Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/01/27 00:00

LA MENTIRA DEL AÑO

LA MENTIRA DEL AÑO

Si tuviEsemos que elegir la reina del año que termina, ella sería sin remedio la mentira. El gobierno le dio una amplia hospitalidad. Tanta, que acabó casándose con ella. Hubo, en torno al borrascoso proceso 8.000, mentiras de todos los colores y de todas las procedencias. La mayor de todas, con perdón suyo, corrió por cuenta del Presidente. No es la que todos suponen: que no sabía nada, que nunca supo del dinero entregado por el cartel de Cali a su campaña. Nadie, en fin de cuentas, dio a la Fiscalía un testimonio y una prueba terminante comprometiéndolo directamente en este hecho. Todo quedó en el campo de los graves indicios, de las sospechas. No, la mentira del Presidente consistió en decir, también sin prueba alguna, que aquel funesto dinero se habría quedado en el camino; es decir, en los bolsillos de sus antiguos fieles, Fernando Botero y Santiago Medina.Fue una mentira majestuosa, flagrante. Tuvo, no obstante, su razón de ser. Sólo que al salirse del campo de las explicaciones teóricamente factibles, fue como la hoja de parra que perdió para siempre el gobierno de Samper.Flagrante, sin duda. Sabemos cómo llegó ese dinero: en primorosos paquetes envueltos en papel navideño. Sabemos quién lo trajo y de qué manera fue repartido. La Fiscalía tiene un manojo de recibos y testimonios tan irrefutables como el de María Izquierdo, que dijo toda la verdad sobre esta piñata de millones distribuida a los diversos caciques electorales del liberalismo, entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, confirmando lo dicho por el tesorero de la campaña, Santiago Medina, y por Pallomari, el tesorero del cartel: más evidencia, imposible.Pero fue también una mentira que tuvo su razón de ser, pues era la única que amparaba al Presidente de manera total. No bastaba, en efecto, decir que nunca supo nada de aquel dinero proveniente del cartel de Cali. Era imprescindible, para no incurrir en otro género de irregularidades y delitos (desconocimiento de los topes impuestos a la campaña, falsedad en documento público, etc.), invalidar los testimonios de Medina y de Botero convirtiendo a estos dos acusadores en acusados, y acusados de una traición atroz: haber engañado a todo el mundo a la mafia de Cali, al entonces candidato, a sus compañeros de campaña con el objeto de volverse más ricos. Por supuesto que nadie puede creer semejante fábula.Si el Presidente repite tal versión con la mayor sangre fría (por ejemplo, en la entrevista que le hizo Roberto Pombo para SEMANA) es porque su inteligencia, que es aguda, sólo le sugiere esta coartada. Es un problema de sobrevivencia en el poder. Y cuando las coartadas prevalecen sobre la verdad pura y simple se entra en los parajes del cinismo. El cinismo consiste en crearse una verdad propia, desde luego ficticia, a la manera de un actor de teatro, a fin de preservarse dentro de ella y aligerar la conciencia de culpas. En otras palabras, es una manera elegante de mentir.Obedeciendo a esa necesidad, el Presidente se ha fabricado su propio libreto. Es inocente. Medina y Botero se quedaron con la plata. Tiene enemigos: los ricos, los gaviristas, los conspiradores, llamados coquetamente 'conspiretas'. Tiene amigos: Serpa, las mayorías del Congreso, los pobres de su país; y un fiel entre los fieles, un periodista que es a la vez una especie de valet de chambre ('sacamicas', dicen en Boyacá), también revestido de una imagen subliminal de sí mismo la de mosquetero, que difunde y acredita ante el público la versión presidencial.Normalmente, un presidente democrático sigue los movimientos de su opinión pública. Y si tiene unos principios y convicciones sobre lo que ha hecho o se propone hacer, intenta comunicarlos para obtener un buen respaldo nacional. Cuando esto no sucede, cuando el Presidente se refugia en una esquizofrenia defensiva, la percepción de la realidad desaparece y todo se reduce a un juego maniqueo de amigos y enemigos. La sociedad civil se convierte en una ficción urdida por estos últimos. Los barones del Congreso representan las mayorías legítimas. Tiene, por lo consiguiente, todo el derecho de cortarse una reforma constitucional a su medida. A los malos, a los conspiretas, hay que quitarles, a pupitrazo limpio, los noticieros de televisión. El poder es para los amigos.De esta manera, los colombianos entramos en el nuevo año viendo una realidad muy diversa a la que postula el gobierno: según las encuestas, el Presidente es sancionado con un 70 por ciento de opiniones desfavorables; el Congreso su principal soporte es condenado por un 90 por ciento de los colombianos; el desempleo llega a índices alarmantes; hay síntomas de recesión económica y una nueva descertificación por parte del gobierno norteamericano, acompañada de sanciones económicas, parece inevitable. Estamos, pues, viviendo un escenario parecido al de Alan García o Daniel Ortega en las postrimerías de sus gobiernos. Un solo consuelo nos queda: aunque ambos usaron el poder como un garrote, ninguno pudo consolidar sus propósitos continuistas. El voto popular acabó derrotándolos. Lo más probable es que igual cosa suceda en Colombia.

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