Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2009/02/14 00:00

La minoría presumida

los dirigentes del Polo le agregan a su miopía política el hecho de cargar la existencia criminal de la narcoguerrilla, como si fuera su culpa

La minoría presumida

Las recientes disputas del Polo Democrático Alternativo están demostrando que ese partido ni tiene vocación de poder, ni madurez para asumirlo. Allí no hay ideas, ni propuestas para el futuro del país. Es sólo una congregación de vanidades ciegas, más interesadas en exterminarse entre ellas que en detener la perpetuación de un proyecto caudillista y autoritario en Colombia.

El Polo, que en algún momento llegó a parecer un proyecto de izquierda democrática viable, transita los caminos que llevaron a la extinción a sus predecesores.

Hace unas décadas la izquierda no podía unirse porque supeditaba las realidades nacionales a las diferencias entre los bloques del comunismo internacional.

Los trotskistas consideraban "revisionistas" a los marxistas línea Moscú y a los maoístas. Los maoístas resaltaban el papel imperialista de la Unión Soviética y defendían el supuesto papel histórico de Stalin frente a los trotskos. Y así sucesivamente.

El mundo cambió. Cayó el muro de Berlín, se acabó la Unión Soviética y China se convirtió, de hecho, en el motor más eficiente del capitalismo mundial, pero la izquierda colombiana no ha podido superar las disputas de antaño.

Como si les faltaran problemas, los dirigentes del Polo agregan a su inmensa miopía política el hecho de cargar el sambenito de la existencia criminal de la narcoguerrilla, como si fuera su culpa. La propaganda oficial ha logrado una estigmatización tan eficiente, que cada declaración de ellos sobre el desempleo, la crisis agrícola o los falsos positivos, por ejemplo, tiene que estar precedida por la condena a las Farc. Como consecuencia, ellos mismos han asumido, mansamente, el papel de sospechosos perpetuos.

Aun más increíble es que el "exitoso" resultado del Polo en las últimas elecciones presidenciales se haya convertido en un argumento más de división.

Los 2.613.157 votos con los que perdió Carlos Gaviria frente a Álvaro Uribe, en las elecciones de 2006, son el resultado del antiuribismo que no encontraba representación en el ex embajador Serpa, y de ningún modo un patrimonio del Polo, o de la izquierda, y mucho menos una propiedad personal del doctor Gaviria.

La soberbia no puede impedirle a Carlos Gaviria o a sus amigos verse en el espejo de otros fenómenos políticos recientes. Por ejemplo, en 1998, Noemí Sanín logró más que ellos: 2.825.706 votos. Cuatro años después apenas pudo superar los 600.000.

Tampoco pueden quedarse a vivir en la bonita frase sobre "la votación más grande de la izquierda en su historia". Para esa gracia, valdría recordar nuevamente a Serpa, quien en 1998 logró la votación liberal más alta en una elección presidencial: 5.620.719 sufragios. Mayor a la conseguida por cualquier presidente de su partido. Sin embargo, perdió tres elecciones consecutivas y hoy casi nadie estaría dispuesto a apostarle a su futuro presidencial.

Por todo eso, el Polo Democrático Alternativo no debe apresurarse a descartar una coalición con otras fuerzas de la oposición para enfrentar a Álvaro Uribe el año entrante. Lo contrario sería pretender que una minoría dividida puede ganar. Un suicidio electoral que equivaldría a dejar sin rival práctico al Presidente, al mismo tiempo que se legitima su nueva reelección.

Sin embargo, lo más grave no es eso. La historia de cualquier partido está marcada por errores, éxitos y derrotas.

Lo grave es que el Polo sea tan inconsistente ideológicamente como por ejemplo para que la mayoría de sus senadores vote por Alejandro Ordóñez para procurador. O que ese partido, a nombre de la democracia, se oponga férreamente a la reelección de Uribe en Colombia pero deje "en libertad" a sus militantes en la frontera para que respalden la de Chávez en Venezuela.

Las elecciones se pueden perder, el respeto de la gente, no.

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