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Opinión

  • | 1992/01/20 00:00

    LA LIDIA DEL LAGARTO

    El lagarto es la figura emblemática de Colombia, y todos los colombianos, en mayor o menor grado, tenemos algo de lagartos.

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A CESAR RINCON LE DIERON HACE DOS meses la Cruz de Boyacá. Y es posiblemente el único colombiano que de verdad ha merecido esa condecoración desde que fue creada para premiar a los libertadores que derrotaron a los españoles, pues Rincón es, desde entonces, el único que los ha vencido. Lo malo es que, en el intervalo, la Cruz se ha devaluado bastante: ahora se usa para distinguir lagartos. Al recibirla, Rincón entró a pisar el ruedo más peligroso de su vida. El, que no había hecho otra cosa que lidiar esos animales bellos y nobles que son los toros bravos, en adelante tiene que empezar a vérselas con un bicho traicionero y temible: el lagarto colombiano.
Lo cual es un pleonasmo, porque no existen otros. En otras partes hay lambones, trepadores, pelmazos, aprovechadores, arribistas, intrigantes, impertinentes, abrazadores, besuqueadores. Pero no todo eso junto. En Colombia, a fuerza de sabios cruces y cuidando el primor de los encastes, hemos logrado sacar un animal que es a la vez todo eso: lambón, pelmazo, arribista, besuqueador, etcetera. El lagarto es la figura emblemática de Colombia, y todos los colombianos, en mayor o menor grado, tenemos algo de lagartos. Somos 30 millones. César Rincón es un lidiador poderoso, pero mucho me temo que no va a poder con todos.
Ya lo veíamos el otro día en las primeras páginas de la prensa rodeado de ex presidentes de la República, lagartos de gran trapío, con cuajo y con sentido, que no quisieron perderse la oportunidad de hacerse fotografiar abrazando al torero. (Turbay, que no pudo asistir, mandó una carta). Y eso era apenas el comienzo. El domingo, en la Santamaría, estaban otra vez todos, habiendo debidamente lagarteado su entrada de barrera de sombra y vagamente irritados de ver que, estando todos ahí, a la espera, el matador desperdiciaba en el público el brindis del primer toro. Se veía venir: aunque Rincón regalara el sobrero, no habría toros para todos. Eran demasiados: además de presidentes y ex presidentes había alcaldes, candidatos a alcaldes, ministros, asesores presidenciales, hermanos de ministros, cuñados de ministros. Varios delfines. Y la lagartería en pleno de las letras, de las ciencias, de las artes, de la prensa, de la industria, de la finanza, de la vida social propiamente dicha. Muchos de ellos nunca habían ido a los toros, o incluso los detestan. Pero ahí estaban, con su boleta lagarteada, y relegando a los taurinos a los tendidos altos o dejándolos por puertas, de la misma manera que estarían, habiendo lagarteado invitación, en las fiestas de la
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