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Opinión

  • | 2007/06/09 00:00

    La mano del coronel

    Rafael Guarín analiza la cada vez más influyente injerencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en la política colombiana

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Es cada vez más evidente la injerencia de Venezuela en la política colombiana. En febrero, el embajador Pavel Rondón asistió a un acto en que consignas a favor del Polo Democrático y del camarada Chávez le sirvieron de fondo para decretar la futura desaparición del Partido Liberal. Hace poco trascendieron sospechas de vínculos de militares activos con círculos bolivarianos y se descubrió que políticos de ese país intervienen en el proceso electoral que culminará en octubre próximo.

No son hechos aislados, sino eventos que se intensificarán en la nueva etapa de la revolución. Consolidada en Venezuela y aplastados los “reaccionarios”, lo que viene es avanzar en la construcción de un “Bloque Regional de Poder”, según la definición del ideólogo del régimen, Heinz Dieterich Steffan, en su libro El Socialismo del Siglo XXI. La “Patria Grande” sólo se puede edificar con un mercado y un Estado regional capaz de enfrentar a Estados Unidos y la Unión Europea.

La internacionalización de la revolución, buscada con el Alba, Telesur, la diplomacia petrolera y otras iniciativas, se dirige a realizar ese bloque regional con gobiernos coincidentes en un “horizonte estratégico” socialista. Esa visión se reforzó con la creciente influencia en Cuba y los resultados electorales en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En la fase iniciada con la reelección de Chávez el vecindario concentrará aun más sus esfuerzos y dispensará especial atención a Colombia, por la “alianza” con Estados Unidos y el innegable contrapeso que ejerce.

La expansión por América Latina incluye el empleo de la combinación de todas las formas de lucha. Nada nuevo. Se trata de la vieja fórmula empleada por las guerrillas comunistas para ganar aliados y utilizar todos los medios legales e ilegales posibles. Entre estás se circunscriben la clandestina intromisión en elecciones (principalmente con financiación), la simpatía con las narcoguerrillas, y en otras latitudes con organizaciones que buscan desestabilizar o tumbar gobiernos.

No es un embuste del imperialismo. Precisamente son cabecillas de las narcoguerrillas los que otorgan veracidad tanto a las denuncias que las relacionan con Chávez como al reciente informe del gobierno estadounidense que lo acusa de tener con ellas afinidad ideológica. El ELN, por ejemplo, además de encontrar una nueva fuente de inspiración, en su IV Congreso Nacional dijo estar en disposición de responder con las armas a una hipotética intervención militar contra la revolución bolivariana.

Las Farc siguen la misma línea. El año pasado ofrecieron reiteradamente su ayuda: “si los halcones de Washington llegaren a agredir al bravo pueblo (de Venezuela)” y “a la esperanza del continente contenida en su revolución”. ‘Raúl Reyes’ resaltó que estaban “obligados como bolivarianos a prestar solidaridad a un gobierno bolivariano”.

Del mismo modo, Bolivia y Ecuador ilustran el patrocinio chavista a revueltas contra gobiernos elegidos democráticamente, presididos por “enemigos de clase”, y el ascenso de sus reemplazos afines al proyecto revolucionario. Todo esto no debe pasar inadvertido. Estamos ante un conjunto de acciones capaces de penetrar paulatina y astutamente los diferentes sectores de la sociedad y de colocar en entredicho las conquistas democráticas de la región.

En Colombia, hacia el 2010 converge todo tipo de intereses. Con terrorismo las Farc se proponen quebrar en las urnas la Política de Seguridad Democrática y con guerra política el desmonte del Plan Colombia, calificado por los chavistas como un paso en la anexión de América Latina a Estados Unidos. Por otro lado, la interferencia política es ya patente a través de los restos insepultos del partido comunista, camuflado en el Polo Democrático, en la innegable ‘química’ del senador Gustavo Petro con el presidente venezolano y en el discurso de los sectores populistas del Partido Liberal.

Enfrentar la larga mano del teniente coronel exige por lo menos fortalecer la capacidad estatal para garantizar la pureza de los comicios y prohibir financiación del exterior a campañas políticas y organizaciones de fachada de la revolución. También proscribir la acción política a extranjeros.

Segundo, es urgente la actuación de la OEA en el marco de la Carta Democrática y del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, con mayor razón si Chávez amenaza con retirarse. Pero, sin duda, el mejor camino es dar énfasis social al Estado, al tiempo que mostrar a los ciudadanos el espejo venezolano, la restricción de la democracia y el valor de la libertad.

www.rafaelguarin.blogspot.com


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