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Opinión

  • | 2002/10/06 00:00

    La nueva alianza

    Para los colombianos el enemigo es la guerrilla; para EE.UU. son los narcos. Así, los paras en un caso son amigos y en otro enemigos

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Estados Unidos ha tenido tres razones para meterse en nuestra guerra "interna". La primera, en tiempos de la Urss, era enfrentar la amenaza comunista. La segunda -y, de lejos, principal- es acabar el tráfico de drogas. La tercera, ya más propia de Bush, es derrotar el terrorismo.

A cada una de esas lecturas corresponde una definición distinta de quién es el enemigo, quién el amigo o compañero de viaje, cuáles las prioridades estratégicas y cuáles los medios aptos para la guerra.

Y así el apoyo de Estados Unidos a Colombia está mediado por un juego sutil -o a veces insutil- de coincidencias y diferencias "de matiz" entre los gobiernos de turno.

Las coincidencias gruesas han aumentado. Con una opinión endurecida (aquí por el fracaso de los diálogos, allá por septiembre 11) y con dos presidentes de derecha, ambos países piensan que la salida es militar, ambos creen que las Farc dependen de la droga, y ambos aceptan que deben invertir más.

El avance principal de Bogotá es el permiso para atacar la guerrilla con aparatos del Plan Colombia. El Plan, igual que la Iniciativa Andina, se reduce oficialmente a la droga, porque el fantasma de Vietnam prohíbe entrar en guerras "contrainsurgentes". Sólo que Washington "descubrió" que la distinción era insostenible, y Bogotá logró reenfocar la guerra contra su propio enemigo.

Pero no todo es ganancia para Colombia en esta guerra común contra la narcoguerrilla. Primero, porque a su vez tiene que mover más recursos hacia el lado "narco" de la ecuación: hoy dedicamos el 32 por ciento de nuestra escasa Fuerza Pública a reprimir la droga. Segundo, porque el socio con razón reclama más protección para sus intereses; por eso creamos un batallón que cuide el oleoducto de la OXY. Tercero y sobre todo, porque nos acaba de uncir a un fundamentalismo sin futuro: para vencer la guerrilla -que ya es difícil- hay que acabar la droga -que es imposible-.

Y aquí tocamos la primera asimetría profunda entre los intereses de los dos aliados. Aunque acabar el consumo sea imposible, Estados Unidos puede continuar la narco-guerra mientras ella disminuya la oferta procedente de Colombia. Pero Colombia pone los muertos y tiene prisa en acabar la guerra, aunque no se acabara con el narco.

Hay otra asimetría resultante de que hay dos tipos de "terrorismo". El A, que venía de hace tiempo: bandas criminales enemigas de gobiernos amigos de Estados Unidos (el caso de las Farc, el ELN y las AUC); y el B, que viene de septiembre 11: bandas árabes que pueden atacar a Estados Unidos.

En esta imprecisión semántica navegan grandes cosas. Sharon, por ejemplo, vende -y cobra- su guerra como del tipo B. Colombia trata de hacer lo mismo con menos argumentos, así que lo de "terrorismo" le ayuda más bien poco. En cambio la palabra puede causarnos serios dolores de cabeza, como pasó con la entrega de Castaño que Bush frustró al llamarlo "terrorista".

Lo cual nos trae a la tercera asimetría de la alianza. Para la opinión colombiana, sin duda el enemigo es la guerrilla; para Estados Unidos, el enemigo sin duda son los narcos. De aquí resulta que en un caso los paramilitares puedan verse como amigos o al menos compañeros de viaje, y en otro caso como enemigos puros.

El enredo de Castaño ilustra esta tensión. Primero se deslinda de la droga -y no de las masacres-. Luego capta señales desde arriba (los "buenos oficios" de la ONU incluirían las AUC, Londoño propone hablar sin que medie el status político...). Pero la DEA se atraviesa y Londoño acepta extraditar. Castaño intenta una entrega negociada, pero al fin Bush escoge no parecer blando frente a un "terrorista". Y así Castaño, el Ministro y Colombia siguieron cada uno con su enredo.

Una cuarta tensión es por la plata. Uribe gastó el margen fiscal que no tenía en el 1,2 por ciento para la guerra; Bush, o sea, la banca multilateral, ha ofrecido hasta 6.000 millones. Pero quedan otros 10.000 millones que el socio rico tendría que aportar: después de todo, sin Estados Unidos no habría durado tanto esta "guerra interna".
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