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Opinión

  • | 2011/05/14 00:00

    La noche con los nazis criollos

    Las paredes sostenían trofeos de caza: un venado, un alce un sindicalista.

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La gente cree que uno no tiene problemas, pero claro que los tiene. Me estoy volviendo santista, por ejemplo: ¿no es eso terrible? Tanto tiempo renegando de Santos, de su cara inflamada, de su capacidad de traición, y a la vuelta de unos meses me sorprendo a mí mismo defendiendo su gobierno. Estoy a instantes de volverme amigo de Salvo Basile, de almorzar en La Brasserie con Carlos Mattos? y de viajar a Cartagena con unos baggies color amarillo pollito, como los suyos. Es terrible.

Es terrible y me doy asco. Siempre dije que Santos era un tipo cínico y traidor. Pero ahora que, con gran cinismo, traicionó a Uribe, me descubro elogiándolo en las reuniones sociales y estoy a punto de convertirme en su lagarto más abyecto. Ya me veo organizando un coctel en su honor y una fritanga en honor a Angelino, y diseñando con Mario Hernández otra cartera inspirada en Tutina. (En Lucerito Cortés sí no, porque tendría que hacerla con bolsillos grandes y en piel de lagarto, y yo tengo conciencia ecológica).

Asqueado por mi súbito santismo, y con el fin de lavarme la cabeza, decidí visitar a los grandes uribistas de Colombia, que son los que detestan a Santos: los mismos que dicen que sin Uribe la seguridad retrocedió, cuando cualquiera sabe que nada más en el Caquetá ha habido casi tantas operaciones como en el pómulo de Gladys de Jaramillo.

Fui, pues, al conjunto en que viven 'el Pincher', Fernando Londoño, el general Mora: el edificio de la derecha colombiana. Sí, porque, por si no lo saben, varios miembros de la ultraderecha criolla comparten conjunto. Queda por Usaquén, imagino que cerca a las caballerizas. Los apartamentos no vienen con depósito, sino con una cavernita. Uno sale del ascensor y puede encontrarse a Arias y a Londoño paseando el perro o, incluso, algunas mañanas, a Londoño paseando a Arias.

Me abrió el coronel Plazas Vega, vestido de portero.

—Acá defendiendo el conjunto, maestro -saludó de mal genio.

Me requisó. Subí al apartamento de Londoño, entré a la sala. Las paredes sostenían cabezas de trofeos de caza: un venado, un alce. Un sindicalista. Todos vestían uniformes y brazaletes con los logos de La U. Había banderas con cruces y efigies con la imagen de Uribe. Londoño tomó la palabra, se agarró las tirantas y se dirigió a los camaradas:

—Ahora dice que hay conflicto armado -dijo.

—Es que se nos volvió comunista -se quejó Enrique Gómez.

—Ley de víctimas, ley de tierras -intervino Luis Carlos Restrepo-: Santos nos traicionó.

—¿No has pensado en afeitarte? -le susurró al oído el procurador.

—Ustedes, que tienen columna en El Tiempo, ¡escriban algo! —imprecó Pepe Lafaurie.

—¿Y tú no tienes? -indagó Pablito Victoria.

—No. Hay que tener al menos una acusación seria, como Obdulio o Fernando.

-¡Entonces, Andrés Felipe va a tener columna! -gritó, alegre, Victoria.

Fue la única vez que 'el Pincher', abatido durante toda la reunión, movió la cola.

—Ojalá Álvaro escriba un libro que se llame Mi lucha -soñó Yamhure.

—Holguín está escribiendo uno que se llama Mi locha -comentó Restrepo.

—Come poquito, que me acaban de quitar las acciones de Invercolsa -le rogó Londoño a Yamhure, que sostenía en cada mano tres pasabocas.

—Si quieres, mando matar una vaca -ofreció, amable, Lafaurie.

—O dos, por si viene William Calderón -sugirió Restrepo.

—Si el traidor de Santos solo piensa en las víctimas -dijo José Obdulio-, que empiece por mí, que soy víctima de WikiLeaks, o si no, me suicido -y sacó una pastilla sin que nadie le pusiera atención.

—¡Es que cree que hasta los gays pueden ser víctimas! -dijo Yamhure, y se aflojó el corbatín para que la papada pudiera respirar.

—Los gays no son víctimas, porque no tienen alma: son como los animales, como los perros -dijo el procurador y miró, arrepentido, a Andrés Felipe-: sin que te ofendas.

—No solo no hay conflicto interno, sino que no hay una sola mata de coca -acotó Londoño.

—Ni desplazados, si acaso, migrantes -intervino José Obdulio.

—Nos resultó liberal Santos -dijo Victoria-. No nos extrañe que también sea proabortista.
 
—Por cierto, la masturbación es una forma de abortar- advirtió el procurador mientras miraba al 'Pincher' de manera severa-: no pases al Estado de Deseo.

—¿Y qué tal su nuevo mejor amigo? -preguntó Restrepo-. ¡Si la única manera de manejar a Chávez es poniéndose a su nivel y gritándole que sea varón!

—¡Hay que abolir a Chávez! -gritó Lafaurie.

—¡Y a los gays! -imprecó el procurador.

—¡Y hay que acabar con los pobres! -pidió Victoria.

—¡Y hay que pedir una pizza! -clamó Yamhure.

—Eso, prohibamos a los pobres -dijo José Obdulio- antes de que sean terroristas, o me tomo esta pastilla.

—A menos -intervino Londoño, tajante- que sean soldados: soldado que cometa actos de terrorismo no es terrorista.

—¡Muerte a los que inciten a la violencia! -gritó súbitamente Pablito Victoria.

Me fugué mientras cantaban el Himno Nacional y saludaban con la mano en alto un retrato de Uribe. La verdad es que los enemigos de Santos son suficiente razón para sentir simpatía por él. Al día siguiente almorcé en La Brasserie con Carlos Mattos y diseñamos entre los dos una cartera para Tutina. Se la voy a mandar con Gladys de Jaramillo.
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