Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/08/25 00:00

La madre del vinagre

Los editorialistas y los ministros llevan treinta años creyendo que un coronel aquí, un contraalmirante acá, un senador acullá, son sólo unas cuantas manzanas podridas

La madre del vinagre

¿Son idiotas? ¿Se hacen los idiotas? Me refiero a los periodistas, los políticos, los militares en activo o en retiro que se sorprenden, o fingen sorprenderse, por el hecho de que el cartel de la droga del Norte del Valle haya conseguido infiltrar las Fuerzas Armadas en sus más altas cúpulas. El uso del verbo "infiltrar" es ya, para empezar, revelador del fingimiento: "corromper" sería más apropiado.

Pero la corrupción es cosa fea, en tanto que la infiltración no sólo suena algo más neutra sino que puede incluso ser benigna: se les hacen infiltraciones a los golfistas cuando les duele un codo, y nada hay más honorable que el codo de un golfista. De modo que a lo mejor todo se queda en agua de borrajas y al final todos los implicados terminan exonerados, o por lo menos precluidos: no hay tendinitis que no ceda ante una buena preclusión. Cura más que baba de santo.

Porque tan idiotas no pueden ser esos periodistas, políticos, etcétera, a que me vengo refiriendo. Es que se hacen. Llevan más de treinta años viendo cómo los carteles de la droga -el del Norte del Valle, el de Cali, el de Medellín, el de la Costa, el de Bogotá, el de San Andrés, el de Neiva, el del Nororiente Antioqueño, el del Pacífico...; y cuando alguno resulta provisionalmente desmantelado porque matan al jefe, como a Escobar, o lo extraditan, como a los Rodríguez, o lo cogen preso en el extranjero, como a 'Chupeta', de inmediato brotan ocho nuevos, como las cabezas de la hidra de Lerna-, más de treinta años, digo, viendo cómo los sucesivos e inagotables carteles de la droga han infiltrado (o corrompido: y muchas veces ha sido necesario entrar a precluir, para que no se note tanto) todo en este país. El poder legislativo, el ejecutivo, el judicial, el deporte, la Iglesia (las iglesias), las cárceles, las clínicas de cirugía estética, los reinados de belleza, las carreras de caballos, las corridas de toros, los concursos de notarios, la ganadería extensiva, la agricultura hidropónica, el tránsito vehicular, la medición estadística, el Dane, el DAS, la Dian, la Dimayor, el Consejo Superior de la Judicatura, la Comisión Nacional de Televisión, la Academia Colombiana de Historia y la de la Lengua, la guerrilla (las guerrillas), la contraguerrilla, el mercado de arte, el de la tierra, el de futuros, el de las indulgencias, el de las esmeraldas, la prensa diaria o semanal, hablada o escrita, el juego del chance y el del tejo, el régimen de lluvias, el curso de los ríos, el clima de los páramos, el nivel de los mares, la justicia, el comercio, el amor. ¿Y les parece raro que también hayan corrompido (o infiltrado, perdón) las Fuerzas Armadas?

Ah: y la Policía. Creí haber elaborado una lista exhaustiva, y se me iba quedando por fuera nada menos que la Policía (la de tránsito, la militar, la de fronteras, la secreta). Pero bueno: siendo así las cosas ¿es acaso tan asombroso que también las Fuerzas Armadas hayan caído en la colada? No. No es que los editorialistas y los ministros estén estupefactos de verdad. Es que se hacen.

Porque también llevan treinta años viendo por decenas los incidentes pintorescos o terribles que relacionan las Fuerzas Armadas con el narcotráfico: los alijos de cocaína en la sentina del buque escuela 'Gloria' o en la nariz del avión presidencial, o los choques armados entre Ejército y Policía por un cargamento o por una pista de aterrizaje. No pueden creer de veras que esas cosas pasen con tanta frecuencia sin que intervengan nunca en ellas los oficiales superiores, salvo que todos ellos sean unos absolutos ineptos. Como ineptos absolutos son también los ministros que se empecinan ciegamente en creer, contra todas las evidencias, que un coronel de inteligencia por aquí y un contraalmirante de la Armada por allá (y por acullá un senador, una presentadora de televisión, un futbolista, un músico, un escritor, un aduanero, un industrial, una puta de prepago) son sólo unas cuantas manzanas podridas en el barril. No: lo que está podrido es el barril, y es por eso que se pudren las manzanas.

Y ya deberían haberse dado cuenta mil veces (salvo que sean idiotas, o que se hagan) de que lo que pudre el barril, esa masa viscosa de gelatina lívida que actúa como la madre del vinagre, es la misma (llamada) guerra contra la droga. Si se acaba esa guerra no se acaba la droga, por supuesto. Pero deja de corromperlo todo.

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