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Opinión

  • | 2011/10/08 00:00

    La linterna de Diógenes

    La Misión de Observación Electoral mostró que el ordenador del gigantesco gasto judicial no cumple con los requisitos para desempeñar el cargo.

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 Diógenes Villa Delgado es desde hace poco más de un mes el director ejecutivo de la administración judicial. Pocas personas le conocen la cara. Casi nadie está al tanto de su trayectoria, pero el doctor Villa maneja un presupuesto de 1,5 billones de pesos y una nómina que sobrepasa los 1.200 puestos. Lo curioso es que la primera decisión administrativa de Diógenes fue otorgar un contrato por una suma que casi duplicaba la aspiración del proponente.

La historia parece de novela. El antecesor de Diógenes abrió un proceso de selección abreviada para organizar una asamblea de escuelas judiciales. El presupuesto oficial era de 120 millones de pesos. Luego de las formalidades del caso, quedaron cinco oferentes calificados. Diógenes se posesionó el miércoles y el viernes llegó a adjudicar el contrato.

Revisó las cinco propuestas, miró los pro y los contra, y se dio cuenta de que la Fundación Fitec firmaba la oferta más barata. Ellos ofrecían los servicios de alojamiento, alimentación, auditorios, ayudas audiovisuales, transporte aéreo y terrestre y organización del evento por algo más de 70 millones de pesos.

Hasta ahí no hay ningún problema; pero en la resolución, a Diógenes le faltó linterna.

El acto de adjudicación señala que el contrato le es entregado "a la firma FUNDACIÓN FITEC cuya oferta económica asciende a la suma de setenta millones cuarenta y cinco mil seiscientos noventa y cuatro pesos ($70.045.694,oo) incluyendo los impuestos de ley, teniendo en cuenta el Pliego de Condiciones Definitivo, Capítulo I, se le adjudica hasta por el 100% del presupuesto oficial, es decir, por la suma de CIENTO VEINTE MILLONES DE PESOS MCTE ($120.000.000,oo)".

Lo que traduce que el debutante director ejecutivo les entregó a los contratistas de un plumazo casi 50 millones más de lo que pedían.

Diógenes, el autor de esta proeza administrativa, llegó al cargo en medio de una considerable controversia.

La Misión de Observación Electoral mostró que el ordenador del gigantesco gasto de la rama judicial no cumple con los requisitos para desempeñar el cargo. La ley exige como mínimo cinco años de experiencia en cargos económicos, financieros o administrativos. Al buen Diógenes las sumas solo le dan tres años, dos meses y diez días.

Sin embargo, Diógenes tenía un mérito con el que no contaban sus competidoras mejor calificadas. Él era el candidato de dos poderosos hombres del Consejo Superior de la Judicatura.

Uno de ellos es el magistrado José Alfredo Escobar Araújo. Sí, el de los botines. Sí, el del carpintero. Sí, el dueño de varias propiedades y de depósitos en el exterior que hasta ahora no han sido explicados.

Escobar Araújo sabe perfectamente por dónde va el agua al molino. Quizás por eso, y para cumplir con un requisito para ser elegido en el cargo que hoy ocupa Diógenes, se matriculó en una maestría en Administración. Quería pasar de la magistratura -que finalmente se le acabará este diciembre- a la gerencia de la administración de justicia.

Quién sabe si la carga académica fue excesiva o si tuvo un segundo de recato y se percató de lo escandaloso que resultaba el plan. Lo cierto es que terminó resignándose a apoyar la candidatura de Diógenes.

Su aliado para elegirlo fue otro de los próceres de la Judicatura: Angelino Lizcano. Un curioso ejemplar que llegó a Bogotá impulsado por el padre de los Turbay Cote y ascendió de la mano de Luis Fernando Almario, señalado como posible autor del crimen de sus primeros patrocinadores. Lizcano saltó de la Secretaría de la Cámara de Representantes a la magistratura, gracias a sus habilidades electoreras.

Escobar Araújo y Lizcano ahora tienen a un ahijado político firmando la chequera de la rama judicial.

Ese es el Consejo Superior de la Judicatura, cuya eliminación prometieron en campaña tanto Álvaro Uribe como Juan Manuel Santos, pero que sigue existiendo y gastando a manos llenas.
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