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Opinión

  • | 2011/02/05 00:00

    La naturaleza de las bandas emergentes

    En diciembre salió la noticia de que en los documentos encontrados a ‘Cuchillo’ había suficientes pistas para establecer la colaboración de miembros del ejército con ese jefe paramilitar.

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Estuve en un conversatorio con el Ministro de Defensa y la cúpula militar y policial. El gobierno invitó a directores de medios de comunicación y a formadores de opinión para exponer su visión del conflicto y la seguridad y para oír sugerencias y preguntas al respecto.
 
El ministro Rivera anunció que el combate a las bandas emergentes sería la prioridad de la fuerza pública. Fue la novedad del evento. Dijo que no descuidarían la persecución a la guerrilla, pero los mayores esfuerzos se concentrarían en conjurar las amenazas de la criminalidad urbana. Es un viraje de la seguridad democrática.
 
El general Óscar Naranjo hizo un recuento de las modalidades delincuenciales de las bandas y dedicó una parte de su intervención a develar la naturaleza de estas fuerzas criminales. Habló de la alianza entre ellas y la guerrilla y de las diferencias que guardan estas organizaciones con los paramilitares.
 
Aprovecho la disposición a escuchar que muestran ahora las autoridades para señalar tres graves errores en que incurre el gobierno al caracterizar a estas bandas criminales. Lo hago convencido de que al errar en la comprensión del fenómeno se cometerán grandes errores en la estrategia para superarlo.
 
Hay una evidente exageración al definir las relaciones entre las bandas y la guerrilla. Sabemos que existen pactos de no agresión entre ellas en los límites entre Meta y Guaviare, en Nariño, en el Bajo Cauca antioqueño y en la región del Catatumbo. También hay acuerdos para permitir la movilización de la cocaína en algunos corredores estratégicos.
 
Son acercamientos temporales e inestables que muy pronto terminarán en disputas y que en todo caso no se pueden calificar de alianzas para enfrentar al Estado o para construir proyectos políticos o sociales de largo plazo en las regiones.
 
Por temor a la censura y a la crítica, se esconden o se minimizan los nexos entre sectores de la fuerza pública y otros agentes del Estado con las bandas criminales. Esta realidad estuvo ausente en las intervenciones del conversatorio, pero los acontecimientos de los últimos meses han mostrado la gravedad del asunto.
 
El rumor más extendido, aunque no confirmado, en Córdoba es que el asesinato de Mateo Matamala y Margarita Gómez se produjo después de que estos muchachos, por pura casualidad, vieran a miembros de la Policía moviendo un alijo de cocaína. Los Urabeños cumplieron el encargo de sacar del medio a jóvenes que quizás no pudieron descifrar lo que presenciaron.
 
En diciembre salió la noticia de que en los documentos encontrados a alias 'Cuchillo' había bastantes pistas para establecer la colaboración de miembros del Ejército con este jefe paramilitar. Y en días recientes vimos al mayor Julio César Torrijos, comandante de la Sijín en Caquetá, transportando 103 kilos de coca, cumpliendo el encargo de no se sabe qué jefe mafioso.
 
No quieren aceptar que las actuales bandas son, en buena parte, continuidad de los paramilitares. Es el tercer error. El gobierno y los analistas que le son afines se han refugiado en este falso silogismo: los paramilitares que concurrieron a Santa Fe de Ralito tenían como propósito principal combatir a la guerrilla. No es este el objetivo de las bandas, luego a estas fuerzas no se les puede llamar paramilitares.
 
Las investigaciones académicas y judiciales de los últimos años han mostrado que los paramilitares dedicaron el 80 por ciento de sus energías al narcotráfico, a la usurpación de tierras y a la captura del poder local. Es lo que hacen las bandas. El discurso y la acción antisubversiva de aquellos eran más un ardid para legitimar sus atrocidades con la población civil que un grueso componente de su estrategia.
 
Exagerar los vínculos entre guerrillas y bandas, escamotear los nexos entre agentes del Estado y estas organizaciones criminales, negar el parecido de las bandas con los viejos paramilitares, no permite elaborar una estrategia integral con cambios profundos, tanto en las instituciones de seguridad como en los campos de la democracia y la justicia.
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