Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/08/20 00:00

La ley de la jungla

Carlos Serrano cuenta las peripecias que hay que hacer en Cartagena para llegar al lugar del trabajo, entre taxis, mototaxis, buses y bicitaxis que sólo se atienen a la ley del más vivo.

La ley de la jungla

El casco que llevo puesto lo han usado durante el día por lo menos 40 pasajeros antes de mí. Tiene los broches de seguridad dañados. Por eso da lo mismo si lo llevo en la cabeza o en la mano, como hacen los pasajeros de los mototaxis que pasan a mi lado. Es un transporte inseguro, improvisado y, sobre todo, ilegal. Aun así, compite con los 8.665 vehículos de transporte público que circulan en la ciudad y que satisfacen sólo a medias las necesidades de los usuarios.

El trayecto desde el Centro hasta el barrio Manga en mototaxi dura siete minutos. Es fácil conseguir un mototaxi en el Parque Centenario, punto donde confluyen buses, taxis y motos, que avanzan lentamente y pitan de manera desesperada, para capturar a alguien que, más que un pasajero, será una víctima de la falta de control vehicular. El ruido de los motores es insoportable y se mezcla con los pitos y los gritos de sparrings que anuncian las rutas de los buses.

Como los mototaxis son ilegales, no tienen ningún distintivo que los identifique. Sin embargo, es fácil reconocerlos: el conductor lleva un casco puesto y otro en la mano y se acerca sugestivamente a los peatones pitando y levantando las cejas. En Cartagena circulan más de 20.000 motos, nadie sabe cuántas son mototaxis. La carrera vale 1.000 pesos, máximo 2.000, cuando se va para la Avenida Pedro de Heredia o Bocagrande. Es común verlas adelantando por la derecha, volándose los semáforos, conduciendo en contravía, formando enjambres de hasta 10 motos que rodean a los carros. "Antes no molestaban, pero ahora hay un poco de tránsitos cachacos que nos quieren dañar el negocio. Friegan por lo mínimo", dice Rubén Colón, mototaxista desde hace 10 meses.

Los mototaxistas se sienten atacados desde varios frentes. "A mí varios taxis se me han atravesado y los buses se me tiran encima. Hay que estar pilas", comenta Wilson Pájaro, otro mototaxista de 27 años. Por Internet circulan espeluznantes fotografías de accidentes de motos, en los que aparecen las víctimas con las cabezas aplastadas. Como en la jungla, aquí sólo sobrevive el más fuerte, por eso cualquier estrategia es válida para aplastar al enemigo. Ante esas campañas de descrédito, los mototaxistas se escudan en la incapacidad de las autoridades para reglamentar el servicio y hacer cumplir las normas de tránsito.

Están llamados a sobrevivir. En bus es casi imposible calcular el tiempo que dura un trayecto. Depende del tránsito, del estado del vehículo (según un estudio de la Universidad de Cartagena, el 60% de los buses en Cartagena tiene más de 16 años de uso), de la cantidad de pasajeros, de los minutos que tenga para cumplir la "vuelta" y, en la mayoría de los casos, del genio del conductor. De todos modos, no hay punto medio: van excesivamente rápido o a paso de tortuga. "¿Paraderos? Sí hay, pero eso por acá no se usa", comenta Jairo Cabarcas, un sparring de 19 años, revelando la idiosincrasia de una ciudad acostumbrada a la informalidad.

Una de las ventajas de los buses frente a las otras opciones es el precio. Si el conductor está de buen genio, puede cobrar solo 400 pesos. La tarifa autorizada nunca supera los 1.200 pesos. Muchos buses llevan calcomanías donde se enumeran las ventajas de ese medio de transporte: "Sólo aquí pagas lo que tengas". A la gran cantidad de vendedores, mendigos, drogadictos, cantantes, rateros, payasos, cuenteros, etc., las calcomanías le ven el lado positivo: "sólo aquí dejamos trabajar a los desempleados".

Pero si a uno no le sirve ni el mototaxi ni el bus, puede tomar un taxi. Ir del Centro a Manga vale la carrera mínima: 3.000 pesos. El precio que se cobra, sin embargo, no tiene nada que ver con las tarifas establecidas. Nadie las conoce porque los taxistas se rehúsan a ubicarlas en un lugar visible. El costo varía a juicio del taxista. El conductor lo tasa según lo pesado que esté el tránsito, el número de pasajeros, si vienen mojados del mar, si van a hacer más de una parada, si el  cliente exige una ruta específica, si es pedido por teléfono, si es turista, si el taxi tiene aire acondicionado. En fin, aquí todo depende del 'marrano'. La solución obvia es el taxímetro, pero el gremio de los taxistas no ha aceptado esta medida, en parte por la debilidad de las instituciones y por el interés de ellos en seguir marraniando a la gente.

Un subgénero del taxi son los taxis colectivos. Son taxistas que, ante la poca demanda de usuarios dispuestos a pagar lo que ellos quieran cobrar, avanzan despacio recogiendo pasajeros que vayan a un mismo lugar hasta completar el valor de la carrera. Los únicos vehículos más lentos son los bicitaxis, triciclos con techo, donde jóvenes escuálidos transportan a "señoras bien" en barrios residenciales como Crespo, Manga y Pie de la Popa.

Ese es el panorama al que diariamente miles de cartageneros deben enfrentarse para llegar a sus lugares de trabajo. Como siempre, los perdedores son los usuarios y los peatones, que no tienen más consuelo que gritarles ¡animal! a los monstruos motorizados.

 

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