09 julio 2011

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La lucha armada

Por Antonio CaballeroVer más artículos de este autor

OPINIÓNSi no la ha acabado la fuerza pública es porque la sostienen razones objetivas: la guerrilla es desempleo armado.

La lucha armada.

Hablando de la Constitución del 91, que cumple ahora veinte años, escribe esta revista que "la lucha armada no tenía sentido después de la caída del Muro de Berlín". He oído y leído eso muchas veces, referido no solo a las guerrillas colombianas sino a grupos armados tan variados como el IRA irlandé
s, los talibanes afganos, el Frente Polisario de Marruecos, el Ejército de Liberación de Papúa-Nueva Guinea.

Y discrepo. Equivale a decir que las variadas versiones que revisten los enfrentamientos armados en los cinco continentes -ideológicas, étnicas, religiosas, económicas- tienen por única raíz la Guerra Fría entre el Occidente capitalista y el Este comunista. Si así fuera, se habrían acabado todos. (Incluyendo las guerras "preventivas" de agresión imperialista en Irak o en Afganistán). No habría guerrillas independentistas en Chechenia ni en el Kurdistán turco, ni persistiría ETA en el país vasco español (aunque hace pocos días haya anunciado que deja las armas al cabo de cuarenta años). Ni habría guerras civiles, como las que destruyeron a los países de la estallada Yugoslavia o las que siguen incendiando a la mitad de los de la caótica África. Ni la "primavera árabe" hubiera desembocado en guerras larvadas en Yemen y en Siria, y en una guerra abierta en Libia, donde la OTAN interviene bombardeando las tropas del gobierno para apoyar la lucha de los rebeldes armados. Ni en la Venezuela trastornada por la enfermedad del presidente Hugo Chávez su hermano Adán estaría diciendo que "sería imperdonable (...) no ver otros métodos de lucha, incluso la lucha armada para obtener el poder". Ni existiría Al Qaeda.

Decir que la caída del Muro de Berlín suprimió las razones de la lucha armada es una idiotez. La lucha armada la deciden las condiciones locales.Porque es otra idiotez, aunque también muy publicitada, aquella de que con el triunfo (?) generalizado (?) de la democracia (?) ha llegado "el fin de la historia", según escribió un funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos que se volvió famoso con ella. Y fue otra idiotez (fugaz) la del "nuevo orden mundial" anunciado por el presidente Bush padre: un mundo unipolar con centro en Washington. Por el contrario: lo que reemplazó al mundo bipolar de la Guerra Fría es este mundo multipolar en el que han entrado en juego Argelia y Brasil, la Unión Europea y la India, Israel, Islandia, Yemen, Corea del Norte y Corea del Sur. Para no hablar de la China. Hasta el pequeño y miserable Haití ha vuelto a tener peso en la historia. Lo cual subraya aún más la importancia de las condiciones locales. Estas no han sido borradas por la tan cacareada "globalización", y menos todavía por la efímera moda de las "redes sociales" de internet. Creer que el mundo se ha vuelto homogéneo es otra idiotez.

Volviendo al principio. ¿Es que acaso las condiciones locales en Colombia cambiaron como consecuencia de la caída del Muro? (¿O, al menos, coincidiendo con ella).

Si acaso cambiaron, fue para peor.

Es cierto que en lo institucional, en lo formal, la Constitución del 91 cambió muchas cosas para bien: en lo tocante a la representación política, a la administración de justicia, a los derechos humanos y sociales. Pero en lo real las cosas han empeorado: aumento de la pobreza, de la inequidad y de la corrupción, despojo de las tierras, desplazamiento de las gentes, masacres, crecimiento de todas las violencias y de todas las formas de la represión, tanto oficial como paraoficial. Pero ¿justifica eso la subversión armada?

Creo que, retomando la distinción entre las "causas objetivas" y las "causas subjetivas" de la subversión violenta que planteaba Belisario Betancur en su fallida tentativa de pacificación de hace treinta años, las causas objetivas se han agravado, pero las subjetivas han desaparecido. Porque sus agentes, los que no dejaron las armas en aquellos años como lo hicieron el M-19 o el EPL sino que siguieron en el monte, como las Farc y el ELN, se han corrompido. Los han corrompido la eternización del conflicto y su creciente suciedad (y otro tanto les ha sucedido a sus adversarios oficiales o paraoficiales); y los ha corrompido el dinero fácil del narcotráfico, generado -ese sí- por factores externos: la prohibición y la demanda. Hoy todavía hay motivos para alzarse en armas. Pero no son esos los que mueven a los alzados en armas. Y si a estos no los han acabado todavía los golpes de la fuerza pública es porque los sostienen las razones objetivas: la guerrilla es desempleo armado.

Les sugiere a las Farc monseñor José Vicente Córdoba, secretario general de la Conferencia Episcopal, que abandonen la lucha armada y hagan "un proyecto político y se lancen a elecciones para que sea el pueblo el que decida si ellos deben o no llevar liderazgos en el país".

Ya lo hicieron una vez. Lanzaron un proyecto político llamado Unión Patriótica que llegó a tener "liderazgos en el país": cientos de concejales, dos docenas de alcaldes y otros tantos diputados, nueve representantes al Congreso y cinco senadores. Y entre 1986 y 1994 los exterminaron a tiros uno a uno, junto con varios miles de sus militantes y encabezados por sus dos candidatos sucesivos a la Presidencia.

La lucha armada tiene dos bandos, monseñor.
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