalto helicotransportado en el caserío de Remolinos del Caguán. Se produce un combate por espacio de media hora en el que muere Jacinto – reemplazante del Frente 15 de las FARC -, yo recibo dos balazos en una pierna y Colacho logra evadirse por el río Caguán de forma cinematográfica empleando una lancha rápida que no logra ser alcanzada por el fuego de las ametralladoras emplazadas en el helicóptero de apoyo.

Dos periodistas franceses que trabajan para el vespertino Le Monde son testigos del combate y del momento en que soy capturado, amarrado, vendado sobre una camilla y luego llevado hasta un helicóptero M-17. Al amarrarme las muñecas con una soga y vendarme los ojos con una toalla los soldados actuaron profesionalmente porque su obligación de combatiente era la de evitar la fuga de un enemigo capturado y no permitirle que examine visualmente una nave de combate. Son los gajes del oficio y los combatientes entienden muy bien el significado de estos menesteres y están preparados para asumirlos.

En honor a la verdad debo decir que los soldados de ese entonces me dieron un trato acorde a las normas del DIH y procedieron a curar mis heridas y antes de cumplirse las 72 horas de la detención fui llevado ante una fiscal de Orden Público para que fuera escuchado en indagatoria. En Florencia, Caquetá, en la sede la XII Brigada, varios oficiales de alto rango me abordaron con el deseo de conocer la opinión que las FARC tenían sobre el posible financiamiento de algunos candidatos a la Presidencia y el Congreso por parte de los narcotraficantes, amén que noté en ellos un tonillo de resentimiento contra la que llamaban “los politiqueros” aunque no explicaban las razones de tal actitud. Fue un dialogo honesto, entre colombianos que mostraban preocupaciones similares acerca del país y sobre asuntos coloquiales tales como el fútbol, la música y de vez en cuando alguno se gastaba una broma que nos hacía reír a todos.

La situación era bastante lejana a la relación que usualmente existe entre un prisionero y sus captores. Alfonso Cano, el extinto jefe de las FARC, decía en una entrevista para el periódico Público de España que en el seno de las fuerzas armadas de Colombia hay muchos oficiales y soldados que hacen la guerra con honor. Creo que aquellos hombres que me trataron pertenecían a esa clase de soldados a los que se refería el líder rebelde. Hoy, considero más importante para el honor de los combatientes, terminar la guerra y pactar la paz.

Jacinto, no sé dónde fue enterrado. Tampoco sé de la vida de los oficiales y soldados que me capturaron pero supongo que algunos habrán ascendido de rango o se han retirado de las filas o probablemente alguno de ellos puede estar preso por algún crimen de guerra. Colacho, lo vimos, sigue allí echando tiros y leyendo comunicados. Los dos periodistas fueron expulsados del país por no contar con permiso para hacer reportajes en Colombia y menos en una “zona roja”. Yo, luego de estar por más de 10 años en la cárcel, renuncié a la lucha armada y espero que algún día los encargados de hacer las leyes abran un espacio para la reconciliación y pueda de nuevo seguir luchando por mis ideales de izquierda en el marco de la Constitución.

Desde entonces han transcurrido 16 años y todo lo sucedido esta semana en el caserío de San Isidro parece ser la continuación de un drama harto conocido. Hay viejos y nuevos personajes pero el libreto no ha cambiado y cada uno hace su papel como mejor puede. Hay quien se preocupa del abrazo que Jairo, dirigente del Bloque Sur de las FARC, se dio con Piedad Córdoba y no se detiene a observar otros detalles que pueden resultar más significativos para la mayoría de la gente común y corriente del país. “LAS MADRES DE GUERRILLEROS Y SOLDADOS EXIGIMOS PONER FIN A LA GUERRA FRACTICIDA (sic)” se leía en un enorme pasacalle colgado en San Isidro, un remoto pueblo que es teatro de guerra y donde las FARC han ganado legitimidad a mero pulso y perseverancia. Esa pobre gente, cargada de guacales de gallinas y cachivaches y que escriben con yerros ortográficos, cuya vida transcurre entre emboscadas, ametrallamientos y minados le está dando una tremenda lección a quienes alientan la guerra desde sus teléfonos celulares, los micrófonos y computadores, como si la vida de cada soldado o guerrillero costara menos de lo que vale enviar un trino de 140 caracteres.
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