Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2009/05/09 00:00

La marcha al olvido

Como no se plegó al discurso oficial, Moncayo se volvió sospechoso. Su sacrificio ya no era la aflicción de un padre sino una maniobra de la guerrilla.

La marcha al olvido

Dejó Sandoná para impedir que el secuestro de su hijo se ahogara en el olvido. Gustavo Moncayo, de 56 años, ha caminado 2.510 kilómetros para mantener vivo el recuerdo de Pablo Emilio y la esperanza de la libertad. Al cabo Pablo Emilio Moncayo lo secuestraron las Farc mientras cuidaba unas antenas en la mitad de ninguna parte, en un cerro llamado Patascoy, el domingo 21 de diciembre de 1997. Tenía 19 años cuando se lo llevaron, hoy tiene 31 cumplidos.

Pablo Emilio no es un dirigente político, ni tiene nacionalidad de un país del Primer Mundo. Tal vez por eso, su padre no encontró mejor forma de llamar la atención sobre su caso que arrancar a caminar.

Para desafiar la indiferencia, el profesor Gustavo Moncayo bajó de las montañas de Nariño y se lanzó a pie a recorrer el país que enseñaba en sus clases de geografía. De pueblo en pueblo y de boca a boca, su caminata se hizo popular. Algunos espontáneos se le sumaron. Lo acompañaban por tramos y oían sus cuitas y llamados a favor de los secuestrados. Cuando las palabras se le acababan, Moncayo rasgaba su charango y cantaba las melodías tristes de los Andes.

Por esa época los noticieros de televisión se interesaron en él. La epopeya local del profesor Moncayo empezó a ser conocida nacionalmente. A medida que se aproximaba a la capital, crecía la cola detrás del caminante. Había muchas personas solidarias, también simples curiosos, y decenas de avivatos que querían sacar provecho económico o político del sacrificio del padre desesperado.

Cuando llegó a la Plaza de Bolívar de Bogotá ya era toda una celebridad. El símbolo de las familias más necesitadas de Colombia golpeadas por el crimen del secuestro. Le armaron una carpa blanca en las escaleras del Capitolio y allí -rodeado por los edificios del poder político, judicial y eclesiástico- empezó a recibir a los personajes más importantes del país.

Un buen día se apareció el Presidente de la República. Antes de que llegara le habían montado un atril para dirigirse a la multitud. Acompañado por cinco ministros, numerosos asesores y edecanes, el Jefe de Estado se dedicó a elogiar su gobierno usando micrófono y amplificación mientras, 40 centímetros más abajo, el maestro de Sandoná sollozaba y pedía la libertad de su hijo.

Como no se plegó al discurso oficial, el profesor Moncayo se volvió sospechoso. Su sacrificio ya no era la manifestación de la legítima aflicción del padre de un secuestrado, sino una malévola maniobra para fortalecer políticamente a la guerrilla. La respuesta de Moncayo fue elocuente y silenciosa, desde ese día, cada tarde, lavaba la bandera en la plaza y cuando estaba limpiecita la ponía a secar. No fue necesario que explicara lo que quería decir.

Así pasó unas semanas más y luego, juntando limosnas y donaciones, se fue a Europa a buscar a alguien a quien le importara su sufrimiento. Consiguió, incluso, que el Papa lo oyera por unos segundos. Sin embargo, a los oídos duros de las Farc nunca llegó su súplica.

Moncayo estuvo en Francia, en Alemania, fue a Venezuela para que Chávez intercediera ante los secuestradores y siguió caminando las carreteras y caminos de Colombia, implorando la liberación de su hijo y de los otros secuestrados.

La desesperanza había empezado a pesarle más que las cadenas que carga al cuello, cuando las Farc anunciaron que iban a liberar a Pablo Emilio.

La guerrilla dice que se lo entregará al profesor Moncayo y a la senadora Piedad Córdoba. No pone otra condición. Pueden ir la Iglesia, la Cruz Roja o cualquier institución que el gobierno escoja.

Pero ahora, es el Presidente quien no quiere.

La única luz de esperanza que ha tenido esta familia en 11 años, cuatro meses y 19 días, se está apagando porque el señor Presidente no permite shows… a menos que sean suyos.

PD: Claro que hay más.

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