Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2009/01/28 00:00

    La lengua desplazada

    Puede que el desarraigo y la culpa estén haciendo que al tratar de hablar sintamos que nuestra lengua, como nuestra tierra, sea ajena.

COMPARTIR

Muchas personas de mi generación recordarán que los colegios de Bogotá, en los años 70 y 80, enseñaban falacias que se repetían con la misma convicción que el Credo. Para empezar, se sostenía que Cristóbal Colón había descubierto que la Tierra era redonda.
 
Los libros de texto y los maestros se habían puesto de acuerdo en desconocer que la humanidad sabía de la esfericidad de la Tierra al menos desde los tiempos de Aristóteles, y que a tal conocimiento se llega a través de una observación mínimamente atenta y sin necesidad de carabelas. Se enseñaba también que nuestro himno nacional era el segundo más bonito del mundo después de La Marsellesa, pues, al parecer, en algún lugar muy importante se había dictado al respecto un veredicto de sordos. Y se enseñaba que en Colombia, específicamente en la capital, se hablaba el mejor español del mundo. “Un español neutro”, se decía.

He seguido oyendo esta última afirmación a través de los años, de labios de colombianos que se sentían letrados y de españoles que querían ser simpáticos con la sudaca y añadían: “pero, claro, en Valladolid creen que son ellos los que hablan el mejor español, el más puro”. Por mi parte, no sé de ninguna lengua vernácula que sea neutra, ni sé en qué puede residir el orgullo de hablar una que pretenda ser pura. Tampoco puedo decir con base en qué criterio podría afirmarse que un habla regional es mejor o peor que otra. Puedo decir, sin embargo, que cierta tendencia del habla bogotana actual resulta inquietante; que, en la artificialidad con que los bogotanos están hablando, se percibe el síntoma de una experiencia cultural poco feliz.

Dos de los verbos más usados en español, “dar” y “poner”, han sido reemplazados aquí por “regalar” y “colocar”, como si se hubieran convertido en malas palabras. En medio de un trámite burocrático, un funcionario le pide al usuario de un servicio notarial que le regale una firma. Mientras tanto, el usuario coloca atención, su hijo se coloca a llorar, y la ley coloca inconvenientes. El abuso de estos verbos ya cumple dos décadas, por lo menos, al igual que la maña de corregir a quien pide, correcta y llanamente, un vaso de agua. “Ya le traigo su vaso con agua”, replica, con aires de pureza, quien seguramente también dice “una botella con cerveza”, “una caja con fósforos” y, por qué no, “un kilo con tomates”. Más recientes son la explotación del verbo “manejar” y el original aprovechamiento de la expresión “como tal”. Para decir cuánto tarda un encargo, el encargado no dice que tarda dos horas sino que “estamos manejando tiempos de dos horas”. En un servicio de atención al cliente me dijeron que no podían repararme el teléfono “antes del lunes como tal”.

No sé si la pretensión de exhibir un habla superior (pura, neutra) haya contribuido a que los bogotanos, arribistas en este como en tantos otros casos, hablen de manera tan forzada. Sospecho que los hablantes locales abusan de los eufemismos y del indiscreto diminutivo (ese deformador de palabras e intenciones, tan caro a algunos gobernantes) por una cautela excesiva con respecto al interlocutor y por una especie de temor a reflejar con justeza la realidad, incluso la más inofensiva. Es como si el lenguaje fuera peligroso y obsceno. Hay que poner velos —o mejor, prótesis de silicona— para las palabras simples, pues éstas resultan insoportablemente viscerales o lamentablemente escuálidas.

También es posible que la proliferación de giros forzados responda al deseo de elegantizar la lengua, y que la carencia de educación (de amplitud de léxico o de habilidad para usar estructuras complejas) se compense con la afectación. Pero no son sólo los ciudadanos de a pie quienes recurren al habla enrarecida. Los comunicadores profesionales, que supuestamente deberían desempeñarse en español con cierto aplomo, encabezan el absurdo. Hace unos catorce años, cuando el proceso 8.000 acababa de coronar la traquetización del país, los presentadores de televisión y los locutores publicitarios empezaron a hablar con un acento que imitaba los de las sedes nacionales del narcotráfico: una mezcla de valluno y antioqueño que pretendía ser actual, íntimo y triunfal, todo a la vez. Esa habla contrahecha ha dado paso a ciertos fenómenos locutivos bizarros, como el del dejo mexicano —del norte de México, para ser más precisos— de una de nuestras presentadoras de noticias más estelares.

Hay otro ornamento que se usa cada vez con mayor frecuencia en Colombia y que, aunque pertenece a la escritura, refleja el afán de embolatamiento que aqueja a la lengua hablada. Me refiero a la coma (no sólo innecesaria sino estilísticamente inaceptable) que los periodistas ponen compulsivamente entre el sujeto y el predicado. Miro la primera página del periódico de hoy y la encuentro, como todos los días: “La amenaza de 'Don Mario' sobre los policías del Bajo Cauca, obligó a extremar las medidas de seguridad en la zona”. Abro a continuación la página web del Ministerio de Defensa para buscar más sobre la noticia, pero, como estoy recordando mi época escolar y sus falacias, termino abriendo la sección que el Ministerio dedica a los niños. Allí encuentro nuevamente esa coma fatídica que separa, de manera delatora, lo que se dice de aquello sobre lo cual se habla: “Amiguitos queremos contarles que todos los funcionarios que laboran en el ministerio de defensa, se distinguen por valores tales como…”

A propósito de ministerios de defensa, me viene a la mente una visita reciente que hice a un pueblo colombiano al que no había ido en varios años. El desplazamiento forzado de los antiguos pobladores y el repoblamiento del territorio habían hecho que el acento local cambiara completamente. Por un momento no supe en dónde estaba. Me pregunto si la presencia ineludible del desarraigo y la culpa compartida con respecto al mismo no estarán haciendo que al tratar de hablar sintamos que nuestra lengua, como nuestra tierra, es ajena.




¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.