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Opinión

  • | 1983/03/14 00:00

    LA MANZANA DE LA RECESION

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Cuenta la historia que Newton estaba sentado debajo de un árbol, rumiando sus fórmulas matématicas, cuando el desprendimiento de una manzana sobre su cabeza lo llevó a entender la ley de gravedad según la cual los cuerpos caen a una determinada velocidad, según su peso y altura. Antes de Newton las manzanas también se caían pero no tan científicamente. La sorpresa newtoniana es apenas comparable a la que experimentó nuestro ministro de Hacienda cuando, al salir de un Consejo de ministros, la semana pasada, declaró alborozado que la inflación había caído durante el último mes. Lo que aún no ha podido aceptar el alto funcionario es que la inflación tenía que caer, como la manzana, porque la inversión está estancada, porque la gente no tiene con qué comprar los fabulosos inventarios en las bodegas, porque está desempleada o porque sus salarios no alcanzan para nada.
Tal vez el ministro piense, aunque no lo haya dicho, que lo que pasa es que no siempre la manzana se precipita en caída libre, que puede por ejemplo engarzarse en una rama, o lo que es igual, que a veces la inflación se mantiene a pesar de la recesión. Este matrimonio de contrarios es una hipótesis posible. Antes, la inflación coincidía con las guerras y la recesión, con las postguerra. Hoy, con el tamaño inevitable del Estado y su función dispensadora de servicios sociales que no puede atender rentablemente la empresa privada, la inflación tiene un valor permanente mínimo sin techo máximo. Pero sucede que en los países en desarrollo, como el nuestro, la inflación acompaña la recesión en la fase terminal del ciclo depresivo, cuando los industriales, quebrados, liquidan inventarios y se van para para Miami o cuando los agricultores, acosados por bajas en los precios y a alzas en los insumos, se dedican al deporte al aire libre. El binomio paradójico de recesión con inflación es aún más posible en la mente de un equipo económico de gobierno, como el actual. La recesión ya llegó a los documentos del Departamento Nacional de Planeación, donde se diagnostica con precisión, se formulan sus terapias, pero no lo han dejado entrar a la Junta Monetaria que sigue obsesionada con la loca de la casa, la inflación, extendiendo cupos de crédito que no se utilizan (hasta enero 16 el aumento real de las colocaciones de fomento fue inferior en $ 3.500 millones el año anterior) porque los empresarios no quieren ampliar su problema, expandiendo la producción sino salir de su problema, vendier;do la que ya tienen. No la han dejado entrar porque están muy atareados recolectando impuestos para cubrir un díficit fiscal que todos los expertos en trastornos económicos depresivos, como el señor Keynes, aconsejan aumentar en épocas de marasmo productivo como las que atravesamos.
La sugerencia que hemos venido haciendo un grupo de personas, desde distintos frentes académicos y políticos, es que se interprete científicamente la caída de la manzana. Dejemos que opere el colchón de garantía de la bonanza cafetera, gastándonos los US$ 60 o US$ 70 millones mensuales de reservas que nos está costando la destorcida del café y la parálisis en nuestro comercio exterior. Dejemos que los buenos precios del carbón, pactados oportunamente antes de que comenzaran a bajar los del petróleo por los problemas en la OPEC, vayan cambiando lentamente el sentido de la flecha, y en el corto plazo, desarrollemos ya una estrategia coherente de reactivación económica, sin miedo a ampliar la capacidad de compra mediante mejores salarios, sin miedo a estimular el gasto públicó aún a riesgo de aplazar la solución al problema del déficit y con unos diseños más imaginativos, para estimular la demanda, que soltar las amarras que contenían la inflación y que son absolutamente incapaces para evitar el naufragio del barco de la economía que se está yendo a pique con una velocidad mayor a la de manzana que iluminó a Newton una soleada mañana de febrero, hace no se cuantos años.
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