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Opinión

  • | 2013/08/01 00:00

    La memoria de la violencia y su papel en la paz

    La vida no tiene valor comparable y en nuestro caso la guerra no ha dejado nada, sino más miseria. Todo esto debemos transformarlo para construir una sociedad en paz.

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BASTA YA. Colombia, Memorias de guerra y dignidad. Es el nombre del informe del grupo de Memoria Histórica adscrito a la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) (2013), que dio cumplimiento al mandato legal (Ley 975 de Justicia y Paz). Es importante hacer de nuevo esta aclaración para  contextualizar a quienes no conocen el origen del informe y buscarán deslegitimarlo.

Este describe no solo las cifras de la violencia sino que muestra sus rostros por medio de testimonios  desgarradores de algunas de sus víctimas y desarrolla hipótesis sobre las causas y consecuencias de esta guerra sin nombre, que deja a los más vulnerables, a esos que Frantz Fanon llamaría “Los condenados de la tierra” en la peor de las tragedias.

El informe describe esta historia de muerte y horror desde 1958, casi 60 años de guerra y muestra unas cifras que son el resultado de una cuidadosa investigación que  se convertirán en un referente para cualquiera de las aproximaciones a la explicación, la comprensión de la violencia que hemos vivido y de la construcción de nuestro futuro en paz.

220.000 mil muertos que como el informe afirma, son solo una aproximación pues parte de la tragedia es que los actores armados han buscado ocultar e invisibilizar los horrores cometidos;  de esta cifra aproximada, el 81.5 %  de los muertos son civiles. Sí, población que no se encontraba armada (8 de cada 10 asesinados eran no combatientes).  Esto muestra una asimetría abismal que evidencia que la mayor parte de los muertos no los han puesto los grupos armados. 

220.000 mil muertos, pueden ser más por cuanto se conoce un incremento en otros tipos de violencia, como por ejemplo la desaparición y el desplazamiento forzoso; han aparecido asociadas a estas, otras formas atroces de violencia silenciosa como el abuso y el maltrato sexual, contra los niños y las mujeres, entre otros.

En cuanto algunas de nuestras más crueles formas de violencia se encuentran las 1.982 masacres; de estas, el 58.9 % han sido responsables los paramilitares, el 17.3 %  las guerrillas, un 14. 8 % grupos no identificados y el 7.9 % la fuerza pública.

Otro dato que debe explicitarse son los 23.154 asesinatos selectivos de los cuales el 38.4 % fue responsabilidad de los grupos paramilitares, el 27.7 % de grupos no identificados, el 16.8 % de grupos guerrilleros y un 10.1 % de la fuerza pública. En cuanto a las desapariciones forzadas se documentaron 5.016 casos de los cuales solo se registraron 689 casos y de estos se pudo establecer que el 42.1 % fueron atribuidos a la fuerza publica, el 41 % a los grupos paramilitares y un 2.3 % a las guerrillas. 

El asesinato selectivo y la desaparición forzada claramente corresponden a una estrategia de carácter psicosociopolítico que buscó sistemáticamente romper los tejidos de la sociedad al destruir la confianza entre los grupos eliminando a sus lideres sociales o comunitarios y sembrando el miedo inmovilizador entre las comunidades vulnerables que no tienen mas para sobrevivir que la solidaridad.

Otra de las expresiones de la guerra han sido los secuestros que se reseñan desde 1970  y que llegan a 27.023 de los cuales la guerrilla es la responsable del 90,6 %; se sabe que la guerrilla usó este mecanismo como medio para la consecución de recursos económicos, de visibilidad pública y de chantaje.

En los trasfondos de esta guerra sin nombre, lo recurrente es la lucha por los recursos de la tierra, el territorio se convierte en el escenario en donde se combate por las riquezas entre quienes buscan hacerse cargo de su dominio, de la extracción de recursos mineros, los ligados al narcotráfico, las asociadas a la ganadería, la agroindustria o a la propia gente que termina por ser relevante para legitimar por medio de una democracia frágil (clientelista) en la que se abusa del poder cuando se perpetua el empobrecimiento de la gente, se usa el asesinato selectivo, la desaparición forzosa, las masacres, las amenazas y el desplazamiento forzoso para presionar una  elección que permita tomar el control y lograr (Democidio es decir una democracia homicida), la apropiación de la institucionalidad local y extraer los recursos del estado por medio de la una aparente legitimación política. 

Resulta incuestionable que en esta guerra han estado comprometidos ejecutores armados, terratenientes, empresarios y políticos ordenadores, cómplices o testigos activos o pasivos de este desangre y por esto, el informe exige que se pida perdón por parte de todos los que han participado y se exija un compromiso con la no repetición, empezando con el Estado, que tiene como principal obligación protegernos y asegurar la vida de quienes hemos nacido en este país.

El informe, describe otras atrocidades que es necesario explicitar y hacer visibles, sin lo cual no podremos formar una generación de ciudadanos que viva en paz. Esto, no puede lograrse sin que se conozca la historia de violencia que hemos vivido, el proceso de construir la paz pasa por hacer visible la verdad respecto a nuestra vergonzosa guerra.
 
No podemos, reconstruir el tejido roto, restablecer la confianza, sin permitir que la sociedad exprese sus diferencias sin miedo, sin que este segura que pueda vivir sin consensos. Así, como se fomento, permitió, legitimo, naturalizo la violencia como recurso de gestión social por mas de 50 años ahora necesitaremos invertir en rediseñar nuestra cultura para construir una sociedad que viva en paz . 

Necesitaremos, seguramente hacer reingeniería de la institucionalidad y emprender acciones de reconstrucción integral en especial en las zonas de mas vulnerabilidad, como lo afirman algunas de las recomendaciones de política publica que hace al final el informe y que están orientadas a una paz sostenible. Los sistemas de justicia y de seguridad requieren transformaciones para construir la confianza, que como dijimos antes son el fundamento del tejido social; será necesario comprometer al sistema educativo, sus actores, (maestros, estudiantes, administrativos) en todos los niveles (la primaria, el bachillerato y la universidad), en la construcción de un dialogo social sobre los impactos del conflicto armado que hemos vivido y en la que este informe sea parte de la reflexión de nuestra historia reciente; así como analizamos el genocidio judío u otras vergüenzas de la historia humana, debemos también, implicar a los medios de comunicación para que no legitimen o hagan apología de la violencia y  contribuyan con la movilización emocional para con las victimas y su sufrimiento, busquemos construir compromisos de renuncia al uso de la violencia. Y llevemos a la intimidad del mundo familiar  y a todas las esferas de nuestras vidas la renuncia a la violencia. 

Algunos historiadores han justificado las guerras afirmando que las mismas han sido un elemento que ha contribuido al desarrollo económico, o a la innovación, o a la producción de nuevo conocimiento, de nuevas tecnologías, de riquezas y han buscado encontrar un sentido a la guerra asociada al desarrollo de la humanidad, pero todas esas supuestas virtudes que han dejado las guerras no justifican la destrucción de la vida. La vida como he dicho en otras ocasiones no tiene valor comparable y en nuestro caso la guerra no ha dejado nada, sino mas miseria, mas pobreza, mas dolor, mas odio, mas amnesia, mas vergüenza y todo esto debemos transformarlo .  

*Profesor asociado de la pontificia Universidad Javeriana, líder del Grupo de investigación lazos sociales y culturas de paz. Editor de la Revista Universitas Psychologica. 
Correo electrónico: lopezw@javeriana.edu.co
Twitter: @WilsonLpez9

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