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Opinión

  • | 2011/11/11 00:00

    La marcha de los cocinados

    Esta reforma a la educación superior ignora dos factores que determinan la calidad: el momento para comenzar a edificarla y a quienes más se ocupan de propiciarla.

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Qué suerte la de un estudiante de escasos recursos que logra ingresar a la universidad pública. Si bien es la suerte de muy pocos, no tanta como para materializar el sueño del ascenso social. Durante los primeros semestres, el afortunado tendrá que aprender lo que debieron enseñarle en el colegio, a leer y escribir; hacia la mitad de su carrera, tendrá que afianzar el dominio de una segunda lengua (de esa misma que, bajo una vasta intensidad horaria, intentaron enseñarle sus profesores de secundaria); tan solo a punto de graduarse, y con un rigor ciertamente defectuoso, podrá ocuparse del contenido propio de su elección. Será la suerte del condenado, a quien (salvado de la horca) decidieron cocinar a fuego lento.

Mientras cueza, el universitario de escasos recursos perderá los incentivos económicos y académicos (monitorías, exenciones de pago y becas para estudiar en el extranjero) que ofrezcan las universidades públicas. A lo sumo podrá endeudarse con el préstamo-beca, pero sus notas no le alcanzarán para pagar. Él venía a nivelarse. No a estudiar una carrera. Los beneficiarios de esos incentivos serán otros: estudiantes que sí cuenten con una excelente formación secundaria (producto de una óptima condición social), y que hayan ingresado a la universidad pública en busca de calidad académica. Estudiantes, esos sí, más que dispuestos a estudiar una carrera.

El contraste, sin embargo, no devela una injusticia. Es el rendimiento académico, por lo alto, el criterio que debe determinar el mérito estudiantil; no las consideraciones de tipo socioeconómico. Un criterio incuestionable. Además, gran parte de la excelente formación (académica y pluralista) que un estudiante de escasos recursos adquiere en la universidad pública –en la Nacional, por ejemplo– se debe a la sana retroalimentación que encuentra en los estudiantes de nivel superior. La injusticia (el problema) ya venía de tiempo atrás, de la educación secundaria.

Pero la cocción se demora, todavía más, si el universitario de escasos recursos es terco y esperanzado: si elige la docencia como profesión.

En la educación superior, los niveles de promoción e investigación (los resultados) son los criterios de mayor relevancia en la medición de la calidad. La promoción se determina a partir del número de egresados; la investigación, mediante la cantidad de profesores con posgrado, grupos de investigación y publicaciones indexadas. En aras de mejorar la calidad y escalar, de paso, en esos rankings, las universidades exigen que sus nuevos profesores de planta cuenten con un nivel óptimo de preparación; luego los liberan al máximo de la carga académica, para exigirles investigación.

Nada de eso constituye, en manera alguna, una injusticia. También son exigencias incuestionables. Lo injusto es que el universitario de escasos recursos difícilmente llegue a esas instancias. Porque, gracias al alto costo de los profesores de planta, entrará a hacer parte del 70% del profesorado (en promedio y a veces más), que es de cátedra: empleados a término fijo, a quienes se les paga por hora dictada y que, en consecuencia, únicamente perciben sueldo durante cuatro meses en el semestre académico (ocho meses al año).

Un profesor así se ve en la obligación de dictar el mayor número de horas que le sea permitido e, incluso, de trabajar en más de una universidad (¡Quedará desempleado durante cuatro meses al año!). Puesto que también tendrá que procurarse, como pueda, un mejor nivel de preparación que le permita aplicar a un puesto de planta, es claro que tampoco podrá investigar. A lo sumo, contará con el tiempo justo para estudiar, preparar clases y evaluar. Quien se cuece ahora, en este nivel, es pues el ‘profesor-estudiante-de-escasos-recursos’: el catedrático, el que ya no puede protestar.

Así pues, como sus predecesores (los universitarios de escasos recursos), los profesores de cátedra también cargan con el sino de la pésima educación secundaria, de los créditos que deben adquirir para prepararse y de la poca o nula ayuda que reciben para competir por un puesto fijo. Es curioso, sin embargo, que sean ellos –debido a la amplia cantidad en la que sobrepasan a los profesores de planta– quienes más se ocupan de formar a los estudiantes universitarios.

Esta reforma a la educación superior ignora dos factores que determinan la calidad: el momento para comenzar a edificarla (la educación secundaria) y a quienes más se ocupan de propiciarla (los catedráticos). Son las consecuencias de entender la educación superior como un mal negocio, cuya rentabilidad está en el crédito. Es la intransigencia de quienes se niegan a aceptar que el problema principal de la educación superior es el ascenso social. De ahí, la marcha de los cocinados.

*Twitter: @Julian_Cubillos

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