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Opinión

  • | 2006/05/20 00:00

    La Nostalgia uribista

    La debilidad de Uribe es el futuro. No tiene nueva propuesta ni nuevo mandato, dice Álvaro Forero Tascón.

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El uribismo habla del presente, pero siempre comparándolo con la época de la crisis colombiana del cambio de siglo. Habla de recuperar el pasado, pero no menciona el futuro. Tanto en su concepción como en su finalidad, el uribismo es nostálgico.

En 2002, Álvaro Uribe no fue elegido para hacer avanzar a Colombia, porque los colombianos creían que la paz con las Farc no era posible, y sólo con ella el país avanzará verdaderamente. Se le eligió para devolver el país a las condiciones cómodas y prósperas de mitad de los años 90, al pre Caguán. Prueba de ello es que nadie reclama por las promesas incumplidas. Ni siquiera por la lucha contra la politiquería, que junto con la seguridad eran las promesas fundamentales de Uribe en 2002.

Esto explicaría por qué los análisis sobre el éxito político del Presidente no coinciden. Quienes esperan verdaderas transformaciones para superar la tragedia colombiana, consideran mediocre a la administración Uribe. Sus electores la encuentran exitosa, porque eligieron a Uribe no para reducir la pobreza ni para hacer la paz, sino para borrar a la fuerza la ansiedad y el sacrifico que dejaron los gobiernos Samper y Pastrana.

El mandato austero que recibió Álvaro Uribe es fruto de su propuesta electoral, que caricaturizó los males nacionales atribuyéndoselos todos al Caguán, y de su habilidad política para convencer a los colombianos que debemos dejar seguir la tragedia colombiana a cambio de pequeños avances en materia de seguridad, y de mejoramientos del ciclo económico.

Uribe cree que Colombia requiere fundamentalmente de una buena gestión presidencial. No de cambios profundos. Cree en corregir y en administrar, más que en cambiar y en avanzar. Por esa razón, Uribe es un gran continuista de los lineamientos estructurales de las administraciones anteriores. Quince años después, profundiza la parte más discutida del gobierno Gaviria, la apertura. Lo hace igualmente con el gobierno Pastrana. Con la excepción de la política de paz, ha conservado todos los grandes ejes de esa administración –el económico, el de política internacional y, qué ironía, el de seguridad–. Porque los creadores del modelo de seguridad que se aplica actualmente, del Plan Colombia, son Bill Clinton y Andrés Pastrana. Aun en materia política, Uribe ha mantenido la estrategia pastranista de lentejo-clientelismo a ultranza para la formación de sus mayorías legislativas.

Aunque Uribe se esfuerza por mostrar lo contrario, es continuista porque el pensamiento político de derecha tiende a ser nostálgico. La pregunta es si Colombia va a dejar atrás sus problemas así, con nostalgia. Los colombianos saben que no, pero idealizan el presente y asumen los problemas del país con cierto cinismo. Están endurecidos por el conflicto, y ya no sueñan con un país mejor. Se consuelan con mano dura y crecimiento económico, la receta histórica del colombiano para escapar a su bochornosa realidad. Aunque no saben para dónde va Uribe en un segundo período y perciben nubarrones, prefieren, nostálgicamente, la seguridad de lo conocido, a las promesas mal comunicadas de los opositores del Presidente.

Porque los colombianos intuyen, además, que hacer realidad esas promesas es difícil, porque requiere enfrentar los verdaderos problemas de Colombia. Esos a los que se han hecho adictos, al punto de hacerlos verdaderas culturas –la de la violencia, la del narcotráfico, la del clientelismo, la de la ilegalidad y la de la insolidaridad–. Y al peor problema de todos, el que engendra los anteriores, que hace parte de nuestra nacionalidad –esa especie de perrenque del colombiano, difícil de establecer pero que lo destaca para bien y para mal–, la pasión por el resultado rápido, cueste lo que cueste. Sin darse cuenta de que los beneficios de ese tipo de resultados son al final un espejismo. Bastaría mirar alrededor.

Pero como nuestra sociedad no ha encontrado cómo salir adelante, se resigna a la cómoda y mediocre nostalgia. Porque ésta tiene una característica sutil que la hace atractiva –el querer cambiar para atrás–. Muy útil en materia política, porque permite cambiar solamente lo inmediatamente anterior, lo superficial, para retornar al pasado. Es decir, no cambiar verdaderamente.

Por eso los ideólogos de derecha insisten en que ya no hay distinciones entre izquierda y derecha. Porque les molesta que se les vea la avara nostalgia, frente a la fe de la izquierda. Pero, sobre todo, frente a la ecuanimidad del centro político. Ese que tristemente está desapareciendo en Colombia, de la mano del pragmatismo de Uribe, de la coherencia de Carlos Gaviria, de la moralidad de Antanas Mockus y de la ceguera de Horacio Serpa. Y de la crueldad de las Farc. Y eso que la verdadera polarización aún no se siente, porque los buques de la oposición feroz de Gustavo Petro, y del intervencionismo de Hugo Chávez, aún no zarpan.

La gran debilidad de Uribe es el futuro, su segundo período, porque los colombianos no le han conferido un nuevo mandato, y él no ha propuesto nada importante hacia delante. Como sabe que no puede prometer la paz ni crecimiento sostenido, habilidosamente deja que sus seguidores se ilusionen con supuestas mejoras incrementales. Por eso acude al engañoso lema “Adelante Presidente”, que no quiere decir nada, que confirma la ausencia de propuesta, pero que enciende ilusiones nostálgicas.

Porque el gran secreto de Álvaro Uribe es que no es capaz de salvar al paciente. Que sólo sabe aplicarle calmantes: algo de pan y algo de bala, que adormezcan los síntomas y generen esta “exhuberancia irracional”, como denominó Alan Greenspan la actitud de los inversionistas durante la burbuja especulativa de la bolsa en los años 90, que confiaban ciegamente en la expansión ilimitada del mercado, sin aceptar que no existían condiciones objetivas para ello. Hasta que la burbuja estalló. Aunque los colombianos no queramos aceptarlo, calmar los síntomas sólo consigue que las enfermedades sigan creciendo silenciosamente.

Por eso la obsesión de Uribe es convencer a los colombianos de que no es suya la culpa de que el país no avance verdaderamente, sino de las Farc. Porque el Presidente es un magnífico administrador, un trabajador incansable, un buen comunicador y un gran ministro de defensa. Pero no es un estadista capaz de cambiar el terrible curso de su Nación. Se parece demasiado a sus compatriotas para entender que la sociedad colombiana requiere cambios profundos.

Su condición de halcón puede inclusive generar problemas nuevos y grandes, como la de George Bush a su país. Porque Uribe carece de la decisión para contener la expansión mafiosa, de la mesura para enfrentar la guerra con sabiduría, de la visión para evitar que Colombia se convierta en el epicentro de la confrontación Bush-Chávez, de la grandeza para aliviar la crisis humanitaria del desplazamiento y del secuestro, de la responsabilidad para no profundizar la polarización, de la claridad para reconocer la necesidad urgente de someter esta sociedad a una regeneración moral, pero sobre todo, de la honestidad para reconocer el peligro de aniquilar el centro político y los partidos políticos verdaderos, sometiendo a esta pobre Nación, azotada por tantos males, a otro terrible –la ruleta rusa del caudillismo–, en beneficio exclusivo de los intereses políticos del Presidente.

De lo que no carece Uribe es de la habilidad política para asegurarse de llegar a la elección presidencial sin competidores que sean mejores alternativas que él. Porque a Rafael Pardo lo sacó del juego con los votos uribistas a favor de Serpa, y Antanas Mockus se sacó solo porque dejó que los electores descubrieran que iba a obligarlos a cambiar, y esta sociedad no quiere mirarse en el espejo, prefiere seguir pareciéndose a Álvaro Uribe.
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