Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

La mala hora de Bush

El más grave problema para el gobierno de Estados Unidos es el propio presidente George W. Bush.

La mala hora de Bush

El más grave problema que hoy enfrenta la administración Bush-Cheney, sumida en un cúmulo de escándalos y en medio de una investigación que involucra a dos altos funcionarios de la Casa Blanca y que puede salpicar al vicepresidente, es el propio George W. Bush.
 
Después de su calamitoso desempeño frente a la tragedia de Nueva Orleáns, su imagen de líder, de Comandante en Jefe -fabricada con enorme esfuerzo y eficacia por Karl Rove- se esfuma. Katrina expone su ineptitud y el país se da cuenta de que no tiene gobierno. Tal es el sentir general.
 
La opinión pública ya no tolera su negligencia ni sus fracasos. Tres años más de un gobierno "tan malo" es un exceso para el país y para el mundo editorializa el New York Times. Califica de "desastrosa" su visita a América Latina, señala los nulos logros en la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata, las violentas manifestaciones de rechazo a su presencia, la agonía del ALCA y anota que en esa cumbre el presidente de Venezuela Hugo Chávez se roba el show.
 
De las entrañas de la Casa Blanca, del Pentágono, de sectores republicanos en el Congreso -dividido y desmoralizado- "gargantas profundas" sacan a la luz intimidades y tribulaciones del gobierno. A Bush lo describen indiferente, como un presidente light sin capacidad o voluntad de tomar decisiones importantes -delega a diestra y siniestra- dependiente de Cheney; mencionan su escasa presencia en la Oficina Oval, los frecuentes descansos en su rancho de Texas y sus actividades rutinarias: ir al gimnasio y montar en bicicleta. Mantenerse en forma es una prioridad. Durante una alerta de alto peligro por la cercanía a la Casa Blanca de un avión desconocido que obliga al personal a salir despavorido, los medios lo pillan en horas de trabajo montando en bicicleta. ¿Es su presidencia virtual?
 
La imagen de Bush se reduce o llega a sus propias proporciones mientras que la poderosa del vicepresidente Cheney crece. No en respeto o aceptación (su índice de aprobación es 35 por ciento, un punto menos que Bush) sino para hacerlo responsable de "muchas de las más desastrosas políticas de esta administración como la invasión a Irak" que salen de su gabinete, afirma el New York Times.
 
En esa presidencia en la sombra se gestan la invasión y las manipuladas y erradas informaciones de inteligencia para justificarla: la existencia de armas de destrucción masiva, las relaciones de Saddam Hussein con Al Qaeda, programas nucleares como la compra de uranio en Níger, origen del escándalo Nigergate o Plamegate que hoy tiene entre los palos al gobierno. También se filtran los abusos de la guerra global antiterrorista: las torturas, la inoperancia de las Convenciones de Ginebra y los tribunales militares, los horrores en las prisiones de Abu Ghraib, Guantánamo, Bagram y en las secretas de la CIA en varios países. La Unión Europea le pide cuentas a Estados Unidos. y a países de Europa del Este implicados en ese escándalo.
 
Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz, compadres desde las administraciones de Nixon, Ford y Bush padre, secuestran la política exterior de Bush hijo y aplican su propia agenda -Proyecto del Nuevo Siglo Americano- elaborada en 1997. Esta incluye el plan de ataque a Irak y la caída de Hussein. Cuando regresan a la Casa Blanca, en 2001, pueden ponerlo en marcha. Bush no es parte de ese círculo cerrado. Es su vocero.
 
Por primera vez los congresistas demócratas enfilan baterías contra el gobierno de Bush y Cheney. Ellos responden en forma inmediata y virulenta con el lenguaje amenazante que usan para alinear el apoyo interno y externo a su guerra antiterrorista y en la campaña presidencial para destruir al contrincante. Su mensaje antes y ahora es contundente: disentir del gobierno en medio de la guerra es antipatriota.
 
Con desespero ahora intentan revivir la imagen de "presidente en guerra" antes cultivada con éxito por sus estrategas, con una intensa campaña en defensa de su política en Irak. Con tal discurso Bush se presenta una y otra vez en escenarios atestados de militares o de republicanos y 'bushistas' cuyo aplauso es seguro. Bush y Cheney contraatacan con acusaciones a los demócratas de hipócritas, irresponsables, deshonestos, oportunistas, de ayudar a los terroristas y minar la moral de los soldados. Si antes ese lenguaje de intimidación les sirve, hoy no. Los demócratas exigen la investigación para que se sepa, de una vez por todas, si el gobierno engañó al país para lanzarlo a la guerra.
 
Intentar rehacer el supuesto liderazgo de Bush y la influencia de Cheney dentro de un partido cada día más disperso para que Estados Unidos recupere el respeto mundial es tarea difícil. O ¿imposible? Los compadres hablan de progresos en Irak pero lo han llevado al borde de la guerra civil, piden respeto a los derechos humanos a China y a otros países pero defienden la tortura a manos de la CIA cuando les conviene, censuran los programas nucleares de Irán y Corea del Norte pero fabrican nuevas armas nucleares y amenazan con utilizarlas. Los más alarmados con esa descomposición interna son los republicanos. Temen perder las elecciones parlamentarias en 2006. Un cambio radical en favor de los demócratas no es fácil pero tampoco imposible.

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