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Opinión

  • | 1999/04/12 00:00

    LA NAPOLITANA

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Inconsistentes, atraídos por todos los extremos, podríamos pasar de tener una ciudad capital
sin policía a tener una ciudad policial. El día esté lejano.Insensible y drástico se ha mostrado el alcalde
Peñalosa Londoño. No faltará quien diga que es el alcalde que se necesita. Pero, la verdad, no sabe el
ciudadano a qué atenerse: unos alcaldes lo quieren educar con payasos y mimos, y otros con hormigón de
bolardos, con policía hostigante y desalojos. El alcalde ha vuelto a dejarse ver en público, aunque no tanto
como lo hacía durante las campañas (que fueron dos), cuando cantaba en los buses. Expone ahora sus
megaproyectos y algunos se le entienden. De todos modos, los educativos, que parecen ser los más
interesantes, con clonación de colegios privilegiados, llevados a comunidades pobres, necesitarán probarse
en el tiempo. Y ver si encajan y perduran. Hay ahora frecuentes retenes, demasiado obvios. Creo que
deberían montarse en sitios de escape, no siempre en las vías más transitadas y a las horas previstas. Y
atenderlos policía amable, o al menos culta. Más o menos como el general Rosso José en cocteles.Otro
capítulo es el angostamiento de vías, tipo la carrera 15 o la 10ª, en el centro. Esta última estrechez ya la
había iniciado el alcalde Sánchez. No se entiende, cuando, por otra parte, se obliga al Pico y Placa, porque
no caben los automóviles y nadie le pone freno a su ingreso al mercado. No creo que la carrera 15, de muy
poca circulación peatonal, necesitara de andenes anchos. Todavía la 10ª, con sus separadores. Pero ésta
será, ya inevitablemente, una alcaldía de desalojos inmisericordes y de bolardos entorpecedores, que son una
especie de policías enanos, de cemento armado. Allí están, afeando la ciudad, dispares, atravesados,
ridículos. La rebeldía de los comerciantes los ha pintado al barniz, atentando todavía más contra la estética
de la ciudad. Ya empiezan a desmoronarse por causa de los accidentes y se sabe que quedarán así por
algún tiempo, exhibiendo sus intestinos de alambre. Escandalizan los bolardos. Son el símbolo de una
administración que comete yerros inexplicables. No eran prioritarios, en una ciudad donde todo falta y el
abuso de los conductores podría sancionarse con multas. Si Mockus no hubiera prescindido de la policía de
tránsito, vestida de azul, como generales de la República. Pero a ese alcalde no le importaba mucho la
ropa. Era una policía corrupta, y la acabó. La bolarditis es una enfermedad estética. Que los hay en todas las
ciudades del mundo, pero también en esas ciudades hay vías sin huecos, señalizadas, aceras continuas,
alturas urbanísticas en armonía, hermosos parques y parajes y gendarmes respetables. Aquí
comenzamos por el último detalle, malgastando el dinero público. Se dice que ha costado 40.000 pesos
unidad de bolardo y no parece explicable ese valor, menos en la cantidad mayorista en que se vienen
fabricando. Los comerciantes tienen también sus razones. A mí este honorable gremio no me simpatiza
demasiado, aunque es tan importante en el proceso económico como lo son la industria y el consumo. En
muchos casos se les ha dejado sin acceso a sus negocios, clausuradas incluso las bahías que a nadie
molestaban. Es el Peñalosa policivo: no estaban autorizadas. Y había que sancionar por encima de toda
conveniencia. Lorenzo lamenta aún la pérdida irreparable de su pizzería más frecuentada: la Napolitana de la
calle 59. La más vieja, probablemente, de la ciudad. Típica italiana, en sus antiguos e incómodos
muebles, donde se servía una pizza perfecta: ni tostada, ni entrapada. Y de un solo tamaño, nada de
large o XL. Tonterías. Ni por metros, ni por peso. No se la comía igual en Nápoles. En Colombia, en el
corazón de Chapinero estuvo más de 40 años, abierta al público. Una policía discrecional e inteligente podría
haber tolerado, como lo permitió por años, un aparcamiento lateral, sobre el andén de la calle poco concurrida,
y prohibirlo, desde luego, sobre el de la carrera séptima. Hoy yace la Napolitana, cerrada y abandonada, entre
fríos bolardos funerales, a los cuales la clientela, que le era adicta, debería _sin pintarlos abusivamente_
colgarles crespones cual corbatines enlutados. Paz en su rumba.
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