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Opinión

  • | 2006/08/05 00:00

    La nueva cara de Uribe

    Haciendo concesiones al clientelismo, el Presidente subestima su enorme autonomía y pone a pensar ¿todo ese poder para qué?, opina Alvaro Forero Tascón.

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Es indiscutible que Álvaro Uribe ha sido un innovador en la política colombiana, y que con ello se había ganado justamente el título de político moderno. Durante la primera parte de su Gobierno se mostró políticamente correcto, al acuñar una imagen de independencia que le permitió acumular un capital político mayor al de cualquier Presidente colombiano reciente.
 
Sin embargo, desde hace un tiempo, Álvaro Uribe viene revelando una faceta más tradicional, que hace prever que dejará pasar la oportunidad histórica de utilizar su inédita autonomía frente a los sectores clientelistas, para intentar una nueva manera de resolver los problemas graves de Colombia, como la ilegalidad y la violencia.

Del antipartidismo, Uribe ha pasado a rodearse de partidos, y ahora muestra gran condescendencia con una coalición que en realidad tiene poca capacidad para bloquearlo, en razón de sus divisiones internas, a su dependencia burocrática, a la popularidad presidencial, y a las escasas necesidades legislativas de un Presidente más preocupado por la administración que por el cambio institucional. Pareciera que en Uribe, hoy prima más la preocupación por no aparecer como un caudillo todopoderoso comparable a su vecino venezolano, que el potencial de su descomunal poder político para intentar reformas estructurales.

Uribe recurrió a la política tradicional cuando vio que era inevitable si quería un segundo mandato. Para conseguir la aprobación de la reforma constitucional aprobatoria de la reelección, primero, y para obtener buenos resultados electorales, después, el Presidente se desembarazó completamente de su compromiso en materia de lucha contra la corrupción y la politiquería. Pero en las últimas semanas es cuando más se ha perfilado la cara tradicional del Presidente. Con el incidente por el nombramiento de embajador en Francia, y la integración de los congresistas purgados a la coalición de gobierno, se cimentaron unas relaciones estrechas entre Uribe y políticos que generan rechazo en buena parte de la opinión pública. Si a esto se suma la predilección del Presidente por la candidatura de Julio César Turbay para la Contraloría, el apoyo a la reelección de alcaldes y gobernadores, y la propuesta de instituir un sistema parlamentario, se aprecia a un Presidente que gobierna con un estilo propio, pero que no excluye al clientelismo.

La dificultad de algunos sectores del país para asimilar la nueva cara de Uribe está en que ella representa la incapacidad de nuestra sociedad para reformar el modelo de Estado obsoleto con que se asocia al clientelismo. Esto ha sido especialmente difícil para los electores uribistas, que pensaron que el recurso a la política tradicional tenía una justificación electoral que cesaría una vez estuviera asegurada la reelección. Sin embargo, esa nueva cara se parece a la historia de Colombia, que ha sido escrita por hombres que renunciaron a combatir el clientelismo para valerse de él, con la excusa de que la clase política es un mal menor al servicio de la clase dirigente.

Aun Alberto Lleras, tal vez el presidente colombiano de mayor dimensión moral, consintió la politiquería en la esperanza de erradicar la violencia. A pesar de que la historia demostró qué tan equivocado estaba, los colombianos seguimos menospreciando el papel perverso del clientelismo en la tragedia nacional. Cuando se culpa al Frente Nacional por la violencia política moderna, se olvida que el clientelismo, y no la alternación, fue el factor decisivo del esquema y, por ende, el principal responsable. Y el clientelismo no solamente no concluyó con el Frente Nacional, sino que ha sido el protector de todos los poderes ilegales de las últimas décadas, como el narcotráfico, el contrabando, la corrupción administrativa y el paramilitarismo, que son el verdadero caldo de cultivo de la violencia política.

La debilidad de los presidentes colombianos frente al clientelismo explica en buena parte su incapacidad para detener la violencia. Pero, a diferencia de éstos, Uribe no le debe sus elecciones a las clientelas políticas. Por eso es lamentable que no aproveche
el enorme margen político que le da haber cambiado el sistema político colombiano. Porque por primera vez en 50 años, fueron las fuerzas clientelistas las que necesitaron del capital político del Presidente para mantenerse en el poder, y no al revés.

Negándose a confrontar al clientelismo, Uribe está desperdiciando una oportunidad histórica para ponerle fin al conflicto. Porque el clientelismo puede ser la verdadera condición objetiva que obstaculiza la paz, pues no sólo deslegitima el Estado, sino que promueve los factores que alimentan la ilegalidad y, por ende, la violencia. Uribe está menospreciando el tamaño de su poder y renunciando a las posibilidades que su condición de caudillo le confieren para desbloquear la inercia que obstaculiza la paz. Esta paradoja muestra la profundidad de la frase de Echandía, pues el puesto en la historia de Álvaro Uribe quizá dependa de que responda acertadamente la pregunta ¿todo este poder para qué?




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