Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2010/11/01 00:00

La masacre de Tame

Qué difícil es disfrutar días como estos en un país como el nuestro. Aprendimos a vivir en medio de la guerra, adaptándonos para no volvernos locos.

La masacre de Tame

Niños y niñas lucen disfraces durante todo el fin de semana. He encontrado a una bailarina, un elefante, un arlequín y una princesa. Piden dulces de puerta en puerta, y las autoridades extreman medidas para sus cuidados.

Llegarán cantando y tocaran la puerta. Abriremos y les pediremos que vuelvan a cantar. Nos fascinaremos con sus caritas pintadas y sus calabazas de plástico en las manos. En cuanto les demos los dulces, desaparecerán y sus cantos se escucharán alejarse buscando otras puertas que se abran generosas.

Qué difícil es disfrutar días como estos en un país como el nuestro. Aprendimos a vivir en medio de la guerra, adaptándonos para no volvernos locos. Si los adultos tuviéramos que llevar un disfraz, con frecuencia nos vendría bien el de verdugos. Nuestra infancia sufre.

Mientras se oye entonar “triqui triqui halloween”, un padre se resiste a volver a su casa, intenta huir del dolor por el asesinato de sus tres hijos en una vereda de Tame, Arauca. Los pequeños cuerpos de Yimmy y Jeferson – de 9 y 6 años respectivamente- fueron encontrados en una fosa. Muy cerca fue hallado el cuerpo de Yenny con signos de violación.
 
La niña no tenía más de 14 años y se ocupaba del cuidado de sus hermanitos.
Al parecer, dos unidades de la Brigada Móvil 5 de la Octava División están bajo sospecha. Algunos de los soldados estuvieron frecuentando de manera irregular la casa donde vivían los niños.
 
Los cuerpos sin vida de los menores fueron encontrados a poco más de 200 metros del campamento militar.
Además de otros indicios, existen antecedentes de violaciones de niñas en la zona, una de ellas asegura haber sido raptada por un uniformado, abusada y luego obligada a lavarse la vagina. A la carnicería se suma la impunidad existente.

No habrá días de los niños para los colombianos mientras no se piensen en todos los niños y niñas. En todos. También en aquellos que mueren fatalmente en medio de la guerra, y peor aún, posiblemente en manos de quienes representan al Estado.

La fuerza pública debe significar la seguridad de los ciudadanos y no el riesgo. El crimen de los niños de Tame nos obliga a preguntarnos sobre qué sentir ante la presencia de los militares. Qué les decimos a nuestros hijos que hagan si se los encuentran en una vereda. Acaso, ¿que huyan por sus vidas? ¿Que se salven y se alejen de ellos? ¿Cómo les podemos decir que sientan confianza?
Algunos piensan que el crimen pudo haber sido ejecutado por milicianos de la FARC, que también se movilizan en el sector, pero es difícil darle credibilidad a esa versión por la comprobada presencia de los militares en la zona.

El Estado debe ser exigente en los resultados de las investigaciones, que no pueden tener otro final distinto a la condena de los culpables. La sociedad civil, el ministerio público y los organismos internacionales deben prestar especial atención para que no se juzgue un falso positivo, y se castiguen a los verdaderos responsables.




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